En mi familia descendemos todos de abuelos italianos que llegaron a Argentina buscando una vida mejor. Trajeron esfuerzo y trabajo, y sus costumbres. Los domingos era el día de la Pasta en familia. Mi abuela paterna, Josefa,  amasaba desde el día anterior todo tipo de pastas: ravioles de carne y verdura, sorrentinos de jamón y queso, panzottis de pollo, fideos, ñoquis rellenos, canelones y su famosa lasagna llena de carne, verdura y ricota. En realidad, a todo le ponía ricota. A mi me gustaba acompañarla y ayudarle a tirar harina. Tenía distintos palos de amasar con formas para preparar los diferentes tipos de pastas: hacía mucha fuerza para pasar el palo. Yo me subía a la silla y le ayudaba a apretar. -Con más fuerza Adriano, -me decía. Y yo apretaba todo lo que podía. Después venía mi tarea: pasar una ruedita para cortarlos. ¡Y terminábamos llenos de harina! Mi nona me dejaba jugar con la masa y hacer formas raras y yo feliz. Mis favoritos eran los ravioles de carne y verdura llenos de tuco y lluvia de queso. Yo recibía queso extra, que se mezclaba con la pasta caliente y quedaba derretido. Era el premio por haber ayudado. Cuando mi abuela se fue de este mundo, me quedé con su recetario. Ella siempre decía que yo lo heredaría. Y la verdad a ninguno de mis primos o hermanos le interesaba. Mi mamá empezó a comprar las pastas en una rotisería cerca de casa, pero nada que ver con el sabor de las caseras.

Cuando cumplí quince años, encontré el recetario de la nona. Yo había crecido y era un vigoroso adolescente. Tenía la fuerza necesaria para preparar la masa. Encontré los palos de amasar con formas y no pude contener las lágrimas. Me parecía verla con su viejo delantal  y su pañuelo de flores en la cabeza lista para empezar. Preparé el relleno de carne y verdura, y lo probé. El mismo sabor de antaño. Lo dejé enfriar para poder colocarlo en la masa que ocupaba la mitad de la mesa de la cocina. Puse la otra capa y emocionado agarré el palo. Tanto gimnasio dio su fruto porque pude pasarlo con toda mi fuerza. -«Más fuerte Adriano»-,seguía sin parar. Busqué la ruedita destartalada para cortar los ravioles y me sentí feliz. Cuando la familia se despertó la olla estaba repleta de ravioles y tuco. Había puesto la mesa y todos se sentaron a probar mi obra de arte. Serví uno a uno todos los platos, el  último fue el mío, y como premio me puse doble lluvia de queso. Modestia aparte, salieron deliciosos.  Todos se repitieron. Mi papá me abrazó. El sabor de la familia continuaba en mi. 

Pasó el tiempo y en la cuarentena ordenando, encontré una bolsa gruesa pesada.  La abrí, y entre otras cosas estaba el palo de amasar ravioles, la ruedita y el recetario. Delantal, harina, ¡y a cocinar en familia!

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