Encuentros casuales arraigados en recovecos desapacibles de la memoria, situaciones atentas a salir con los primeros indicios de aromas, colores y sabores que, como semillas impacientes de ser plantadas, florecen cada vez que esa mezcla de perfumes regresa por el olfato hasta las puertas del recuerdo.

La salsa caliente bañaba los crujientes totopos recién dorados, el picoso olor del chile cubriendo el plato generaba una sensación de picor en la nariz, no así en el gusto, la boca salivaba ansiosa, mientras al festín se unía la vista, atenta al caer de una ligera lluvia de trozos de arrachera, acompañada de cebolla finamente picada y cilantro para dar un toque regional al gusto. Ansioso por probar tan delicioso plato, su atención sólo pudo ser desviada por un fresco aroma a fresias.

Cerca, a una mesa, el delicado aroma floral se abría paso entre la gastronomía del lugar, la vio por primera vez, fina sonrisa rosada que lo atrapó al instante. Buscaba impaciente hacer contacto con la mirada, pero apenas lograba ver en otra mesa un típico plato huasteco. Una delicia sin duda, que lo distrajo temporalmente, suficiente para perder de vista a la dueña de aquella sonrisa.

Sin pensarlo, salió tras el sutil rastro de fresias que aún quedaba, como si de un sabueso se tratara, olfateaba, llenando sus pulmones lo más que podía del aíre fragante que indicaba el camino a seguir, desafortunadamente deambulo horas por las calles de la ciudad, buscando, olfateando y hambriento aún.

Al anochecer, con la esperanza cansada, daba vueltas por las callejuelas empedradas del centro, una vieja banca de hierro con respaldos de madera lo invitaba a sentarse y descansar, ansioso, con el aroma fresco de las flores aún en la memoria, sentía la profunda necesidad de verla nuevamente; por lo menos lo único que conocía de ella, la sonrisa.

Con pocas expectativas de gloria, dejó que el olor a chocolate caliente en la plazuela lo invitará a cenar en la churrería, elegía el churro más grande, relleno cuidadosamente de cajeta, para no empalagar su paladar pidió le sirvieran chocolate amargo; desde niño disfrutaba la sensación en su boca entre el dulce de los churros y el amargo del cacao, una fusión de sabores que evocaban alegría. Apenas necesaria para olvidar el fracaso del día, apenas necesaria para tratar de sacar de la mente esa rosada sonrisa perfumada.

Y sin más, como suceden las cosas que no tienen explicación, ahí estaba, caminando por la calle, mordiendo una suave cocada, ¿quién tuviera la misma suerte de probar sus labios? Esta era su oportunidad, salió para encontrarla; pero fue demasiado tarde, la perdió de vista, curiosamente en la calle, “no me olvides”

Nunca más la volvió a ver. Aquel fue el último jueves de Julio, desde entonces esos días toman peculiares sensaciones que traen frescos recuerdos los cuales se niegan a desaparecer, regresando en tonalidades de aromas fusionados a colores ritualizados para revivir el día en el que una sonrisa llenó su alma.

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