Salieron muy temprano, cuando el cielo incoloro iluminaba la tierra con un resplandor parejo que era casi una sombra. La mujer y el niño caminaban rápido y furtivamente. Dejaron atrás los callejones barrosos y anduvieron a pleno ventarrón en la larga calle principal, sin aristas ni corta-vientos.

Habría sido más cómodo pasar por las poblaciones, pero este era el camino más corto. Además, a estas horas los perros callejeros hubieran armado demasiado alboroto.

Ya estaban un poco cansados cuando desembocaron en el cuadrante de la plaza, desierto todavía. Sólo estaban despiertas las palomas. El niño, de unos doce años, aunque se veía tal vez mayor debido a su seria palidez, caminó solo debajo de los árboles mientras su madre lo esperaba en la bocacalle. Sacó de su bolsillo un trozo de pan. Lo desmigó y esparció los trocitos, como si nada, como si no le importara, a sus pies, y se detuvo.

Poco a poco, de una en una, las palomas tornasoladas se fueron acercando. Con un movimiento rápido, sin darle tiempo de nada, se agachó y aprisionó una de las aves – la que le pareció más grande -entre sus brazos y corrió hacia la mujer quien, sacando una bolsa de género blanca, probablemente hecha de un saco harinero, metió en ella el pájaro y ambos se devolvieron por donde habían venido.

Al llegar a su casa, los tres hijos menores dormían todavía.

Con una alegría que sólo da el hambre cuando tiene ante sí la expectativa de ser saciada, pusieron a calentar el agua para desplumarla.

Cuando los demás niños se despertaron, ya la casa olía a sopa y una cebolla hervía alegremente junto con los trozos de carne y un ají seco para darle mejor sabor.

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