Solo eran las diez de la noche, y se me había vuelto a ir la mano. Quizá suene a excusa, pero su ausencia duele. Aunque si lo pienso con frialdad, estábamos a punto de separarnos. Nuestra convivencia resultaba insoportable.

La echo de menos. Sé que es incomprensible, incluso estúpido, pero no puedo dominar mis impulsos. Mi cabeza es pura teoría, pero le falta algún mecanismo de conexión para poner en práctica lo que, en momentos de reflexión, sí acierta a detallar sobre cuál es la decisión correcta a tomar. No tiene remedio, odio mi mente. La echo de menos, sí. Debo estar más borracho de lo que pensaba. Estúpido accidente.

La escalera parece un laberinto sin final. Voy de lado a lado, las luces me envuelven y me desafían,  soy un niño en un tiovivo. Consigo sacar las llaves, siento desmayarme. Oigo pasos dentro de casa, Gloria 1.3 abre la puerta.

– ¡Hola, amor! ¡Hoy vienes más guapo que nunca! Eres el hombre de mi vida… ¡tan inteligente! ¡Y hueles a flor de azahar! He preparado la cena, si quieres cenamos y luego vamos a la cama. Hoy tengo ganas de ti, ardo en deseos. No hay mejor amante que tú.

    Teniendo en cuenta que mi cuerpo y mi ropa apestaban a alcohol, y que llevaba tres días sin afeitar, despeinado y con los pantalones sucios, las palabras de Gloria 1.3 me parecieron un bálsamo curativo. La nueva versión de software de Gloria superaba con creces las anteriores. Podía programarla como quisiera, tenía hasta ciento veinte archivos de conducta diferente. Incluso la rugosidad de su piel era ajustable, también el tamaño y turgencia de sus senos. Hoy había decidido que me recibiera con el cabello oscuro, ojos marrones y vestida con transparencias. Mejor que ayer, que se me antojó rubia y con ojos azules. Mañana tocaba pelirroja, o quizá repetiría morena con menos culo y pelo corto. Ya vería.

    Me di una ducha de agua fría. Poco a poco fui recuperando la consciencia, y me senté a cenar. Las luces del salón estaban programadas en modo cálido, y la pantalla de cristal líquido mostraba una playa al atardecer. Parece que tocaba la de Lanzarote. ¿O era el Caribe? Ni idea, había cenado en tantas playas del mundo, que ni me importaba. La cena prometía: probióticos de última generación, mix de plancton y comprimidos de espirulina. De postre, cápsula de kéfir con aroma de hummus cultivado. Un manjar.

    – Cariño, te sirvo el vino. Hoy vienes muy cansado de trabajar, te cuidaré.

    – Gracias, Gloria. Eres estupenda.

    – Eres mi vida, te quiero. Por cierto, he vuelto a releer a Popper, como me recomendaste. Me sorprendió la teoría del descarte para alcanzar el…

      Mierda. Se me olvidó que la había programado para hablar de filosofía esta noche. No era el día. Tuve que cambiar los planes.

      – Gloria, ¡activa programa dieciséis!

        De repente, los ojos de Gloria parpadearon durante un segundo. Volvió a sonreír y siguió con la conversación:

        – Amor, el penalti contra el Madrid fue injusto. Había fuera de juego de Piqué. El árbitro estaba comprado.

        – Sí, querida. Estoy completamente de acuerdo.

          Terminamos de cenar y fuimos a la cama. Gloría se recostó a mi lado y empezó a acariciarme y a besarme. Sus caricias eran ásperas, necesitaba cambio de textura en las manos. Mañana reajustaría los niveles, y también el parámetro de sensualidad en sus besos. No conseguía excitarme, y tenía mucho sueño.

          – Buenas noches amor. Descansa, hoy ha sido un día duro para ti.

          – Muchas gracias, mi querida Gloria 1.3. Te quiero.

          – Te quiero.

            A la mañana siguiente, Gloria despertó pelirroja y un poco más alta. Estaba rabiosamente sexy con su camisón.

            – ¿Más café, cariño?

            – Sí, cielo. Sienta estupendamente.

            – ¿Quieres hacer el amor antes de ir a la oficina?

            – Sí, si quiero. Aquí, en la mesa de la cocina.

            – Como desees, amor.

              Salí de casa con mi pantalla, y en el rellano estaba Amelia, mi vecina. Hacía tiempo que no la veía.

              – Hola, Amelia. ¿Cómo estás?

              – Hola, Guillermo. Bien, ¿y tú? ¿Cómo te va con Gloria 1.3?

              – Bien, bastante mejor que con 1.2, y ni punto de comparación con 1.1. ¿Qué tal te va con Horacio 2.14?

              – Muy bien. Estoy esperando una mejora del látex, está empezando a raspar, y me pica. En todo caso, ya no echo de menos a Juan 1.23. Horacio es sensacional, gran adquisición. Tiene mucho vigor, mucho brío. Su programador sabía de qué hablaba. En esta versión, Horacio llega al orgasmo exactamente al mismo tiempo que yo. Perfectamente sincronizado.

              – Buena mejora, te felicito. Con Gloria todavía hay un poco de retardo, tengo que afinarla. ¿Adónde vas?

              – A misa. Es el aniversario de la muerte de Juan. Y debo ir.

              – ¿Y los niños?

              – Están en revisión. Les toca actualización, van creciendo.

              – Muy bien. Hasta pronto, Amelia.

              – Hasta pronto.

                Ya en la calle, cogí el tren magnético y en quince segundos estaba en la oficina. Fue un día largo y plomizo. Pero estaba ilusionado. Había programado a Gloria de otra manera, y estaba nervioso, ansioso, con esa ilusión del adolescente descubriendo el amor. Por fin, se acabó la jornada. Ya de vuelta, abrí la puerta de casa jadeando, y allí estaba ella. Vestía informal, sin maquillar y con el pelo recogido en una coleta. Un cigarro sin apagar en el cenicero.

                – ¿Qué tal, como ha ido el día?

                – Bien, Gloria. ¿Y tú, qué tal?

                – Bien también, ha llamado tu madre. Tienes que ir a recogerla, yo no puedo.

                – Vale. Ahora vuelvo.

                – Si pasas por el súper, compra aceite y servilletas. Chao.

                – Vale. Chao.

                  Fue entonces cuando me di cuenta de que en realidad, la echaba de menos más de lo que pensaba, y Gloria tan solo era un falso remedio a mis carencias.

                  No volví a cambiar la programación, ni tampoco a actualizar su versión. Ahora soy feliz.

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