Urumi cerró la puerta, le dio dos vueltas al cerrojo, prendió la luz de la mesilla de su pequeño apartamento, y sin quitarse el uniforme blanco de enfermera se sentó en la cama y abrió la caja que acababa de recoger en la estafeta postal. En el interior, perfectamente envuelto, estaba el nanotraje. Cuidadosamente fue sacando los componentes de su funda de plástico y los extendió sobre el colchón. Era el nuevo modelo M-99. El tejido del que estaba hecho, de suave color carne, apenas tenía peso, pero su capacidad tecnológica se había multiplicado respecto al diseño anterior. Era consciente de que pasaba todo su tiempo libre conectada al aparato, pero se encontraba ansiosa por empezar y sin más demoras enchufó el módulo a la corriente. 

Ponerse el traje era laborioso. Debía acoplar cada parte en su lugar exacto, sin arrugas. Adherir el tejido en sus manos y sus pies, ajustar el pantaloncillo en las caderas, y sobre todo, el cordón de filamentos de la espalda debía seguir escrupulosamente la línea de la columna vertebral. 

Ya estaba vestida y fue a contemplarse al espejo que había en un rincón. El tejido elástico se ceñía a su cuerpo como una segunda piel. Le pareció que estaba desnuda, con alguna incomodidad descubrió que se le transparentaba todo y advirtió un poco de frío. 

Entuvo leyendo las recomendaciones de uso y seguridad, era la misma retahíla de siempre: no utilizar la unidad bajo los efectos de drogas ni alcohol, que la compañía no se hacía responsable del uso fuera de la edad y el ámbito aconsejado… y blablablá. No era tan complicado, Owerlap ofrecía un producto fiable, tan sencillo como un televisor, aunque la pantalla estaba en el interior de tu mente y podías disfrutar con todos los sentidos. Los primeros modelos fueron juguetes para adultos bastante mecánicos, pero la compañía había ido desarrollando el sistema de forma increíble; el M-99 era la última evolución. 

Abrió el folleto por el catálogo de canales. Estaban los de siempre actualizados, «Lovers» y «Friends», y había una novedad: “Spirit”. Pero aunque Urumi se consideraba una persona curiosa y atrevida, en ese momento no le llamó demasiado la atención. Cada programa contaba con una breve descripción, pero ella prefería la sorpresa; probarlos y opinar después. Repasó la lista de «Lovers» ordenada por escala de intensidad. En primer lugar estaba “Novato”, que era para eso, para empezar. Luego venían “Hombre de Shanghái”, “Macho Ibérico”, “Gengis Kan”…, y así hasta nueve. Cada uno tenían su particularidad y encanto, pero a Urumi le gustaba especialmente el último, el número nueve; “Espartaco”. Ese era su favorito, una mezcla de esclavo y caudillo poderoso que le provocaba adicción. 

Una luz verde fija le indicó que el módulo estaba cargado y listo para funcionar; mediante una antena se comunicaría con los múltiples receptores del traje. De un vistazo comprobó que las ventanas estaban bien cerradas; le apetecía sexo y algunas veces le daba por gritar. Se encajó el nanogorro, apagó la luz, cerró los ojos, y se tumbó en la cama con los bazos en cruz. En el mando que tenía agarrado en su mano apretó el único botón. Las ondas eléctricas empezaron a recorrer la superficie de su piel y a dialogar con su sistema nervioso. Escuchó el zumbido de miles de abejas.

Terminaba de amanecer, olía a flores y a tierra húmeda. Se encontraba acostada en el suelo de un pajar y a través de la puerta veía una llanura inmensa. Una sombra de maravillosa corpulencia se incorporó a su lado y la abrazó. Su aliento le era familiar. Urumi comenzó a removerse sobre la sábana. Sus piernas se estremecieron por la excitación. Notó el pellejo desnudo del gladiador acoplarse a su vientre y sintió que le faltaba el aire. Tras unos instantes de insufribles caricias se puso boca abajo para facilitar la penetración. Mordió la almohada. Advirtió el empuje contra sus nalgas. Se sintió sometida. Aquella misma mañana había decidido darle un hijo a Espartaco…

Urumi abrió los ojos, estaba sudando. El juego había terminado en unos pocos minutos, aunque la ilusión parecía haber durado mucho más. Había alcanzado un vertiginoso orgasmo y se encontraba molida. El programa había mejorado, las sensaciones eran muy nítidas, por eso había acabado tan rápido. Pero el potente M-99 no tenía la culpa, su propia ansiedad había acelerado el proceso. El sistema leía el estado emocional y se acoplaba al ritmo del soñador.

Disfrutó de la relajación. En el edificio no se oía ni un alma, en la calle tampoco, era fin de semana y mucha gente estaría conectada a su nanotraje. De repente se preguntó cuántas mujeres estarían esa misma noche entre los brazos de Espartaco. Y entonces se sintió imbécil sin saber por qué.

Estaba agotada pero no tenía sueño. No quería pensar. Pero se juzgó insatisfecha de su flácida felicidad y sintió ganas de llorar. Abrió la consola y repasó el menú. No necesitaba al maldito gladiador para pasarlo bien. Con un arrebato pulsó la novedad, “Spirit”, y se desplegaron unas cuantas opciones. Inconsciente del significado eligió la primera, “Juana de Arco”. Apagó la luz. Se tumbó en la cama con los brazos en cruz, cerró los ojos y apretó el botón. La energía eléctrica se insinuó en sus terminaciones nerviosas con una extraña voluntad. La máquina fue tomando el control. Millones de volubles hormigas recorrieron su cuerpo desde la nuca hasta la planta de los pies.

Olió a estiércol. Tenía los ojos vendados y sintió frío y calor a la vez. Tenía las manos fuertemente sujetas a su espalda, escuchó el jaleo de una multitud. Una ráfaga de viento barrió su pelo y le trajo un tufo a leña ardiendo y a carne tostada… 

Urumi empezó a patalear sobre la cama, sentía que se le asaban los pies. Pretendió alejarse de las llamas pero no pudo. El M-99 trabajaba a toda potencia con inefable propósito. El gozo era enfermizo; ella realmente no quiso escapar. Llegó a comprender que estaba al borde de descubrir algo nuevo, y sin lamentarse, que era tarde para despertar.

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