#a Dios

Ver a Freddy subir a la azotea del edificio de apartamentos
desde mi pantalla es una cosa. Verlo precipitarse al suelo, saber que se ha
roto el cráneo, la columna cervical y estallado el hígado es otra. Es un
momento doloroso, amigos. Como a todos, en ese momento, la pantalla de mi
visualizador se puso en negro y sentí una oleada nauseosa de remordimiento y
tristeza. ¿Hice lo suficiente para evitarlo? Aparentemente no. ¿Conocía de su
depresión y sus intenciones suicidas? Por supuesto. Pero lo digo con
sinceridad: no podría estar todo el día pegado a la pantalla cuidándolo. Tengo
que trabajar en los nuevos sistemas, escribir algoritmos, transportarme a otras
ciudades para dar conferencias sobre los nuevos mimetizadores.

Les juro, amigos, que intenté disuadirlo. Prolongué el
verano lo más que pude para que no viera los árboles deshojarse. Convencí a los
propietarios del servidor, que aumentaran en dos puntos la felicidad del
entorno ochenta y ocho. Sí, yo sé no debo interferir con el flujo de
acontecimientos de la macroestructura, pero estaba desesperado. Le dedicaba a
su mundo casi todas las horas de mis noches. Pensaba en qué más podía querer
Freddy, en por qué estaba insatisfecho. Era el jefe de Steinvort la
empresa de publicidad más exitosa de su mundo. Tenía una novia perfecta. Un
apartamento impecable, un auto lujoso y muchos amigos. Pero en las noches me
hablaba. Me decía «¡Dios! Estoy aburrido de conversar lo mismo con la misma
gente, harto del estrúdel de manzana de consistencia perfecta, y de los dos mil
likes a cualquier publicación que hago en Tuístagram»

Yo le hacía soñar con que su empresa quebraba, que tenía que
dormir en la calle o que sus padres morían en algún accidente horrible. Ni aun
así se sentía afortunado. A veces me daban unas ganas de manifestármele y
decirle: soy tu Dios, todo lo sé. Te conozco porque eres una representación
virtual de mi conectoma en el mundo más perfecto posible que permite mi nivel
de usuario. Por supuesto que esto es imposible sin un hackeo de la intranet por
el puerto 72. Así que le insinué en corazonadas que visitara un médico. Este le
recomendó un tratamiento que pagué con gusto.

No funcionó. Lo veía arrastrando los pies y la mirada baja y
yo empecé a hacer lo mismo. Como él, deje de afeitarme. Y cuando él dejó de
leer los periódicos, yo desactivé mi módulo neural de sucesos y actualidad. Me
obsesioné con su silencio y puse al máximo la subtitulación de sus
pensamientos. Encendía el visualizador incluso cuando pilotaba mi aeromóvil, o
cuando despertaba en mitad de la noche, sudoroso y con el corazón galopante.

Amigos… Ya los he oído a ustedes y les debo la misma
honestidad…(diciendo esto se empezó a quebrar la voz). Sí, fui yo quien lo
maté. A Freddy… me le manifesté… y le dije que no era más que un personaje
virtual. Que no tenía una existencia verdadera, que era sólo mi avatar con una
consciencia autónoma y libre albedrío…Y que yo no interferiría en lo que
estaba deseando»

En ese momento todos mis compañeros del grupo de duelo y
depresión cibernética me dirigieron su mirada más compasiva y como un sol que
sale de improviso, me confortaron sus aplausos digitales.

Puntúalo

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS