Las ventanas  amplias del vagón mostraban un “exuberante  paisaje semiselvático”, en todos los folletos aparecía ese monstruo de metal y lujo, un burgués de los transportes que había conseguido llegar allí, a lo más recóndito del mundo y de historia misma. Su recorrido iba  a la par con el río que fluía en paralelo a sus vías, pero mucho más salvajes eran sus curvas, más traqueteantes su rocas y nadie lo conducía. Era el Urumbamba. Siempre había estado presente, grande entre las montañas su dominio era anterior a  ese portento de la Andean Railways.

Los ojos del turista se dejaba acoger por ese lujo, regresaba acomodado desde el último vestigio conservado de una cultura ancestral. No tendría tiempo para ver entre el follaje- por la velocidad del vehículo-,  un pequeño puesto de viandas donde los ojos de una vieja miraban el tren. No pensaba nada, sólo lo veía pasar con sus cristales relucientes. Sin embargo, cualquiera podría decir  que, a pesar de que sus ancestros estuvieron ahí mucho antes que cualquiera, ella jamás podría subir a él. Desde el andén cualquiera podría subir o bajar, pero no sería el suyo jamás.

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