Entré mirando hacia atrás. No había nadie. La puerta chirrió angustiosamente, sobrecogiéndome. Cerré con cuidado, miré a mi alrededor. La poca luz que se filtraba por las ventanas, en el final de la tarde de ese desapacible día otoñal, dibujaba figuras misteriosas con las sábanas que cubrían los pocos muebles de esa estancia abandonada. Sentí que algo me acariciaba la cara. Telarañas. Me limpié como pude, los hilos pegajosos me quedaron en la manos. Angustiado e incómodo, avancé lentamente entre los muebles. Un silencio atronador aturdía mi cabeza. Sabía que lo quería encontrar, sabía que estaría allí. El mensaje había sido claro y conciso. Y muy creíble. Siempre me había hablado así, siempre claro y conciso, sin matices, sin sentimiento. La ansiedad por volver a verlo contrastaba con la inquietud que me producía la posibilidad de que regresara a mi vida, a mi realidad, ahora que ya lo había superado. O al menos eso creía. Mucho tiempo me había costado quitarme el peso tremendo que su figura había tenido en cada día de mi vida. Mientras avanzaba hacia la doble puerta que coronaba la estancia, se me aparecían momentos felices y otros que no lo fueron, en un torbellino de imágenes que se mezclaban con las figuras inquietantes que formaban las sábanas, cambiantes como mis sensaciones. Pasé sigiloso al comedor. Y allí ví su imagen, fuerte, imponente, sentado en la cabecera de la mesa. Y me ví a mí mismo pequeño, con un balón en la mano, acercándome a él tan despacio y con tanto cuidado como lo estaba haciendo ahora mismo. Toqué suavemente la sábana que cubría la mesa, y las yemas de mis dedos se llenaron de polvo. Continué avanzando, el mensaje decía que nos encontraríamos en la casa abandonada, a la cual yo nunca había vuelto. Pero no aclaraba en donde. ¿La cocina, los dormitorios, el enorme garaje donde jugaba con mi hermano mayor? No podía ser en la cocina, él nunca entraba allí, a veces desde la puerta preguntaba que había de cenar, cuando su impaciencia alimentaba su intolerancia. En los dormitorios quizá. En el suyo, recostado en la enorme cama matrimonial donde leía y fumaba cuando estaba en casa, en el mío no, si no entraba nunca a verme, y al de mi hermano solo iba después del accidente, a ver fotos y llorar en silencio. Me dirigí decidido al garaje. La puerta estaba entreabierta, lo que me hizo creer que sí, que allí estaría. Tomé valor respirando hondo, lo necesitaba…
El sol tibio de otoño entra tímidamente por los cristales de mi apartamento. Estoy sentado en mi sillón, releyendo por enésima vez la carta.
“Hola, hijo.
Te he citado aquí porque necesitaba decirte algunas cosas. Cosas que nunca te dije.
Sabes que no fui de muchas palabras, me ha costado en lo que fue mi vida poder expresar lo que
sentía, ni contigo, ni con tu hermano, ni con tu pobre madre.
Sé que he sido muy duro. El accidente de tu hermano, la posterior muerte de tu madre, me
hicieron un ser aún más duro. E injusto. Porque eras tú lo único que me quedaba, y en lugar
de acercarme y quererte me aparté a convivir con mi dolor.
Y cuando por fin te fuiste de casa, de esta casa que hoy está abandonada, mi vida perdió el poco
sentido que le quedaba.
Nunca más supe de tí, nunca más.
Ahora, en este garage donde jugabas con tu hermano, mientras yo los miraba de lejos, aquí te
dejo esta carta. Esta carta soy yo.
Soy yo hablándote ahora, ahora que ya no estoy entre los vivos.
Ya sabes, fui de pocas palabras y me ha costado siempre expresar mis sentimientos.
Perdón, hijo.
Te quise muchísimo.
Hubiera querido demostrártelo, no pude.
Tu padre”
Todavía no estoy seguro de no haberlo soñado, pero la carta es real y está en mis manos, y mis dedos tienen aún restos de polvo.
Cuánto cuento cuántico
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