Llega la noche una vez más, un silencio ensordecedor únicamente roto por el traqueteo monótono de mi viejo reloj. A oscuras observo como las manecillas marcan las 23:59. Mis ideas vagan a través de la imaginación. Toda una vida viviendo en la calle Maipú, ¿libre o apresado? ¿Es mi vida soñada? Mi abuelo sabría que responder… Pero ya no está. Solo me queda esta extraña moneda que, según él, es una reliquia familiar. «Tendrás las respuestas que siempre has buscado, pero no te lo aconsejo Anselmo». Sentado en mi butaca, los dedos juegan con el metal desgastado. En el borde hay escrito algo ilegible «no debe ser lanzada», no dejo de pensar en todos sus «acertijos». Frases como «puede que la ignorancia te deje dormir tranquilo». Con la moneda en la palma de mi mano, me produce un sentimiento contradictorio. Una parte me dice «lánzala», otra secundada por la voz de mi abuelo me dice «no lo hagas». Después de unos segundos interminables, inconscientemente la elevo frente a mis ojos. El tiempo se ralentiza, apenas siento mi respiración…¿Qué sucede? Lentamente todo se distorsiona, el mundo se apaga.
Todo vuelve a su son, vuelvo en mí. Sigo sentado pero me noto un tanto incómodo, abro los ojos pero todo está oscuro. Intento moverme pero estoy atado a mí silla, de cabeza a pies. Mi pulso se acelera, no entiendo que está pasando. Una tenue luz se ilumina encima, puedo distinguir en la pared corroida un pequeño reloj redondo, marca las 23:59. Una voz metálica que proviene de un altavoz bastante anticuado pronuncia lo siguiente: «Recluso 994 Anselmo Quesada, prevista su ejecución a las 00:00 el día 20 de Abril de 1970, a la edad de 25 años». Atónito, pienso que es un mal sueño, pero el frío metálico se siente demasiado real. Ante la confusión comienzo a gritar exasperado que ha habido un error. El segundero avanza con una lentitud inexorable, y aunque estoy alzando la voz sólo resuena dentro de mi cráneo. Siento el sudor pegajoso junto al correaje, como mi pulso acelera incontrolablemente, mi desesperación. Fijo la mirada, son las 00:00. Una corriente atraviesa mi cuerpo, mis músculos se contraen, empiezo a producir espuma por la boca, no tengo el control de mi corazón que por la intensidad frena en seco. Me envuelve el silencio.
Oscuridad otra vez, pero está vez siento un frío constante y cortante. Poco a poco recupero la visión, me encuentro de pie pero no sé dónde. Intento forzar mi vista, consigo otear un montón de luz a lo lejos, trato de alcanzar algo con mis manos, fracaso en el intento. No sé absolutamente nada, únicamente que el viento en la cara es molesto. Trato de orientarme y advierto, que debajo de mis pies se encuentra una estrecha cornisa de hormigón. Más allá solo hay vacío, una caída de al menos 20 metros. Me hallo a las puertas del abismo de un rascacielos. Desesperado busco respuestas en mis bolsillos. En la americana hay una cartera. Al abrirla veo mi DNI, Anselmo Quesada, con una fotografía mía donde aparento unos 55 años aproximadamente. En el otro bolsillo de mi traje encuentro una nota doblada. Es mi propia letra, temblorosa pero inconfundible. Con certeza puede leer que es una carta de despedida. Miro mi muñeca izquierda, un reloj digital marca las 23:59. Intento retroceder hacía la ventana, pero el vértigo y el viento me traicionan. Resbalo y caigo. El aire me azota con violencia mientras el suelo asciende a toda velocidad. Siento como mi pulso enloquece, como mi corazón está apuntado de explotar. Antes de que el asfalto me alcance, todo frena en seco. 00:00.
Sombra eterna, me llega desde muy cerca un leve pitido constante y uniforme. Me cuesta respirar, apenas tengo movilidad. ¿Acaso he sobrevivido a semejante caída? Los párpados me pesan, me es inevitable toser. Estoy rodeado de cables, el pitido proviene de una máquina un tanto peculiar que registra mis constantes vitales. De seguro que me encuentro en un hospital. ¿Cómo he podido sobrevivir? A mí izquierda se ubica un pequeño ventanal, deja entrar un débil rayo de luz lunar que me acaricia el rostro. A través de él solo puedo distinguir edificios lejanos y una altura inquietante. La puerta se abre con suavidad, si figura es extraña, casi metálica bajo la penumbra. Asustado pregunto quién soy, con frialdad impersonal responde: «Anselmo Quesada, noventa años. Ingresado por múltiples complicaciones cardiovasculares». Realizó sus chequeos y sin mediar más palabras se esfumó. La situación me sobrepasa, mi habitación se hace más pequeña y solo puedo pensar en que la máquina que me acompaña marca la repetitiva hora de la muerte 23:59. Sabía mi final y no tenía ni idea de cómo actuar. El corazón vibra, un hormigueo me recorre el brazo izquierdo. No iba a fallar, mi final estaba cerca. El dolor crece con rapidez, el corazón quiere salir del tórax, no consigo respirar. Observo a mí izquierda 00:00, el pitido se vuelve largo y continuo, se acabó.
La moneda gira lentamente en el aire y, de pronto, cae. El impacto contra mi pecho es seco, casi irónico. Me desplomo en el suelo del departamento, jadeando. No sé lo que he vivido, pero he sentido la muerte de tres versiones de mi mismo. El reloj de pared comienza a sonar con su melodía grave y monótona, trago saliva, casi por reflejo. Las manecillas marcan exactamente las 00:00, ¿Ha llegado otro final? ¿O solo el comienzo de uno nuevo?
Cuánto cuento cuántico
OPINIONES Y COMENTARIOS