Mientras preparo las redes y las acomodo en la barca para salir a pescar, pienso en la Pinta Roja. En la mañana en que no llegué a salir con ellos aunque a veces recuerde que sí lo hice.
Esa mañana me desperté temprano, como siempre, antes de que amaneciera. Preparé el mate y me senté a ver despuntar el alba de un día que parecía bastante caluroso para ser octubre. Estaba en eso cuando me llamó mi esposa, la niña tenía mucha fiebre.
Ella estaba angustiada porque no la veía bien. En Punta del Diablo no había médico, era necesario llevarla a una ciudad cercana, Castillos. Había dos formas posibles de ir: teníamos una moto y pasaba un autobús. Yo tenía que embarcarme así que una opción era que ellas se fueran en el autobús de primera hora.
Todavía no amanecía así que me decidí, si nos íbamos en ese momento en la moto, podía dejarlas en el hospital y volver antes de que mis compañeros salieran con la Pinta Roja. Rápidamente preparamos todo y nos fuimos. Hay vecinos que dicen haberlas visto en el autobús de la mañana.
Las dejé en el hospital de Castillos y me fui preocupado porque la niña tenía mucha fiebre. En plena ruta, unos pocos kilómetros después de salir de la ciudad, un caballo se cruzó delante de un coche y, al tratar de esquivarlo, el coche volcó. Miré al caballo y seguía en la misma posición, como si no hubiera pasado nada. Me detuve a ayudar y tuve que volver al hospital a buscar un médico. Cuando llegaron los médicos al accidente, seguí mi ruta. Hay noches en que veo que no hubo tal accidente. O que no fui a Castillos.
Cuando regresé a Punta del Diablo, la Pinta Roja ya había salido. Habían conseguido un quinto tripulante y no habían podido esperarme más.
Ese mismo día me embarqué, algo más tarde, en otra barca que necesitaba gente. Estuvimos todo el día pescando en diferentes puntos. Nos alejamos a un par de horas de la costa. El mar estaba sorprendentemente calmo. Cuando los motores se apagaban, el silencio del mar resultaba perturbador: ni siquiera se escuchaba el golpeteo de las olas contra la barca.
Al final de la jornada, con la bodega llena, pusimos rumbo hacia Punta del Diablo. A poca distancia de la costa, vimos a la Pinta Roja. Les pedí que acercaran la barca. Nos saludamos y me preguntaron qué me había pasado en la mañana. Les conté lo que sucedió con mi hija. Luego tuvimos un diálogo que a veces dudo que haya ocurrido en esta vida.
—¿Vuelven con nosotros?—les dije.
Conversaron entre ellos, algunos querían volver y otros no. Mientras tanto yo solo escuchaba el silencio del mar, totalmente en calma. Luego de discutir un rato, tomaron una decisión.
—No —me contestaron—. Vamos a pescar un rato más aquí. Se está dando bien.
—Ya estamos en el final de la tarde.
—Cuando anochezca regresamos. Está muy tranquilo el mar.
—Ustedes saben que todo puede cambiar en un minuto.
Dejamos a la Pinta Roja allí pescando y rumbeamos hacia el pueblo. No estaban muy lejos de la costa; estoy seguro de que desde la playa se debía alcanzar a ver la barca. A veces recuerdo que su decisión fue otra y volvimos todos juntos.
Llegamos a casa con el pescado. Fui hasta el cuarto de mi hija y le toqué la frente. La niña seguía con un poco de fiebre, pero se la veía mejor. Le dijeron los médicos que era una gripe fuerte y que la cuidáramos, pero que no era grave.
Cenamos unas empanadas de pescado que mi esposa había hecho al horno. Después de cenar fui a la casa de uno de los muchachos de la Pinta Roja; aún no habían vuelto, me dijo la esposa. Me quedé en la puerta pensando en lo que dijo otro pescador: que esa mañana me habían esperado.
Al otro día, luego de tomar unos mates, fui hasta la playa de donde salen las barcas. Varios pescadores estaban preocupados porque la Pinta Roja no había regresado. Se hizo la denuncia. Otras barcas y algunas lanchas de Prefectura salieron a buscarla, sin resultado. Aunque hay quienes dicen haberla visto.
En el pueblo cada uno tiene su versión.
Algunos dicen que una ola los volcó al caer la noche.
Otros, que barcos que pescan ilegalmente no los vieron en la oscuridad.
También hay quienes sostienen que nunca desapareció, que volvió a puerto.
Que yo tampoco volví.
Que yo volví con ellos.
Yo sigo arreglando las redes, pensando en ese día, mirando un horizonte que ya no parece el mismo. Ahora entiendo que no fue una decisión la que nos separó, o la que nos unió, sino muchas, todas tomadas.
A veces trato de recordar las otras vidas de la Pinta Roja, de mí, del pueblo… que también ocurrieron. Nunca alcanzo a verlas todas.
En esta vida, fui elegido para contar esta historia.
En otras, no. En muchas, no alcanzo a saberlo.
Cuánto cuento cuántico
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