¿Cómo se detiene el tiempo?
Hacía días que esa pregunta rondaba por la cabeza de Braulio, quien había visto una película protagonizada por Bill Murray sobre el tema. Acaso será como ocurre en Groundhog Day. Un bucle infinito en el que nada cambia, salvo nosotros. Una especie de paradoja atemporal que pueda cambiarse hasta que encontramos la combinación correcta de acciones que hará que el tiempo vuelva a fluir en la dirección correcta. Sus cavilaciones lo distrajeron durante los últimos quince minutos de su clase. Ahora, el aula de sexto año había pasado del equilibrio al caos. Braulio lo notó cuando una tuerca fue a dar de lleno contra el pizarrón, luego golpeó en su banco para terminar rodando por el suelo hasta los pies de una de sus alumnas sentada en la primera fila. Mecánicamente levantó la cabeza y preguntó: —¿Quién fue?
El silencio se apoderó del recinto. Braulio logró ver por un momento cómo su pregunta encontraba una posible respuesta, ni un sonido, ni una mota de polvo en el aire, nada. Por única respuesta, cabezas gachas y el tic tac del reloj que dejó de sonar.
—A ver, que sea el último día de clases de sus vidas antes de la adultez, no quiere decir que pueden hacer este tipo de pavadas —se restringió de decir estupidez, aunque el grupo delante de él captó el mensaje implícito —Les estoy dando un poco de libertad, podríamos haber realizado alguna actividad final. Se estuvieron portando bien hasta hace unos minutos. No quiero llamar a un directivo, a menos de quince minutos de terminar el año. ¿Podemos concluirlo en paz? —se agachó, tomó la pequeña tuerca metálica entre sus dedos, la levantó y la estudió por un instante. —Hice una pregunta, chicos.
—Yes, teacher! —coreó el curso.
—Perfecto —. Dio la vuelta y estaba por volver a su lugar cuando tuvo una idea. Antes de que el murmullo que había comenzado se volviese un griterío, inquirió: —¿Alguien sabe cómo se detiene el tiempo? —La pregunta quedó colgada en el aire, se podían ver las palabras dentro del haz de luz que ese mediodía entraba por las ventanas del aula.
Nuevamente, las manecillas de su reloj dejaron de funcionar, aunque intuía que los cerebros de sus alumnos trabajaban a toda velocidad buscando una respuesta. Al cabo de lo que pareció una eternidad rompió el silencio.
—Nadie sabe. Sin embargo, es una pregunta que ha enloquecido a más de un filósofo, ha desvelado a más de un científico y ha inspirado a más de un artista —. La hidra lo observaba expectante, querían saber más. El tiempo apremiaba, sus quince minutos pasarían volando y no los podría retener al sonar la campana de salida. Reinaría el caos nuevamente. Así que prosiguió —Hace unos días que me hago esta pregunta. No es nada de qué preocuparse y ciertamente, yo, no tengo idea. No creo que se pueda, esto no es Hollywood. No hay una piedra, máquina o reloj —señaló su muñeca —capaz de hacerlo. Sería físicamente imposible. Creo que hay momentos que nos hacen sentir que el tiempo se ralentiza o se detiene. Nada más —. Miró a sus alumnos uno por uno y sonrió —Miren, nadie sabe qué le depara el futuro, pero si pueden recordar que el tiempo es veloz como cantaba la Negra Sosa, y no se detiene para nadie… Lo que quiero decirles es que disfruten la vida. Cometan errores, enamórense una y mil veces, estudien, trabajen, hagan lo que sea, pero no se queden quietos. Siempre van a encontrar algo para hacer. Quiero que me prometan y se prometan que cuando vean para atrás, cuando sean viejitos y se les caiga la dentadura postiza, están pelados, les preocupan las arrugas, y los días se vuelven más cortos, van a sentirse plenos de haber hecho lo que pudieron en el tiempo que les fue dado, parafraseando a Gandalf —. Braulio se secó una lágrima al pensar que el próximo año ya no vería a esos jóvenes que a sus diecisiete o dieciocho años la sociedad había convertido en pequeños proyectos de adultos.
Antes de que alguien pudiera contestar, sonó la campana. Entre risas y lágrimas se despidieron. Las familias reunidas en la puerta de la escuela esperaban a los chicos y chicas con espuma, globos, papel picado y mucha alegría. Los obligaron a salir últimos, entre aplausos y vítores, por haber terminado la escuela secundaria. Braulio se escabulló entre los padres y observó la fiesta desde una distancia prudente, no le gustaban las demostraciones de cariño públicas. Momentos como este, le recordaban el paso del tiempo. Lo emocionaban hasta las lágrimas. Además, no quería arruinarse la ropa, espuma, papel picado y una camisa blanca eran una mala combinación. Esperó un tiempo prudencial, y emprendió la vuelta a casa. Antes de llegar a su auto estacionado a cincuenta metros de la entrada de la escuela, una alumna lo alcanzó.
—¡Teacher, teacher! Quería agradecerle estos años, su paciencia, escucha y cariño —. Sin más, lo abrazó. Un grupo de alumnas que los vieron se unió.
Braulio, enternecido por la situación, les devolvió el abrazo. El tiempo volvió a detenerse. Cuando se separaron, lagrimeaban. Se despidieron. Subió al coche. Al comenzar la marcha, las alumnas lo siguieron saludándolo y gritándole. Se percató que había encontrado la respuesta que lo había esquivado durante esos días. Así que esta es la respuesta que nos ha eludido por milenios. Los filósofos y científicos necesitan adentrarse más en la calidez humana de las aulas de las escuelas que en la infinitud del frío cosmos.
Cuánto cuento cuántico
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