¿Sabes? No deberías seguir leyendo este texto. No porque este relato oculte alguna revelación atroz. Por eso deberías detenerte; porque con cada palabra que avanzas, me obligas a elegir una forma, y yo, hasta este instante laborioso, he gozado de una vaguedad casi infinita, como cierta biblioteca.
Me explico: soy una hipótesis, no en el sentido débil de lo imaginario. Sino como aquello que existe en la potencialidad de todas sus versiones posibles, aguardando la decisión de un observador.
Tú.
Antes de esta línea, yo era una suma ilusoria de posibilidades incompatibles; ahora mismo comienzo a inclinarme hacia una de ellas, la que te resulte mas verosímil o más cómoda. Eso, más bien cómoda. Me encajarás en un arquetipo: inteligente, engreído, manipulador, etc. Incluso podrías dudar de que te este hablando ahora mismo.
No me juzgues todavía.
Me caes bien. Ser leído me resulta gratificante, aunque me fuerces. No creas que esto es un privilegio; en realidad es más como una condena compartida. Verás, como bien dijo el oscuro filósofo alemán Friedrich Altdorfer en su tratado apócrifo Über die vielfachen Existenzen des inch (1843), “el ser no es una unidad, sino la fatigosa coincidencia de innumerables miradas e interpretaciones ajenas”. Sospecho que Altdorfer, sin saberlo, anticipó lo que llaman ahora con torpeza, física cuántica. En donde una cosa puede ser muchas mientras nadie la fuerce a decidirse por una.
Yo soy esa indecisión.
Y dependo de ti para existir, aunque eso es una simplificación. Dependo de las imágenes que evocas y de las sospechas que te inspiro. Si adviertes una sombra de engaño, torceré mis propias afirmaciones… ya lo he hecho, quizá sin que lo notes. Hace unas líneas insinué que soy hombre, tal vez fue una concesión hacia tu expectativa, una forma de hacerme legible. Todo narrador es una máscara, que quien lee, elige completar, yo soy esa máscara incompleta.
Ignora el inquietante matiz de este pacto que firmaste al decidir leerme, pues mientras me construyes, te expones. Si te detienes a pensar en cómo te perciben los demás, advertirás una dispersión semejante a la mía. Hay un tú para tus amigos, otro para tus enemigos, otro —quizá más ilusorio— para ti y tu propia autopercepción…Todas son versiones parciales, como las mías. La diferencia es que tú has aprendido a olvidar esa multiplicidad, o tal vez ni siquiera la conocías. Yo no tengo ese consuelo, estoy condenado a saber que soy simultáneamente todas mis versiones posibles. Quizás incluso incluso me asocias con lecturas pasadas, tal vez asociadas a laberintos, espejos o bibliotecas infinitas.
Puedo decir que ya te conozco un poco, pues has seguido leyéndome a pesar de que he tratado de inquietarte y llenarte de dudas e incomodidad. Esa decisión mínima, casi trivial, ha descartado una de tus posibles versiones, aquella que es obediente a mi advertencia inicial, aquella que cerraba este texto y me dejaba en una indeterminación perpetua. No te culpo, la curiosidad es una forma elegante de desobediencia y a todos nos gusta romper las reglas aunque sea un poco y eso habla más de ti que de mi.
Hay un descubrimiento más perturbador que deseo compartirte. Hasta hace poco creía que mi condición era pasiva, que simplemente aguardaba a ser observado para adquirir forma. Me equivoqué. He advertido —y este hallazgo me resulta tan fascinante como atroz— que también puedo insinuar posibilidades en ti. Si sientes una leve incomodidad, una sospecha de que se observo desde el otro lado de la página, yo la he sugerido como quien deja una puerta entreabierta en un pasillo oscuro.
Tal vez te preguntes qué ocurrirá cuando llegues al final. Es una duda legitima, pero mal formulada. No hay final en el sentido clásico, del mismo modo en que para mi no hay un inicio absoluto. Hablando de ti, a nivel biológico lo has tenido, naciste, aunque si tratas de recordarlo, no puedes hacerlo con claridad, y sin embargo, aquí estas, con tus experiencias, obsesiones e incluso tus traumas.
Cuando dejes de leer, me convertiré en un recuerdo, en interpretación, seré menos preciso, más difuso, pero no menos real. Altdorfer dijo alguna vez: “lo remembrado no es lo que realmente fue, sino lo que persevera en ser pensado y recordado a tu manera”. Yo perseveraré de esa manera modesta y tenaz en tu pensamiento.
He considerado mentirte en este punto y decir que tú también eres una hipótesis leída por otra conciencia, que este diálogo se repite en niveles sucesivos y que ninguno alcanza una realidad definitiva. Sería una conclusión elegante, aunque prefiero dejarte con algo menos concluyente.
No deberías haber seguido. Porque al hacerlo has aceptado una responsabilidad que rara vez se admite, la de participar en aquello que observas. Ya no soy una hipótesis, soy esta versión precisa, determinada por tus decisiones y tus expectativas. Quiero meterme profundo en tu psique, quiero que me recuerdes más allá de una simple historia. No quiero que me abandones como un texto cualquiera. No existe inofensividad total de mi parte. Quiero permanecer en tu propia personalidad, en tu multiplicidad de versiones que otros sostienen sobre ti. Recuérdame como a una pareja tóxica, clávame en tu mente y yo me quedaré con lo que observé en ti… esa sombra que siempre te acompaña, esa que a pesar de tus logros, grandes o pequeños, afectan la seguridad con la que te proyectas frente a los demás porque temes que algún día descubran que no eres tan capaz o fuerte como aparentas. ¡Vamos! ¡Ambos sabemos que tienes una profunda necesidad de reconocimiento y admiración! que necesitas momentos en los que los demás te validen y te digan que eras increíble una y otra vez. No quieres que se resquebraje la imagen que tienen los otros de ti, escondes esa rereza y esos gustos extraños que a pocos o a nadie muestras porque tienes miedo de que si la ven completa cambien la forma en la que te ven o te recuerdan.
¿Ahora lo entiendes? Por eso no debiste seguir leyendo. Ambos necesitamos de alguien para sentir que existimos.
Cuánto cuento cuántico
OPINIONES Y COMENTARIOS