La muerte que ocurre en todas partes

La muerte que ocurre en todas partes

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He conocido lo que ignoran los griegos: la incertidumbre

Jorge Luis Borges 

1

«¿Cómo matar a la eternidad y acabar con el infinito?», preguntó el Emperador Xi en su lecho de muerte mientras ochenta y ocho espejos reflejaban su cuerpo moribundo, su rostro lleno de miedo, su invisible influencia. Parecía ser un acertijo lógico de una mente que se apagaba, pero las palabras del Emperador nunca fueron gratuitas, nunca fueron pronunciadas para entretener el placer de la conversación. 

—Los espejos parecían ser el arma que el Emperador estaba empuñando contra ese infinito. La lanza más aguda contra el escudo más fuerte y todo eso —dijo Flórez con el whisky brillando en los ojos—. Alineados correctamente los reflejos de los espejos se multiplicaban incontables veces, con la clara intención de que fueran infinitas. Algunos piensan que los espejos, reflejados entre sí, han logrado multiplicar tanto al Emperador, que es imaginable pensar que al menos un reflejo siga existiendo después de siglos de su muerte. Incluso hay físicos, con un corazón lleno de misticismo, que utilizan la velocidad finita de la luz para indicar no solamente la posibilidad sino para cuantificar una concreta probabilidad.

Flórez se levantó de golpe, con ímpetu en la lengua y empezó a recitar:

No busques en la línea recta

la curvatura del infinito,

busca en el vacío

el último segundo.

La Luna suspira un círculo,

un eco astral,

una breve eternidad

en tu telúrico respiro.

El whisky había calentado los versos desde su garganta. Esta vez sus disertaciones, que normalmente quedaban levitando plácidamente hasta el amanecer, estuvieron resonando en nuestras almas cansadas: sentí mi desesperación en la mirada de Julián, que brillaba con agotada mortalidad.

2

En tu rostro vi una sonrisa dibujada con la crueldad, mientras veía cómo las explosiones se tomaban el cielo. Más numerosas que las estrellas, más ardientes que mil soles. 

Giros, giros, giros, tu cuerpo girando colgado del horror de un cielo en llamas, tu mente quebrada por el dolor

—¿No lo ves, Julián? Estamos a punto de volver a ver a nuestro Bético, de escapar de la curvatura —dijo Cecilia con la sonrisa desencajada y con la mirada anclada a una estrella lejana.

Los bombarderos llenaban el cielo mientras frenéticamente arrojaban todas las bombas. Era la esperanza desesperada, era la triste gota de agua apagando las llamas del Infierno.

El Emperador, antes de morir, gritó con dolor y maldijo al mundo por haberle quitado a su único hijo. Pero el Emperador nunca tuvo hijos… Fue el delirio de morir, dijeron algunos, pero otros temían que algún sueño errante se hubiera metido en la mente del viejo dragón.

La resonancia era cada vez mayor, el suelo respiraba en estertores y las fauces de aquel monstruo cósmico con su infinita densidad que crecía debajo de nosotros empezaba a sentirse.

—No demorarán las bombas nucleares —le susurré con miedo, con amor, mientras el rostro de Cecilia brillaba con el fuego y se borraba con el humo.

Cecilia, mi física querida, yo sé que he estado hablando mucha tontada, es el trago, pero ¿no es el reflejo multiplicado del Emperador similar al principio de incertidumbre de Heisenberg? 

3

Beto se despertó con la luz tibia del amanecer, con el canto tímido de los pájaros. «¿Era él o era Agustina?». Miró las fotos y parecía ser él, pero sin ellos. «Nuestra memoria es información que se dispersa en los alrededores, solamente es cuestión de reconstruirla entera. El cuerpo reconstruido perfectamente tiene el alma intacta», escribió Cecilia en su diario. 

Miró el calendario: seguía siendo 8 de agosto. En este día ya había estado con su madre, le faltaba ser la hija que su papá siempre quiso, también le faltaba él y ellos juntos. También faltaba el día sin ninguno. Temía que fueran más, que llegara un día al infinito, o mejor dicho al día infinito que abarcara al Universo entero, sin esperanza de terminar. «No se trata de crear una criatura hecha de pedazos y darle vida, como la de Frankenstein. Es aprovechar la incertidumbre de la existencia para reclamar un potencial que no se dio», le explicó Cecilia a un Julián aterrado.

Esta vez, al parecer, era el día sin ninguno. Al principio eran los días más dolorosos, pero «ser feliz también costaba trabajo, especialmente cuando se sabe que al día siguiente puedes estar solo».

El día simplemente sucedió. Ya por la noche tomó la cruel decisión. Fue en la ducha. Mientras la sangre se diluía con el agua caliente y veía cómo la infinidad de gotas se evaporaban en un vapor único, vio el trono del reino y le pareció mucho más pequeño ahora con su padre muerto, lloró sobre el cadáver de su hijo, escuchó en una lengua remota su título sagrado, recordó la canción de cuna que le cantaba su padre, escuchó la risa maniática de su madre cuando las bombas nucleares estallaron, recordó la primera máquina autorreplicante que llegó a Alfa Centauri, la diáspora de la humanidad, el fin de ella en Ghimel.

Despertó en su habitación. Su asesor Jing estaba al lado de su cama custodiando su largo y difícil sueño. Le informó que los únicos espejos que quedaban eran los del palacio. Su siguiente orden iba a ser que los destruyeran inmediatamente, pero recordó que bastaba tener una vez miedo para que este se replicara infinitamente hasta la eternidad.

Dejó que los sucesos se dieran. El arreglo de los espejos, su alineación, las frases que salían de sus labios, las mismas que habían escuchado sus padres en esa fatídica noche: la condena a la eternidad, el vértigo que le causaba el infinito. Eran tantos espejos, con dos bastaba quiso decir, pero al intentar recordar cuántos habían sido y serían, no había respuesta. Su mente se despertó por un último instante ante la adrenalina de la incertidumbre. Tal vez sintió esperanza, tal vez su mente por fin se fundiría en la noche larga de la muerte.

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