Sé cuál de los dos Borges escribe este texto. Del otro Borges, desgraciadamente, me llegan noticias todos los días. Pendenciero, borrachín y seductor, mancha mi nombre allá por donde va. Los bares de Buenos Aires ya no le fían. Y sé, por mi banco, que falsea mi firma y que mi cuenta tirita como si fuera un gato en la noche fría .
No soy un iluso. Sé que he perdido muchas cosas. No quiero ni podría contarlas. Sé que he hablado de paraísos perdidos, de tigres, laberintos y espejos que no se han dejado asir. Todas cosas sin importancia. Lo que, verdaderamente, no puedo soportar, es perder la dignidad. Que mi nombre aparezca enfangado en cualquier esquina.
Las noches roen mi rencor. Y poco a poco el odio que siento hacia él es un templo que devora mis pensamientos. Mi cuerpo está exangüe. Sin ninguna fuerza, aniquilado, agotado, exhausto, exánime. Muerto. Todavía no con una muerte real. No con una muerte fuera del tiempo.
No sé si en la sangre del otro Borges late mi sangre. Ahora eso no importa. Compré un cuchillo. Lo empuñé e hice movimientos en el aire. Lo balanceé para darme valor. Nunca he matado a ningún hombre, pero él no era un hombre. Era una sombra, una furia, un ruido, un simple nombre.
La calle estaba tranquila y salí. El Otro Borges había pensado lo mismo que yo. ¿Cómo no se me había ocurrido?En la primera cuchillada los dos supimos que el laberinto es temporal. Comprendimos en el dolor de la herida, que el universo se replica en tantas copias infinitas, en tantos porvenires que tuvimos miedo de no morir del todo. Y lo que es peor, tuvimos miedo de que el otro, aún siendo uno mismo, nos sobreviviera.
Lo único que se oyó fue un grito inconsolable de un pájaro. Allí, en el zaguán yacían los dos. El Borges que se sabía Borges y el Borges que era Borges.
El hecho pasó en un tiempo que no podemos entender. Ocurrió en un Universo distinto a los premios, a las Kodamas, a las Ginebras y a la inscripción, en una piedra blanca y áspera, de su epitafio: «And ne forhtedon na».
Doña Leonor Acevedo Suárez, viuda de Jorge Guillermo Borges, les lloró. A los dos. Aunque creen que a uno más que al otro. Les lloró en público. En privado, por primera vez, sintió el gozoso y placentero significado del “nido vacío”.
Cuánto cuento cuántico
OPINIONES Y COMENTARIOS