
Después de haber contraído influenza tipo “A”, la cama se convirtió en el único sitio capaz de contener mi fragilidad. La fiebre de 40° que consumía mi debilitado cuerpo, me mantenía constantemente aletargada y delirante, tenía dolor todo el tiempo. Me sentía fatal, los síntomas eran implacables. La mucosidad que emanaba por mi nariz, fluía como río desbordado, la tos áspera y convulsa me dejaba exhausta y sin aire. Los ojos inflamados, vidriosos, parecían espejos empañados que no tenían alma.
Prácticamente me sentía a la orilla de un despeñadero cuando una repentina ola de bienestar invadió todo mi ser. Fue extraño pasar del borde del abismo, al edén en un instante.
El ambiente de la habitación tuvo un cambio radical. Ya no veía en la mesilla los medicamentos. Las motitas de polvo que flotaban a través del haz de luz que se filtraba por la ventana, le daba al dormitorio una atmósfera cálida y nostálgica.
Extasiada, veía formas de colores brillantes que no había visto jamás. Las sensaciones percibidas, por momentos me hacían dudar de mi integridad mental. Me preguntaba si no se había alterado esa realidad bajo el influjo de alguna droga, pero yo jamás había consumido nada ¿Qué podría ser?
En el lugar, sobre una tabla de planchar, había 4 faldas de colores estridentes y formas psicodélicas. Eran mías, definían mi estilo hippie, pero yo no las había comprado, quiero decir, nadie me las había regalado, pero eran mías, así lo asumía, aunque jamás las había visto.
Más allá de las sombras, vi a mi madre joven y ni siquiera me lo cuestioné, aunque tenía casi 13 años muerta. Su cercanía me situaba en un punto de seguridad que tenía años de no experimentar, y eso para mí era suficiente.
Emocionadas, salimos de casa y nos dirigimos a la parada del autobús para ir a ver el espectáculo del Cirque du Soleil, programado para el 18 de abril de 2026 a las 5 de la tarde.
El autobús iba repleto de personajes bizarros. Un montón de individuos pertenecientes a diferentes tribus urbanas agrupados indistintamente: emos, punks, otakus y góticos, todos compartiendo el mismo espacio sin el menor conflicto. La mayoría, iban maquillados y tatuados a la usanza que los distinguía: barbados, calvos, con peinados estrambóticos y cabello teñido con colores extravagantes.
Al ascender al autobús, sentí de inmediato una oleada de terror cuando me percaté de sus miradas malvadas fijas en mí . Fingiendo una calma que estaba lejos de sentir, pasamos entre la multitud hacia el fondo del autobús y nos sentamos en el asiento trasero. Mis pies colgaban y decidí deslizarme hacia atrás del asiento, hasta que mi espalda topó con el respaldo. Me pareció natural quitarme los zapatos para no ensuciar a nadie.
Ni el tiempo ni la distancia fueron determinantes para estar cerca de nuestro destino pues, aunque el lugar quedaba lejos, nos tomó solo unos segundos llegar. No se veía ninguna señal, ni edificio, ni estructura que nos indicara que habíamos llegado al sitio exacto, por lo que, tuve que preguntar que camino tomar para llegar. Mi madre ya no estaba conmigo, pero no era algo que me afectara, al menos no, en ese momento. Caminé mucho, bajé por una escalinata empinada que amenazaba con engullirme si no bajaba con cuidado.
Crucé por una vereda que me condujo a la casa de mi sobrina. La casa tenía en la entrada una barandilla blanca y el césped bien cuidado. Al entrar, noté que había muchos cachorros blancos con manchas negras o, ¿negros con manchas blancas? Levanté del suelo a un peludito entre mis brazos y cuando giré mi rostro hacia abajo era un bebé hermoso, literal, ¡era alucinante! Ya no eran cachorros, ahora eran varios bebes regados por el suelo en una especie de frazada o alfombrilla. Unos gateaban y otros dormían… ¡que rayos! ¿En qué momento esto se llenó de niños?
Salí corriendo de allí para buscar a mi madre y continuar nuestro camino al espectáculo pero, no la encontraba por ningún lado, ¿a dónde se habrá ido? Ese bucle de tiempo que, me mantenía en un sitio y luego en otro de forma absurda, me hizo perderla de mi radar y sentí angustia. Ahora la buscaba con urgencia. ¿Cómo es? -me preguntaban- Es muy pequeña, muy anciana, de cabello cano y corto, de carácter recio. Todo en ella era excesivo, el tamaño, la edad, las maneras. ¿Alguien la ha visto? -Preguntaba a todo el mundo-, algunos me miraban con lástima negando con la cabeza. Después de eso no volví a verla jamás.
Había sido un viaje extenuante, extraño, me sentía confundida. Había estado en tantos lugares y en ninguno a la vez. Las mezclas de acontecimientos surrealistas, las transformaciones, mi madre ausente, todo había ocurrido en periodos de tiempo inexistentes que me desconcertaban.
Súbitamente, escuché una voz a lo lejos gritando angustiada mi nombre, mientras me agitaba enérgicamente, – ¡despierta! vamos… ¡despierta! – es 18 de abril de 2026, las manecillas del reloj rozan las 5 P.M.
Abro los ojos lentamente y emerjo de mi letargo. Me toco la cabeza y me percato que tengo un paño húmedo sobre la frente. ¿Qué pasa? -pregunto a mi hermano- Que has entrado en delirio de nueva cuenta, eso pasa, -me responde-.
Ya no hay colores estridentes, ya no hay espirales de acontecimientos extraños. Todo vuelve a su color ordinario, se acabaron las emociones fuertes y la atmósfera recupera el ambiente habitual.
Regreso a la realidad. Ese viaje de locos, tan vívido y surreal, había sido inexistente, no había personas, ni lugar, ni ruta, ni destino.
Una fuerte brisa se coló por la ventana y rodó sobre el suelo un pequeño trozo de papel que llevaba impreso lo siguiente:
Cirque du Soleil
Show: Delirum
Fecha: 18 de abril de 2026
Hora: 5:00 P.M.
Era Real, era la única prueba tangible de un viaje inexistente, la prueba de un espectáculo que no estaba programado y que en la realidad, jamás sucedió.
Cuánto cuento cuántico
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