Contemplación

Contemplación

Luis Belisario

20/04/2026

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De pequeño, mis padres solían llevarme a visitar a mi abuela todos los sábados, era ya costumbre. Mi pobre abuela era cuidada por una enfermera, no hablaba y se la pasaba todo el tiempo mirando a la distancia. Apenas uno que otro parpadeo interrumpía su eterna contemplación.

Siempre supe, según la versión de mi padre, que la había asustado un ratón u otro animal y le sobrevino un ictus mientras estaba en el pequeño cuatro de lavado, adyacente por una pequeña entrada desde la cocina. Me daba terror de solo ver la cortinilla color naranja que separaba los dos espacios.

Luego se desencadenaron los tiempos, mi abuela murió, crecí, me hice adulto, me fui de casa y todo quedó en el olvido.

Hasta que la tragedia volvió a golpear mi vida. Mis padres murieron en un accidente mientras recorrían la provincia francesa, fue rápido y espero que indoloro, Chocaron de frente contra un árbol. Tuve que viajar a reconocer los cuerpos y ocuparme de todo. Esparcí sus cenizas en el mar, como ellos me lo pidieron alguna vez.

Ya de vuelta, hurgando en los gaveteros de casa de mis padres me encontré el título de propiedad de la casa de mi abuela. No la habían vendido nunca, ¡Increíble!

Ocho horas de carretera me tomó llegar a la vieja casa de mi abuela. Tenía más de 20 años cerrada pero estaba en muy buenas condiciones, se nota que mi padre tuvo buen cuidado de ella. Mi idea era tomar fotos con el móvil para ponerla a la venta lo antes posible, cuando en el área de la cocina me encontré de frente con la cortinilla anaranjada, se me erizó la piel.

Descorrí la cortina, los gruesos anillos metálicos que la sostenían de un tubo bastante oxidado produjeron un chirrido espantoso, como un grito. Asomé mi cabeza al otro lado y de inmediato sentí la cara muy fría, me eché hacia atrás por instinto cerrando la cortina, otra vez el chillido. Me quedé frente a la entrada de la pequeña pieza paralizado del miedo, pero algo me impedía irme. Una curiosidad inmensa me consumía como nunca antes. La sensación fría en la cara me produjo una oleada de placer inesperado. Lo pensé por cinco segundos e introduje mi cara nuevamente; lo mismo, mucho frío y oscuridad. Me salí cerrando la cortinilla. Sorprendido por el poco dominio de mí mismo intenté echarme hacia atrás, pero ya no pude, el placer que me producía el cambio de temperatura y de luz me produjo una urgencia irresistible de asomarme otra vez.

Me quedé atrapado en un bucle: descorría la cortina, chillido metálico, oscuridad, salir de repente cerrando la cortina, chillido metálico.

No puedo decir exactamente cuánto tiempo estuve sumergido en el ciclo, solo diré que mientras estuve, no era dueño de mis actos. La compulsión era incontrolable y durante muchas horas lo repetí sin parar. Finalmente llegó un momento en que la realidad de alguna manera se desdobló y mientras en mi mente se repetían el chillido y el frío logré pasar adentro. Ahora mi cuerpo no tenía peso, los miembros de mi cuerpo resultaron innecesarios ya que me desplacé sin problemas de un lugar a otro con solo desearlo. De inmediato el yo de la entrada supo que también había pasado al interior, él sí lo sentía, él sí lo pensaba. Yo, el de adentro, no podía ni sentir ni pensar, solo contemplar, y era maravilloso.

Traté de ir más allá, había mucho espacio para hacerlo, era infinito, pero mientras avanzaba el chillido y la sensación de frio se debilitaban por momentos, comprendí de inmediato que si seguía adelante corría el riesgo de desaparecer en la nada. De repente me vi ante una situación de vida o muerte. Pero merecía la pena pensarlo. El yo de afuera, el compulsivo, era quien podía pensar y tomar la decisión porque el de adentro ya quería quedarse por toda la eternidad.

De repente sucedió un evento cotidiano, mundano, que me expulsó del proceso trascendental en el que ya me encontraba y me hizo replantearme otra vez todo, el móvil empezó a vibrar en mi bolsillo, contra mi pierna. Un violento espasmo vital me impulsó hacia atrás cerrando la cortinilla y volvió a reunir a mis dos yo. Cogí el móvil con la mano y me dejó atónito que solo había pasado un par de minutos, lo que me llevó a pensar que allí dentro el tiempo no existía, al menos de la forma como yo lo entendía. Contesté la llamada mientras miraba fijamente la cortina y trataba de asimilar lo que me acababa de pasar, solo atinaba a decir monosílabos con mi interlocutor. Al terminar la llamada comprendí que mi Abuela, mis padres y todos los muertos estaban allá adentro, no existiendo, contemplando, y era extraordinariamente tentador volver allí y no sentir ni padecer nada nunca más.

Pero me acobardé, pensé que todavía podía darle algo de sentido a mi inútil vida desde aquí.

Traté de hacer las cosas mejor traté de hacer el bien, pero en este mundo de acción y reacción no puedes beneficiar a una parte sin hacer daño a otra, es una ley ineludible de la que ningún ser vivo puede escapar. Los más sabios lo llaman naturaleza yo lo llamo sufrimiento vital necesario.

Vendí la casa, cuyos nuevos dueños la querían solo por el terreno y la demolieron a las pocas semanas. El portal directo, indoloro, expreso a la eternidad se había cerrado y lo había desperdiciado, solo quedaban para mí las vías tradicionales, vejez, enfermedad, suicidio, accidente, todas horribles y evitables con solo haberme quedado en el espacio frío y vacío de la casa de mi abuela.

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