El camino del salmón

El camino del salmón

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En una ciudad bávara del siglo XIX Johannes Wolff un día de junio salía de su casa atribulado por una olla de ideas que no le dejaban descansar, un grupo de acólitos estudiantes le acompañaban en su paseo. Creía que el ritmo de sus pasos acompasaba al de sus ideas y se hacían más concretas. Eran frecuentes estos paseos meditativos y a veces dialogados. El grupo que le acompañaba prudentemente se mostraba presente y le preguntaba qué estaba pensando, especialmente Karl, su estudiante más fascinado por sus teorías sobre la existencia y el tiempo.

Busco imágenes, señores, que me sirvan de asidero a mis ideas, como las sillas que alineadas en dos filas ordenan a los hombres y a las mujeres antes del baile, limitando el deseo antes del encuentro. De pequeño, les decía, recuerdo un tiempo detenido de pesca y conversación con mi padre, compartíamos la curiosidad por el mundo submarino. Por desgracia ya no están mis padres, yo seré el siguiente en morir, e inauguro la etapa de la vejez, donde mi mirada escudriña con detalle lo pasado, y ya no tanto lo venidero. Si sus pensamientos se agolpaban recurría a imágenes de peces que siempre le rescataban de un estado de ansiedad y aceleración. Vislumbro, continuaba, miles de peces dejándose llevar por la corriente salvo unos pocos, los salmones, que nadaban resistiéndose a la inercia. La gran mayoría transitaba desde su nacimiento por el río hasta terminar en el mar, la gran metáfora de la muerte utilizada ad infinitum por los poetas. Esta imagen le llevó a la ilustración de un colega suyo de la Torre de Hércules, conocida como la construcción que marca el fin del mundo o finis terrae.

Pensaba en voz alta, los feligreses de toda Europa hacen como los peces y como el desarrollo de la vida, se dejan llevar en esa corriente humana hasta el apóstol Santiago, donde se creen que sus restos están, en el fin del mundo, sincronizando espacio y tiempo. Karl pensaba en la posibilidad de alterar la dimensión del espacio, como lo hacían los salmones, con la esperanza de cambiar el paso inexorable del tiempo, no se atrevió a decir a su maestro sus pensamientos.

Pasaron los años y Karl es un profesor de renombre en el mundo cultural y científico, apoyado por su querido maestro Johannes. No había dejado de rumiar las imágenes que su profesor les compartió, los salmones y la torre de Hércules. Él tendría la misma edad que su profesor en ese paseo de junio cuando decidió con esas ideas diseñar un experimento, donde él sería el sujeto experimental. Haría el camino de Santiago, pero no siguiendo el desarrollo natural del camino, de Roncesvalles a Santiago, sino al revés, empezar desde Santiago y terminar en Roncesvalles, ser el salmón del camino, iniciando la vida desde la muerte y llegando al nacimiento. No era un ingenuo y su hipótesis no era tan ambiciosa como en su día pensó, si se altera el espacio se altera el tiempo. Su formulación era comprobar los efectos de realizar un camino desde la libertad y desde la soledad, intentando registrar los comentarios, los gestos, de las personas que desde el redil le decía. Estaban muy en boga los estudios de Le Bon sobre la Psicología de masas.

Tardó exactamente el mismo tiempo que tardaban las personas que lo hacían en el sentido natural, un mes. Volvió a su ciudad absolutamente sobrepasado y atormentado, vivió tres imágenes que escapaban a cualquier aproximación a su corpus teórico o a sus ideas, qué paradoja, pensaba, justo al revés de lo que le pasaba a su profesor, donde él buscaba imágenes para darle una forma a sus pensamientos.

No tuvo a lo largo de los días una compañía estable, pero sí coincidía al parar de caminar con personas que pasaban la noche en los albergues, como él. Se veían un rato y ya nunca más. Vivió tres escenas que marcaron el devenir de su existencia, el espejo a los espacios memorables de su experiencia.

La primera es la llegada de un responsable del albergue que se dirige a una persona idéntica a él, y le comunica que su madre ha muerto, y debe partir hacia su ciudad, el gesto de agarrarse sus cabellos mientras llora y se humedecen las lentes le produce una punzada y una sensación de mirar a un vacío infinito.

La siguiente es la imagen de él con una guitarra arañando las cuerdas con los acordes del Concierto de Aranjuez, mientras embelesada la mira su mujer, su compañera de vida, y masajea su mano en su muslo, eterno recuerdo al que va cuando le cuesta dormir con la deriva de un mecerse hacia las profundidades del sueño.

La última imagen es casi ya al final del recorrido, se cruza en el camino con su cuerpo desgarbado inaugurando una adultez aun con marcas de una adolescencia no concluida, va en un grupo y resalta a su lado la figura del profesor Johannes con una mirada vacía y vuelta hacia sí mismo, el silencio que nota es atento y reflexivo.

Cuando llega a casa escribe una carta con sus hallazgos, se da cuenta que hay algo íntimo que es difícil de expresar, en las tres escenas que vive en el camino hay unos gestos que los siente más en su tacto que en la vista. El remitente de la carta es su profesor esperando que él lo pueda leer, cree plenamente en la falta de linealidad entre el tiempo y el espacio.

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