La ciudad del caos

La ciudad del caos

Mila Clemente

20/04/2026

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         Al abrir los ojos, después de quedarme traspuesto en el sillón, sentí que algo había cambiado. Se olfateaba en el ambiente un aroma distinto al habitual. Recordé cuando despertaba en casa de mi abuela, donde el primer sonido por la mañana era el gallo y un burro que le contestaba feliz. Allí olía diferente, pero en ese instante yo no me encontraba en la aldea de mi abuela, sino en mi ciudad. 

Me asomé a la ventana del salón para averiguar qué estaba sucediendo. Entonces, vi a unos hombres que miraban sorprendidos al horizonte. Algunos se llevaban las manos a la cabeza sin entender por qué el sol volvía a aparecer tras las montañas. En el parque, unos niños jugaban alegres con los pájaros que revoloteaban entre las ramas de los árboles, que brotaban de la misma tierra, donde anteriormente se encontraban sus troncos. Mujeres que solían pasear por los senderos ajardinados, ahora volaban sobre ellos como aves en libertad.

El mundo se había vuelto loco. Algunos vecinos decían que la luna había sido la causante de todo, otros, afirmaban haber recibido una maldición por los daños causados hacia la tierra, ocasionando así el fin del mundo.

Pasaron los días mientras asimilábamos el nuevo cambio en nuestras vidas. Y se fue convirtiendo en una situación caótica; en las calles se aglomeraba una caterva arrogante tras saquear los supermercados, diversos devotos emitían ordalías descabelladas provocando un temor truculento a la ciudadanía, y el gobierno complicaba nuestra existencia con leyes adustas.

Decidí no salir de casa para evitar cualquier contratiempo que se pudiera presentar, así que comencé a comprar mis provisiones por internet. Sin embargo, al cabo de una semana necesitaba salir y despejarme, sentir la inédita brisa que circundaba en nuestro nuevo mundo. Por primera vez salí de casa por un lugar inusual, por la ventana. Ya en el alféizar sentí que mi cuerpo se desprendía de su peso. Comencé a volar hacia el parque donde antes solía correr, y por el camino me encontré a mi vecina muy apurada, esa pelirroja que me hacía tartamudear. Había perdido a su perro Toby y no lo encontraba por ninguna parte. Muchos animales desaparecían desde que comenzó la extraña transformación en nuestro mundo. Quizás su instinto les estaría portando a otro lugar más normalizado. 

Ya en el parque, pude sentir en mi piel los cambios que la naturaleza nos estaba regalando. El aura me acariciaba proporcionándome una cálida ligereza. Me sentía un pequeño pájaro descubriendo su nuevo hogar. Me acerqué a uno de los árboles más grandes del parque, en lo alto se manifestaban sus majestuosas raíces. Algunas formaban pequeñas volutas con movimientos sosegados, asemejándose al humo de una chimenea en un mundo mágico. De pronto pensé que, quizás fuera eso, que nuestras vidas se estaban convirtiendo en un cuento de duendes y hadas. Entonces, escuché unos susurros bajo mis pies. Al mirar vi que una nubosidad horadaba el tronco del árbol. Me deslicé por la superficie hasta alcanzar el frescor de la bruma. Por primera vez sentí lo que era estar en el interior de una nube. En ese momento alguien desde la copa del árbol me gritaba: «¡Agárrate, agárrate fuerte o te arrastrará!». Por un momento pensé que desaparecería con la nube, y me transportaría a otro lugar desconocido hasta liberarme en una tormenta tenebrosa. Pero, en aquel momento no era lo que deseaba, lo que deseaba era llegar a la copa del árbol. Me abracé al tronco tan fuerte como pude y vi cómo mis piernas se deslizaban al compás de la nube. Unos segundos después pude soltarme y mi cuerpo cayó sobre amplias ramas colmadas de hojas. Ahí conocí a mis nuevos amigos, dándome la bienvenida con palmadas en la espalda. 

Tras varios días conviviendo con ellos, apareció entre las ramas un bonito perro color canela. Me llevé una grata sorpresa al reconocerlo como el perro de mi vecina, la pelirroja. Así que pensé que sería una buena oportunidad para devolvérselo y lograr un acercamiento con ella. 

Me despedí de los compañeros de árbol y con Toby bajo el brazo me dirigí hacia mi edificio. En pocos días había habido muchos cambios. Las fachadas estaban rodeadas de raíces gigantes. Parecían aferrarse al hormigón como si fuera su única salvación. Con grandes zancadas sobre esas nuevas cepas urbanas, llegué hasta la ventana de mi vecina. Y con una sonrisa me posé en su alféizar. El perro saltó al interior en busca de su ama, mientras que un sentimiento de decepción me embargaba por no encontrármela en aquel instante, agradeciéndome la entrega de su mascota con una amplia sonrisa. El meneo amplio y relajado de su cola mostraba su felicidad por volver a casa. Aunque, en cuestión de segundos, sus ladridos me alertaron de un mal presagio. Su mirada parecía indicarme; corre, ven conmigo, necesito tu ayuda. Cuando llegamos al dormitorio, pude entender su comportamiento. Mi adorada vecina pelirroja, Sonia, estaba maniatada, en el suelo, con la boca tapada, y lágrimas en los ojos. 

Nuestra comunidad ya no era segura, se había convertido en la ciudad del caos. Así que, tras escuchar sus ruegos después de liberarla, decidí cumplir su voluntad. Sacarla de allí cuanto antes. Marchamos juntos en mi moto. Sus brazos rodeaban mi cintura buscando protección. E indudablemente se la cedí complacido. 

Nos fuimos alejando del caos con la esperanza de encontrar un lugar mejor. Sin embargo, cuando avanzamos pocos kilómetros, nos topamos con un desenlace rocambolesco. El paisaje había desaparecido. Las carreteras se transformaron en papel blanco, donde una pluma comenzaba a escribir nuestro destino. Poco a poco fue apareciendo ante nosotros una nueva historia, historia que fuimos descubriendo palabra tras palabra.

Surfeando entre páginas como olas en el mar, nos encontramos de pronto en el interior de un barco llamado Borges. Y allí, en el crepúsculo, nos convertimos en los protagonistas de un nuevo libro.

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