El hombre que me lo vendió no dijo que fuera infinito. Dijo, con una precisión que entonces no aprecié, que el cuaderno no elegía.
Le pedí una aclaración. Respondió:
—Los libros comunes contienen una historia. Este contiene todas las decisiones que la niegan.
No entendí. Lo compré.
El cuaderno carecía de título y de primera página. Donde debería comenzar, había ya una hoja intermedia. La numeración —si así puede llamarse— no correspondía a ningún sistema conocido.
La primera frase que leí decía:
“El lector ha abierto este cuaderno.”
Nada en ello era notable. Lo inquietante venía después:
“También no lo ha abierto.”
Supuse una figura retórica. Pasé la página.
Encontré una descripción minuciosa de mis actos inmediatos: leer, dudar, continuar. En la página siguiente, cerraba el cuaderno. En otra, lo olvidaba. En otra —cuya posición no sabría fijar— lo destruía con una determinación que no reconozco como mía.
Comprendí entonces que el cuaderno no relataba lo ocurrido, sino lo compatible.
Durante los días siguientes, sometí esa hipótesis a verificación. Cada lectura producía una variación. Ninguna era absurda; todas eran posibles con un mínimo desplazamiento de la voluntad.
El cuaderno no inventaba.
Distribuía.
Recordé, con imprecisión inevitable, ciertas teorías según las cuales un sistema puede existir en varios estados hasta que una observación lo obliga a definirse. Pensé que el cuaderno obedecía a ese principio.
Me equivoqué.
En esas teorías, la observación selecciona un resultado. Aquí, cada lectura no elimina las otras posibilidades: las vuelve inaccesibles.
No elegía una realidad.
Las segregaba.
En una página —que no he vuelto a encontrar— leí:
“Leer es excluir.”
La frase me pareció suficiente.
Decidí experimentar. Antes de realizar una acción trivial —salir o no salir de casa— consulté el cuaderno. Encontré ambas versiones. Cerré el cuaderno y elegí salir.
Al regresar, busqué la página correspondiente. Hallé la otra.
No era un error.
Era una persistencia.
La versión de mí que no había salido estaba allí, con una precisión intolerable. Pensaba lo mismo, dudaba de lo mismo, ignoraba —como yo— cuál de los dos era el desvío.
Comprendí entonces que el cuaderno no registraba alternativas.
Las conservaba.
Esa conclusión alteró mi conducta. Cada decisión comenzó a parecerme una mutilación. Elegir implicaba condenar a las otras versiones a una forma de existencia que no podía verificar, pero tampoco negar.
El cuaderno agravaba esa inquietud. En sus páginas encontré vidas que diferían de la mía en un solo gesto, pero cuya consecuencia era irreparable. En una, lo había perdido. En otra, lo había comprendido. En otra, no existía.
Esta última posibilidad me detuvo.
Leí con atención. El texto describía un mundo en el que nunca había adquirido el cuaderno. Mi vida —en esa versión— era más simple, pero no más comprensible. Había en ella una vaga sensación de ausencia, como si algo esencial no hubiera ocurrido.
No supe si envidiarla.
Seguí leyendo.
En otra página, el cuaderno no era un objeto, sino un texto. En otra, ese texto era este. En otra —más difícil de admitir—, este texto era leído por alguien que dudaba de su realidad.
Cerré el cuaderno.
No por temor, sino por una sospecha más precisa: la de que mi lectura no era pasiva.
Si cada página conserva lo que excluye, entonces leer no es conocer una posibilidad.
Es producirla.
Volví a abrirlo.
Busqué una página en blanco. La encontré. Escribí una frase trivial, destinada únicamente a comprobar si el cuaderno admitía intervención.
Al releer, la página había desaparecido. Sin embargo, en otra sección —si ese término es válido— encontré mi frase, integrada en un texto más amplio, como si siempre hubiera estado allí.
No volví a escribir.
Días después —o en una de sus variantes— encontré una afirmación que no había leído antes:
“El cuaderno no contiene todas las versiones. Contiene solo aquellas que alguien leerá.”
Esa restricción —más que su amplitud— me inquietó.
Porque implicaba la necesidad del lector.
Y, por lo tanto, su insuficiencia.
Si las versiones existen solo al ser leídas, entonces lo no leído no existe. Pero el cuaderno, al multiplicarlas, exige más lecturas de las que un hombre puede realizar.
La consecuencia es evidente.
O debería serlo.
He llegado, con cierta resistencia, a formularla:
el cuaderno necesita más de un lector para sostener sus posibilidades.
No en el tiempo.
Simultáneamente.
Esta idea —que no figura explícitamente en ninguna página— explica, acaso, una anomalía que había preferido ignorar.
Algunas frases del cuaderno no coinciden con mi estilo. No son errores; son variaciones.
Como si estuvieran siendo escritas por otro.
No descarto que ese otro sea una de mis versiones.
Tampoco descarto que no lo sea.
En una de ellas, advertí una palabra que no conozco y que, sin embargo, entiendo.
Ahora, mientras escribo estas líneas, advierto la forma completa del problema.
Este texto, que pretende describir el cuaderno, es una de sus páginas.
Pero no una cualquiera.
Es una de aquellas que solo existen si alguien las lee.
De ahí que su existencia dependa de un acto que no controlo.
Y que, sin embargo, está ocurriendo.
No en el cuaderno.
Aquí.
Porque si usted ha llegado hasta esta frase, ha hecho algo más que leerla.
Ha excluido todas las versiones en las que no lo hacía.
Y, al hacerlo, ha producido esta.
No como posibilidad.
Como única.
Lo cual —y esta es la última conjetura que me atrevo a consignar— implica que todas las otras, al quedar sin lector, no han desaparecido.
Han sido diferidas.
O peor:
que esta no es la primera vez que usted elige esta versión
Cuánto cuento cuántico
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