La traducción del viento

La traducción del viento

Aloïs Cohen

23/04/2026

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Salí de mi estupor en una vereda de baldosas húmedas que me resultaron apenas familiares. La luz era blanquecina, uniforme, sin sombras ni origen; parecía anterior al sol, una claridad olvidada de señalar la hora. Frente a mí, una fachada de balcones de hierro y molduras fatigadas persistía como vestigio de otro tiempo. En la esquina leí: Perú. Más allá, una avenida desierta se abría entre edificios solemnes. No había motores, ni murmullos, ni rastro humano; la ciudad parecía un simulacro recién lavado, abandonado por una cortesía incomprensible.

A mi lado, sentado con naturalidad espectral en un banco, había un hombre mayor. Ciego, sostenía un bastón. Vestía con sobriedad antigua. Tenía la cabeza inclinada, como quien escucha una música remota.

—Ya ha regresado —dijo, sin mirarme—. Eso simplifica el caos.

—¿Dónde estoy?

—En un lugar que hoy ha decidido no recordarse.

Me puse de pie. No sentía dolor, sólo una ligereza inquietante.

—No recuerdo haber llegado.

—Nadie recuerda del todo sus llegadas —repuso—. Las partidas son ejercicios de vanidad.

Se incorporó con parsimonia y comenzó a caminar hacia la avenida. Lo seguí, sin pensarlo. Su andar era lento y preciso; el bastón golpeaba el suelo como metrónomo.

Las persianas de los cafés estaban cerradas. Una marquesina en un cinema anunciaba «La noche de los lápices». Los faroles tenían un diseño que recordé de fotografías heredadas. Un quiosco parecía clausurado por la eternidad con portadas exhibidas una severidad olvidada.

—¿Qué ha pasado con la gente?

—Tal vez duerme. O tal vez somos nosotros quienes hemos faltado a nuestra cita en otra parte.

Avanzamos por la vasta avenida y doblamos por Bolívar. A la izquierda se abría una plaza inmensa, más nítida que real, como una maqueta a la espera de figuras humanas. Frente a ella, un edificio rosado guardaba una dignidad teatral. Más allá vi una construcción blanca, de arcos modestos, que reconocí vagamente por ilustraciones escolares.

—Usted habla como si esto fuera natural.

—Lo anormal exige explicaciones —dijo, sonriendo apenas—. Lo normal necesita bibliotecas enteras para ser entrevisto.

Pensaba en que su voz y su rostro me eran muy familiares, como su cortesía lindante con la ironía, la manera de elegir cada palabra entre infinitas posibilidades.

—Creo que lo conozco.

—Conoce una imagen pública, un manojo de metáforas, quizá una fotografía repetida. Pero conocer es otra cosa.

Seguimos por Alsina. El silencio no oprimía; purificaba el pensamiento. En las vidrieras vi radios de perillas, máquinas de escribir, trajes de un corte abolido, zapatos demasiado lustrosos para esa quietud. Nada estaba cubierto de polvo; era una ausencia administrada.

—¿Dónde estamos en realidad?

—En el centro de una ciudad que ha tenido demasiados nombres para merecer uno solo.

Nos detuvimos frente a un antiguo conjunto de muros severos. Apoyó una mano en la piedra, tras buscarla a tientas.

—Las ciudades son traducciones —dijo—. Cada generación vierte en su lengua las piedras de la anterior. Siempre pierde algo y siempre inventa algo.

—¿Como los libros?

—Sobre todo como los libros, como Gilgamesh.

Pronunció el nombre con gravedad.

—Sé poco de eso.

—Es una ventaja. Los eruditos suelen llegar después del asombro. Ese rey buscó la inmortalidad y halló una historia que no muere. Lo conocemos por tablillas quebradas, por signos cuneiformes que durmieron siglos bajo la tierra. Lo conocemos también por los errores necesarios de quienes intentaron descifrarlo.

Reanudamos la marcha. Una chapa esmaltada indicaba México. Otra, más adelante, repetía Perú. Empecé a sospechar un orden que me excedía.

—¿Errores necesarios?

—Toda lectura lo es. Hace mucho, un inglés reunió fragmentos dispersos y oyó en ellos la memoria de un diluvio más antiguo que otros diluvios célebres. En medio de su Londres decimonónico, niebla, oficinas, y de pronto la voz de Mesopotamia emergiendo de arcillas rotas.

Entonces lo supe. No por el rostro, conocido sólo en retratos, sino por esa forma de enlazar bibliotecas y calles, ruinas y juegos verbales.

—Usted es Borges.

Sonrió con una modestia que parecía otra forma del orgullo.

—Soy, a veces, ese señor. O lo fui.

No me atreví a preguntar más. Continuamos hacia la plaza. El aire era una sustancia neutra.

—¿Y esto es Buenos Aires? —pregunté al fin.

—Es una de sus versiones. Usted la conoce por fotografías; yo, por costumbre. Ninguna de las dos es suficiente.

—¿Le interesaba Gilgamesh?

—Como todas las obras que sobreviven a sus autores. La epopeya pasó por el sumerio, el acadio, los especialistas y finalmente por nosotros, lectores que confundimos Uruk con una invención propia. Cada tránsito agrega un espejo.

—Pero si faltan partes, ¿cómo sabemos qué decía?

—No sabemos. Conjeturamos con disciplina. A veces un verso perdido vale más que el poema entero, porque nos recuerda que el texto no nos pertenece.

Entramos en la plaza, desierta incluso de palomas. El edificio rosado guardaba un color irreal bajo esa luz sin origen. Los árboles parecían detenidos en una estación imposible.

—¿Y si todo esto fuera una traducción defectuosa?

—Lo es. Usted me traduce a mí, que ya soy un eco. Yo traduzco esta plaza. La memoria traduce nuestra vida cada noche. Tal vez despertar consista en aceptar una versión del sueño.

Nos sentamos en un banco. El mármol de una fuente devolvía un brillo inmóvil.

—En la epopeya —continuó— hay un hombre que busca la vida eterna y encuentra el límite de su forma. Los lectores cometemos la misma imprudencia: buscamos respuestas y hallamos metáforas.

—¿Y qué encontró usted?

—Algunas metáforas útiles. Un tigre de palabras. Un laberinto de espejos. La sospecha de que el paraíso se parece a una biblioteca, aunque también podría parecerse a esta plaza vacía, donde nada sucede y todo es posible.

Miré la avenida, los balcones cerrados, las cúpulas inmóviles. La ciudad era más nítida que cualquier recuerdo mío y menos creíble que un sueño. Pensé que quizá siempre había estado allí, aguardando que alguien la leyera.

Él se incorporó lentamente, apoyándose en el bastón. Comprendí que el paseo terminaba o se reiniciaba en otra página. Sentí la urgencia de quien oye cerrarse una puerta.

Lo seguí unos pasos y pregunté:

—¿Por qué estamos aquí?

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