En el tercer anaquel de una biblioteca que no figura en ningún catálogo —ni siquiera en los más ambiciosos, como los de Jorge Luis Borges— encontré un cuaderno viejo sin lomo. No tenía título, pero alguien había escrito en la primera página: “Este libro describe todos los libros que no pueden escribirse”. La afirmación me pareció, en un principio, una cortesía del absurdo; luego entendí que… sí, era una advertencia.
El cuaderno estaba compuesto por entradas breves, numeradas de forma irregular. Algunas cifras se repetían; otras parecían corresponder a sistemas de numeración desconocidos. En la entrada 7, por ejemplo, se describía un tratado sobre una lengua que carece de sustantivos: en ella, los objetos no existen, sino que son apenas fluctuaciones de acciones. En la entrada 7 (repetida), el mismo tratado era refutado por otro autor que demostraba que tal lengua era imposible, pero citaba fragmentos que, sin duda, pertenecían a ella.
No supe entonces si estaba ante una compilación o ante algo más: mmmm, especie de algún complejo mecanismo.
Decidí copiar una de las entradas. Elegí la número 12, que describía un relato en el que un hombre encuentra un cuaderno en una biblioteca y, al leerlo, descubre que ese cuaderno lo está describiendo a él. Mientras transcribía, advertí una ligera discrepancia: en el texto original, el hombre dudaba antes de copiar; yo no. Pensé que se trataba de una variante menor. Sin embargo, al releer lo copiado, el texto había cambiado: ahora decía que el hombre copiaba sin dudar, pero que esa decisión lo condenaba a no comprender jamás el cuaderno.
Me detuve y miré hacia arriba. Suspiré.
Hay decisiones que no parecen tales hasta que producen consecuencias. Cerré el cuaderno. Durante unos segundos —o quizá durante una serie de instantes que no se sucedían de forma lineal— consideré la posibilidad de no haberlo abierto nunca. Esa conjetura, absurda en apariencia, adquirió consistencia cuando advertí que no recordaba con claridad el momento en que lo había encontrado.
Respiré profundo. Volví a abrirlo.
La entrada 12 ya no estaba. En su lugar había una nota marginal, escrita con una tinta más reciente: “La omisión es el método”. Debajo, alguien —acaso el mismo— había añadido: “Nombrar una cosa es fijarla; omitirla es permitir que se bifurque”. Pensé en ciertos textos donde una palabra esencial no aparece jamás y, sin embargo, gobierna cada miserable línea.
Continué… explorando. En la entrada 19 se describía un experimento: dos lectores leen el mismo relato. Uno de ellos llega al final; el otro se detiene en la mitad. El texto afirmaba que ambos han leído versiones distintas, no por lo que han omitido, sino porque el relato se reconfigura en función de la expectativa de su cierre. El final: Consecuencia? No, causa.
En la entrada 19 (otra vez), el experimento se invertía: el relato no tenía a simple vista final, pero ambos lectores creían haberlo alcanzado.
Comencé a sospechar que el cuaderno no contenía textos, digamos así… posibilidades de textos. Cada entrada no era una obra persé… sí el espacio lógico donde esa obra podía existir. Una especie de catálogo de bifurcaciones narrativas.
Esa hipótesis se vio confirmada —o refutada— por la entrada 23, que describía un libro compuesto por todas las decisiones que un lector no toma. Según el autor, ese libro es infinitamente más extenso que cualquier otro, pero ilegible: cada página remite a una elección descartada, a una línea que no se siguió. El texto concluía —si es que concluía— con una frase inquietante: “El verdadero argumento de toda historia es lo que no ocurre”.
Cerré los ojos. Llené mis pulmones de aire.
Pensé en mi propia lectura: había omitido entradas, y detalles había privilegiado ciertas páginas, había ignorado otras. Demonios. Si el cuaderno era coherente consigo mismo, entonces esas omisiones no eran… accidentales. Eran, de algún modo, el texto mismo.
Abrí el cuaderno por una página al azar. No había número. Solo una frase:
“En uno de los posibles desarrollos de este relato, el lector decide dejar de leer aquí.”
Leí esa frase varias veces. No decía que yo fuera ese lector, pero tampoco lo negaba. Era, como casi todo en el cuaderno, una proposición abierta.
Consideré obedecerla. Miré a mis pies y solté un suspiro.
En ese punto advertí algo que hasta entonces me había pasado inadvertido: mi copia de la entrada 12 seguía en mi cuaderno personal. La releí. No había cambiado desde la última vez, pero ahora me pareció incompleta. Faltaba una línea final que, sin embargo, podía inferirse: que el hombre, al comprender el mecanismo del cuaderno, intentaría escribir una nueva entrada.
Tomé la pluma. Asentí con mi cabeza. Esta vez no respiré.
Escribí: “Entrada 31: Un hombre escribe una entrada en un cuaderno que describe todos los cuadernos posibles. Cree estar añadiendo algo nuevo, pero en realidad está actualizando una de las variantes ya contenidas en el sistema.”
Al terminar, dudé. Si el cuaderno original tenía razón, mi entrada no era una adición: la confirmación. O peor… una ilusión de libertad dentro de una estructura cerrada.
Volví al anaquel. Pestañeé un poco y con mi diafragma, cogí oxígeno.
El cuaderno sin lomo seguía allí. Lo abrí con resignación y curiosidad. Busqué la entrada 31. No estaba. En su lugar encontré otra nota marginal:
“Las entradas nuevas son casi indistinguibles de las olvidadas.”
Sentí entonces que la biblioteca —esa biblioteca que, como todas, aspira secretamente a ser infinita— contenía variaciones de una misma idea: su escritura es una forma de elegir entre lo posible y lo imposible, pero que esa elección ya ha sido prevista por el propio sistema que la permite.
Cerré el cuaderno por última vez. Asentí con mi cuello. Sonreí exhalando.
No lo devolví a su lugar exacto; lo deslicé unos centímetros hacia la derecha, como si ese desplazamiento mínimo pudiera alterar algo. Mientras me alejaba, pensé —no sin ironía— que en alguna de las innumerables versiones de este episodio, ese gesto sería decisivo.
En otras, en cambio, no ocurriría… nunca.
Cuánto cuento cuántico
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