DECANTANDO EL TIEMPO

DECANTANDO EL TIEMPO

Emérito

14/04/2026

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Dicen que los fracasados son aquellos que nunca, en su vida, han salido de su zona de confort; que no han emprendido jamás o que, siendo elementos poco útiles dentro de una empresa o negocio, se conforman con recibir un salario. Yo no encajo del todo en esa definición. He sido emprendedor, disciplinado, incluso audaz; un empleado ejemplar, según algunos. Y, sin embargo, cada uno de mis intentos por salir adelante ha seguido un mismo patrón: un comienzo esperanzador y un desenlace invariablemente adverso.

Con el tiempo, he aprendido a nombrarme sin rodeos. Soy un fracasado, aunque no por las razones habituales. Tal vez la suerte decidió ignorarme desde el principio, o quizá el dinero y el poder pertenecen a una esfera a la que nunca estuve destinado.

Con los últimos centavos que me quedaban, compré un periódico. No esperaba mucho de él, pero la necesidad suele revestirse de esperanza. Buscaba algo —lo que fuera— que me arrancara de la miseria en la que me encontraba. Fue entonces cuando vi el anuncio: breve, casi descuidado. No exigía experiencia, no detallaba funciones ni prometía salario alguno. Su ambigüedad, lejos de disuadirme, me resultó providencial. Necesitaba dinero con urgencia; cualquier otra consideración era ya un lujo inalcanzable.

La torre indicada se alzaba con una sobriedad que rozaba lo intimidante. Pensé encontrarme con una nutrida convocatoria, pero la recepción estaba casi vacía: solo un hombre de rasgos severos, piel de ébano y una presencia que parecía exceder los límites de su propio cuerpo vino a atenderme. Su voz de fagot resonaba por todo el lugar. Fue muy amable y cordial, como si estuviera esperándome; me indicó que debía subir al ascensor que se encontraba junto a una pintura de gran tamaño. Le pregunté a qué piso debía dirigirme. No respondió; sonriente, se limitó a señalar el ascensor.

Obedecí.

Mientras esperaba, me detuve frente a la pintura. Representaba a unos perros jugando billar. La escena plasmada me provocó una risa breve e incómoda. Había en ella algo torpe, casi ofensivo, como si intentara ser ingeniosa sin lograrlo. “¿Qué clase de mente concibe algo así?”, pensé. Y, sin embargo, añadí para mí: “Debe costar una fortuna”.

El ascensor llegó con una puntualidad casi mecánica. Al entrar, advertí de inmediato la ausencia de botones. Aquello me inquietó más de lo que quise reconocer. Recordaba haber visto, desde el exterior, que la torre contaba con numerosos pisos —quince, tal vez más—, pero ese detalle había dejado de tener importancia. Comprendí, o quise comprender, que se trataba de un ascensor privado, concebido para conducir al visitante a un único destino, sin posibilidad de elección.

Las puertas se cerraron con una suavidad inquietante, y entonces comenzó el ascenso.

Al abrirse, el blanco absoluto que dominaba el espacio estuvo a punto de cegarme. De no ser por aquel sofá rojo situado en el centro de la estancia, habría sucumbido a un delirio monocromático. Avancé con desconcierto, pues el mismo hombre que me había recibido en la planta baja me invitaba a sentarme. ¿Cómo había llegado allí antes que yo? Su presencia, tan inmediata como inexplicable, resultaba perturbadora. Sin embargo, obedecí sin formular preguntas.

No sé cuánto tiempo transcurrió. El reloj de pulso que me había legado mi abuelo permanecía guardado en la caja fuerte de la prendería Casa Áurea, como si el tiempo mismo hubiese decidido retirarse de mi vida. El silencio fue interrumpido por aquella voz de fagot que me indicó que podía continuar. ¿Continuar? ¿Hacia dónde? No había puertas ni ventanas.

Entonces, un rectángulo de color caoba se delineó sobre una de las paredes blancas. La puerta, hasta entonces mimetizada con el entorno, reveló su existencia. Al abrirse, dejó ver el tono cálido de la siguiente habitación.

Debo confesar que sentí temor. Sentado en una silla de apariencia ceremonial, casi a modo de trono, había un anciano ataviado con ropajes pomposos, semejantes a aquellos con los que suele representarse a Marco Aurelio. Me llamó por mi nombre. No recordaba haberle proporcionado mis datos al hombre de la recepción. La inquietud se acentuó cuando advertí, en su muñeca izquierda, un objeto incongruente con su imagen imperial: un reloj de pulso idéntico al que mi abuelo me había entregado y que, según él, era único.

El anciano se incorporó de inmediato y me abrazó. Lejos de incomodarme, aquel gesto me produjo una extraña sensación de familiaridad, como si regresara a un lugar anterior a toda memoria. Me tomó por los hombros y me observó con detenimiento.

—No recordaba que fueras tan alto —dijo con naturalidad.

Retrocedió unos pasos. Detrás de él había una pequeña pira apagada. Introdujo la mano entre las cenizas y extrajo una llave extraña, que depositó en la mía. Luego me abrazó nuevamente y, con un tono casi paternal, añadió:

—Sé que la estás pasando mal, pero todo va a cambiar. Solo sé firme y no te rindas. Y, por favor, recupera el reloj.

Sin añadir palabra, el hombre de la recepción me condujo de regreso al ascensor.

El descenso me resultó interminable. Al llegar a la recepción, el hombre con voz de fagot ya no estaba. En su lugar había un vigilante de aspecto caucásico. Le pregunté por aquel que me había atendido, pero negó con visible extrañeza la existencia de alguien con tal descripción.

Sentí entonces que la realidad comenzaba a volverse inestable. Guardé la llave en el bolsillo de mi pantalón y abandoné el edificio.

Al dar unos pasos, algo me obligó a girarme. La torre había desaparecido. En su lugar, se extendía un vasto pastizal.

Corrí hasta la parada de autobús más cercana. Allí, llevé la mano al bolsillo: la llave ya no estaba.

Regresé sobre mis pasos. No la encontré.

Volví a la parada y, finalmente, a casa.

No logré comprender lo sucedido, pero supe que no lo había imaginado: al desvestirme, descubrí en la espalda de mi chaqueta caqui la huella ennegrecida de una mano.

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