Desde hace un tiempo mis decisiones se han vuelto cada vez más irracionales. Contaminadas por algo de difícil definición. A veces me sitúo en una encrucijada sin coordenadas estables. Ante mí se abre un sistema de caminos que se ramifican hasta volverse indistinguibles. Cualquiera de ellos es válido, pero cada elección elimina las demás. La realidad cambia, pero nunca retrocede.
Empiezo a dudar: ¿Cuál de estos caminos elegir? ¿Soy libre de elegir el que yo quiera? ¿Qué es la libertad: una elección o un error permitido por el sistema?
Las preguntas no buscan respuesta, buscan repetición. Su insistencia genera estructura: como si la duda no fuera un estado, sino un mecanismo que se reproduce a sí mismo.
Mientras estoy sumergida en este proceso, dos figuras se me aproximan. Portan instrumentos de reajuste. Su función no es destruir, sino reducir desviación.
No vienen a matarme. El sistema no utiliza ese término. Vienen a corregir lo que excede los márgenes permitidos: mis ilusiones, deseos, esperanzas, sueños… Las mariposas en mi estómago…
Después de ellos solo queda el tiempo, convertido en sistema operativo. Ya no mide: ejecuta. Todo se reduce a una instrucción que se repite a sí misma.
Se enciende una luz roja. No es una orden. Es una condición lógica: si avanzas, entonces ya has retrocedido.
Pensé que necesitaba más información. Había oído de la existencia de una guía de almas humanas, pero resultó ser un objeto no indexado por el sistema. La librería que la comercializaba aparecía en los mapas como posibilidad, pero no como hecho. Intento fallido.
Antes de avanzar, por si acaso, solicité acceso al proceso del diagnóstico. El centro de salud no figuraba como edificio. No tenía ubicación fija; solo estados de activación. En algunos registros era una sala. En otros, una instrucción. En otros, un intervalo entre dos decisiones.
La solicitud fue aceptada sin referencia espacial. El centro era la respuesta del sistema a mi existencia.
Me desplacé entre unidades humanas sin vector definido. El anonimato era un estado de baja entropía. Al llegar fui sometida al análisis completo de sentimientos. Fue una prueba más larga de lo esperado.
La muestra fue aceptada como entrada válida.
Antes de que el sistema emitiera el informe empezaron a registrarse pequeñas irregularidades en la realidad. No eran fallos. Eran desviaciones sin impacto, eventos sin causa asignada que no alteraban la ejecución general. En el rincón de la cocina donde guardo flores artificiales se podía sentir una vibración.
El informe llegó antes de lo previsto. El teléfono sonó en un instante sin referencia temporal estable.
—Ya tenemos su diagnóstico. Es L-0.
Ni hizo falta que dijera nada más.
La enfermedad no existía antes de ser observada, pero el sistema redujo todas las variables a una sola: L-0 (amor). Estado no corregible: toda intervención lo reproduce.
No era el mundo el que había cambiado, sino su versión accesible. La existencia solo era real si era compatible con ese estado. Comprendí que L-0 no me describía. Me ejecutaba.
La anomalía reapareció tras el diagnóstico. Esta vez no como vibración, sino como sonido. Algo breve, seco, incompatible con cualquier notificación del sistema. No correspondía a ningún patrón registrado. Sonó a cristales rotos en la cocina.
Me obligué a mantener la calma y fui a comprobarlo.
En el rincón donde guardaba flores artificiales había un gorrión. Su presencia no generaba registro aunque sí cierto desorden.
Entonces entendí la regla no escrita:
todo lo que no puede ser diagnosticado no existe dentro del modelo, pero es lo único que lo desestabiliza.
Comprendí también que el diagnóstico no había comenzado con la llamada. Había comenzado con la primera pregunta.
Ante mí se vuelve a abrir el mapa de los caminos infinitos. Pero la decisión ya ha ocurrido.
Cuánto cuento cuántico
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