Tren al sur

Al percibir los aromas fragantes de las especias los peregrinos creyeron dar con el dato perdido en la charla elemental de Bioy y Borges, ayudando en la búsqueda del tomo aludido de la enciclopedia Angloamericana, entre Jorasán, Armenia y Erzerum. El tren seguía su marcha en los antiguos rieles del ferrocarril trazado por la imaginación del inadvertido Herbert Ashe

Penumbra de la paloma le llamaron los del otro lado del rio al comienzo de la tarde, nosotros aquella inolvidable Noche de las noches tan solo logramos algún néctar del agua de los cantaros, el vino vertido en nuestros labios, de abajo arriba porque en ese mundo toda gira en sentidos contrarios. Si quieres saber como esta el agua no le preguntes a los peces, decía el letrero de la entrada del Café

El siguiente párrafo vinícola trataba de dos caracteres. El viaje en el alefato de la letra het, ayin y su perfecta trasmutación vocálica a una “a” a fin de encerrar lo infinito, en un lenguaje con límites:

“Trato de encerrar en palabras mi amor por ti, pero esas palabras no son el límite, de allí que es mejor guardar silencio. En el silencio no hay límites”

Prócoro el Cátaro

Cavile un rato al pensar en la frase y luego encontrar el pasadizo secreto, que conducía al último piso de la gruta, casi igual al túnel subterráneo que conduce las aguas de Gijón.

  • el guía de la mezcla con azafrán había desistido de subir los 144 escalones. Así que impacientemente armaba 12 piedras según el alefato, fue cuando observe un enorme socavón. La visión posterior era lánguida logre avanzar unos pasos hasta tropezar ¡con algo ¡

Una cripta de cristal, donde se había colocado el momificado cuerpo de Hezron Damasco.

Vestido con un harapiento sambenito con las primera hilera de gemas incluyendo un crisolito dibujado de sapos y escorpiones, sobresaliendo una bandera de color gris, con la grabación de un basilisco mordiendo al muerto, en la garganta, de forma simbólica, la anotación que marcaba el pecho: “Es Dan Serpiente junto al camino” las semillas de la fruta se habían sembrado de manera desordenada, surgiendo uvas amargas en el recinto

Un anciano tembloroso de semblante decaído me observaba a través de la ventana de un vagón del tren, que desapareció de prisa rumbo al viejo cementerio. Poco a poco llegue al restaurante “tarsis” casi en los sectores periféricos de Sevilla almorcé mecánicamente, los posaderos de la misión mantenían las luces apagadas. En mi agenda tenía anotado que algunos acostumbraban en shabat a pagar las luces. Las diminutas letras de una placa en el balcón de la casa me atrajeron con violencia así que me desplace a leerlas. La historia de la ciudad me perseguía así que repase la inscripción.

“aquí vivo Arias García Abad del convento de San Iidro protector de los parias y los desamparados logro armar el diccionario de bendiciones frutales mas completo de la época iniciando en la almendra y terminando con el zapote. Fundo la tertulia bíblica del Caballo Blanco…”repase mis lánguidas memorias posiblemente el homenajeado fue uno de los admiradores de Constantino de Samosata el fundador del movimiento de los paulicianos, quien cambio su nombre por el de Fabio y a sus cercanos colaboradores los llamo Tito, Timoteo, Epafrodito. La historia de su vida tiene todos los matices. El verdugo Simeón el sacerdote viene con su espada a matarlo, los colaboradores de Samosata no cooperan con el cometido, solo un traidor llamado Austo toma la espada y mata a su maestro, quien no opone resistencia.

El subterráneo del convento a donde difícilmente logre entrar se caracterizaba por la interposición precisa de siete puertas con sus antepuestas la una en diferente posición de la otra, formando una figura geométrica; cada una de las puertas identificada con una palabra. Antes de entrar es necesario atravesar la muralla de casi un kilómetro (El guía explico que se trataba de una reproducción simplificada de la reconstrucción de los muros de Jerusalém y sus puertas. El muro inicia con los nombres. Eliasib el sumo sacerdote y sus hermanos – torre de Hamea y de Hananeel – varones de Jericó – Zacur – hijos de Senaa (puerta del pescado)

…Deprisa sudaca de prisa… los tecoitas se negaron (puerta vieja dañada) – Meleties gabaonita – jadon…. Malquias (puerta de muladar) – ¡Hey!tu queres cancelar otros cinco euros daos prisa podéis tomar nota dentro.

Los espejos multiplicaban las imágenes de los peregrinos, disimulan los contornos de las voces, en el mundo de Berkeley

Entre los pliegues del viaje —nadie lo dijo en voz alta— existían cuatro monedas, gastadas y desiguales, contadas no por su metal sino por el día que ardían.

La primera, martes, tenía el color opaco del cobre viejo y un aroma apenas perceptible, como romero machacado entre los dedos antes de entrar al templo iniciando la escritura que dará identidad a ese mundo, son lanzadas por el escriba y la respuesta solo es ¡dad a Cesar lo que es de Cesar”.

La segunda, miércoles, sonaba hueca al caer en el cuenco: no compraba pan ni vino, pero pagaba la espera de los peregrinos, los Fariseos recuerdan que la moneda salió de sus bolsillos y que el gran Maestro dijo dad a Dios lo que es de Dios.

La tercera, jueves, estaba marcada por una muesca en forma de hoja; decían que provenía de un mártir sin nombre, de esos que mueren sin acta ni sepultura, y por eso olía más fuerte.

La cuarta, viernes, no se mostraba: se dejaba sentir. Bastaba rozarla para que el aire cambiara, como cuando el romero se quema y anuncia que algo ha terminado sin decir qué comienza.

Nadie llevaba las monedas juntas. Existían solo mientras transcurrían los días, y después volvían a ser aroma, deuda saldada, silencio.

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