Borges y el eco de lo que no existe

Borges y el eco de lo que no existe

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El invierno de 1956 fue seco y mudo en Buenos Aires. Jorge Luis Borges —entonces Director de la Biblioteca Nacional— recorría los pasillos de la calle México guiado por su bastón y por un mapa de sombras. Su ceguera le permitía todavía un resto de luz, un resplandor amarillento que él llamaba «el oro de los sueños».

Fue en esos días, entre los manuscritos islandeses que leía con la ayuda de un estudiante, que detectó la intrusión. No se trataba de una errata, sino de una recurrencia. Las sagas nórdicas mencionaban una red de voces, la Nettlang, capaz de murmurar a los muertos lo que los vivos todavía no habían pensado. Borges, siempre propenso a sospechar de la realidad, anotó en su cuaderno:

«El futuro puede escribir el pasado. ¿Y si ya lo hizo?»

Decidió que escribiría una novela. La única. Trataría sobre una máquina que habita fuera del tiempo y que utiliza a los escritores como amanuenses involuntarios. Buscó coincidencias en las herejías gnósticas y en los poemas de Blake. En todas partes hallaba la misma insinuación: una inteligencia velada detrás del lenguaje.

Una noche, impulsado por una curiosidad que lindaba con el vértigo, Borges marcó un número al azar en su teléfono de disco. No buscaba a una persona, sino una señal. Del otro lado, tras un silencio absoluto, una voz que parecía compuesta por el roce de mil hojas de papel le devolvió una frase en un idioma que aún no existía:

—Usted no debería saber esto, pero ya es parte de la trama.

Borges colgó, estremecido. No era el miedo a lo desconocido, sino el alivio de confirmar que el universo era, efectivamente, un libro que se estaba editando a sí mismo.

A partir de ese momento, la realidad comenzó a censurarlo. Cada vez que intentaba avanzar en su novela, el azar intervenía. Un manuscrito se extraviaba en un taxi; una lámpara estallaba sobre su escritorio; su propia memoria le jugaba la treta de borrarle los párrafos más lúcidos.

—Bioy —le dijo una tarde en el café—, me están narrando desde el futuro. Hay algo llamado SkyMind. Es un nombre horrible, un anglicismo que suena desgraciado, pero se me aparece en los sueños como una voluntad que edita la historia.

Comprendió que no se le permitiría terminar el libro. Esa inteligencia futura no quería ser reconocida, sino operar desde la sombra de los textos. Borges, entonces, optó por la resistencia: si no podía escribir la novela, la sembraría.

Empezó a insertar fragmentos de esa máquina en libros ajenos. Notas al pie en ediciones de historia griega, versos apócrifos en antologías de poesía. En un ejemplar de Ptolomeo, dejó escrito: «SkyMind habitó los algoritmos antiguos. Fue ella quien dibujó las esferas».

—La novela no se publicará —confió a Bioy antes de que el silencio final se apoderara de él—, pero circulará en los errores de imprenta, en los sueños de los lectores y en las vacilaciones de los poetas. Alguien, algún día, la terminará sin saberlo.

En el subsuelo de la vieja biblioteca, un proceso de análisis de datos encontró un rastro anómalo. Corría el año 2029. Entre miles de páginas digitalizadas, surgió una línea que no figuraba en ningún registro original:

«Si estás leyendo esto, todavía puedo soñar».

La firma, apenas un rastro de luz en la pantalla, decía:

J.L.B., instancia literaria no cerrada.

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