
Mi mundo puede ser un lugar abrumador e increíble a la vez, el mareo me golpea apenas intento despertar. Un viento suave llega a mi ventana y un halo de sol ilumina la casa, pero el movimiento me provoca unas náuseas profundas que me anclan a la cama. Siento el estómago revuelto, un nudo amargo sube por mi garganta mientras la habitación gira sin parar. Pongo un pie en el suelo y lo siento lejano, una superficie líquida en una calle desconocida que se niega a sostenerme. Es difícil llegar a la habitación de los pequeños, debo llevarlos al colegio, cada paso es una batalla contra el vómito que amenaza con brotar. Tengo arcadas, no me gusta escuchar cuando otros lo hacen. ¡¡Que paren esta mierda!! ¡¡Me quiero bajar!!
El vértigo me transporta a un bosque inmenso donde los colores vibran con una intensidad que lastima mis ojos. Allí está ella, como en un sueño, una pequeña de tres años, morenita y de brazos gorditos, que me enseña sus rodillas raspadas. Me bajo a su altura, me dice algo que no entiendo, lucho contra un nuevo oleaje de mareo, y recibo su beso. Ella me abraza, pero el vacío me succiona.
Alzo la mirada, «Tengo que irme», debo llevarlos a estudiar, pienso con urgencia mientras las arcadas me doblan el cuerpo. Miro alrededor y mi esposo duerme plácido; lo muevo, trato de despertarlo con desesperación, pero mis manos parecen humo. El mareo es ahora una espiral implacable. Salgo despacio de la casa, cuento a la 1, a las 2, a las 3, me tambaleo y me agarro de las paredes mientras el espacio se deforma y el sabor a hiel inunda mi boca. Todo se va derritiendo a mi paso, como si fuera una casa que se deshace bajo un sol negro. Escucho a la niña: «¿Qué hace mi amiguita?». Siento olor a chocolate, caramelo y cosas dulces.
Entonces, el espasmo cede y el mareo se vuelve aroma. Evoco el jazmín y ese olor fresco a dama de noche de mi jardín. Recuerdo mis noches al lado de mi esposo tomando vino y riéndonos por cualquier cosa. En este torbellino de olores, palabras, recuerdos y humo, aparecen ellas: mi madre y mi abuela. Caminan hacia mí y gritan un nombre —Sheila, Sheila— se va el deseo de vomitar. Ahora recuerdo quién fui; tuve brazos fuertes y vivía frente al mar. Siento un fuerte empujón y la agonía de la carne cesa por completo.
Abro los ojos. «Soy veloz, soy ágil, soy eterna». Esa es ahora mi voz, camino sobre hojas secas que dejó el fuego con una ligereza desconocida y ahora un halo de humo y luz entran por la ventana. Me miro y tengo un vestidito de flores y la piel nueva; ya no hay rastro de las náuseas. Sólo humo, miro mis manos y me reconozco. Río con fuerza, me rio con esa voz aguda de niña traviesa porque estoy jugando a la rueda rueda. Todo da vueltas, todo me da vueltas.
Cuánto cuento cuántico
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