El tiempo; un enemigo

El tiempo; un enemigo

Daniel Cheruna

05/06/2019

Edgardo Molina, 53 años, soltero,salió de su casa diciéndose: “hoy podría ser el día esperado”. Necesitaba darse ánimo para comenzar una jornada, que seguramente, con algún que otro matiz, no sería mejor que cualquiera de las que había tenido en mucho tiempo. Pero debía tratar de pensar positivamente; de lo contrario el cometido que lo había impulsado a salir de casa, podría verse frustrado de antemano. Por lo general, trataba de ser optimista; influido por alguna de las frases de los libros de autoayuda que solía leer; aunque secretamente descreía de esas recetas mágicas, que de todos modos guardaba celosamente, para utilizar en casos de emergencia. Sus pretensiones eran modestas. No esperaba que la vida lo sorprendiera con hechos extraordinarios; y su fe se había convertido en una estructura arquitectónica lo suficientemente resistente como para soportar cualquier escepticismo.

Claro que le habría gustado tener mejor formación, para desenvolverse con una mínima solvencia a la hora de manifestar sus sentimientos religiosos. No haber tomado la comunión en la época en que sus amigos de la infancia asistían regularmente a las clases de catecismo, lo hacía sentir en desventaja con respecto a otras personas. Por lo general, evitaba concurrir a toda ceremonia que requiriera algún desempeño básico personal que evidenciara sus carencias. Si le resultaba imposible eludirlos, entonces fingía rezar moviendo los labios y emitiendo un indescifrable murmullo, mientras seguía con exagerada atención las órdenes del cura.

En la infancia, cuando preguntaba por qué la familia decía pertenecer al culto católico y sin embargo no asistía a misa, su madre le respondía que el Señor estaba dentro de cada uno; y que era suficiente con ser bueno, porque Él todo lo veía. Y que si además, queríamos comunicarle algo, podíamos hacerlo en cualquier momento y lugar, que siempre estaría dispuesto a escucharnos. Su padre, en tanto, imbuido del espíritu socialista, afirmaba que los curas deberían repartir entre los pobres del mundo la fortuna acumulada por la iglesia. Y esto también le sonaba coherente. Estar en desacuerdo con una institución y con los funcionarios que la integran, no se contradecía con el hecho de creer en la existencia de un ser supremo. Así que tomando en parte la filosofía materna, y en parte el desprecio de su padre por la institución religiosa, una precaria capilla en el galponcito del fondo de su casa, fue la solución salomónica que le bastó para sentirse a salvo del infierno tan temido.

Pero el tiempo pasó, y con él las contradicciones familiares fueron teniendo menos peso. Las incertidumbres de la niñez y las inseguridades de la adolescencia, dieron paso a una rebeldía, que consistía fundamentalmente en oponerse, sin saber muy bien por qué, a todos los preceptos inculcados en su formación temprana. Un joven intrépido y desafiante se adueñó de ideas progresistas. De aquellas anteriores ambigüedades, pasó a adquirir claridad de valores y creencias propias. Aunque los sucesivos fracasos lo llevaron a desandar el camino conquistado, hasta que llegó el momento de barajar y dar de nuevo.

A medida que crecía su barriga y su cabeza iba quedando calva, volvió a sentirse tan frágil como una hoja en la tormenta. Comenzó a estar melancólico y volvió a temerle a Dios. No sólo armó en su casa nuevamente un improvisado altar, sino que llevaba en los bolsillos sus estampitas preferidas y visitaba a menudo las iglesias, asegurándose de hacerlo preferentemente cuando estaban vacías, para evitar ser observado. Antes que «pedir», agradecía con vehemencia desde lo que había desayunado, hasta el aire que respiraba. Aunque nunca leyó la Biblia, conocía algunos pasajes populares, como: “hay un tiempo para cada cosa” y “Dios proveerá”.

Edgardo Molina, dijo nuevamente para sí: “hoy podría ser el día esperado”.

Durante el tiempo transcurrido, en su vida había tenido una gran cantidad y variedad de puestos de trabajo que le sirvieron para subsistir y darse algunos gustos. Si bien nunca se destacó en una profesión, no podía decir que no había hecho de todo, y todo medianamente bien; al punto de recibir elogios de sus superiores, innumerables veces. El problema se presentó cuando los años lo transformaron en una herramienta desechable para el mercado laboral. No sólo la escasez de nuevas oportunidades, sino el aumento de la demanda, unido al avance de la tecnología y la especialización en las tareas, lo hicieron sentir cada vez más lejos de ser tenido en cuenta.

Compró el diario; lo dobló bajo el brazo y se dirigió al bar de la esquina. Pidió un café y comenzó a leer la contratapa. Cuando llegó el mozo con el pedido, pagó por anticipado. Antes de recorrer la sección de avisos clasificados, leyó qué le deparaba su signo zodiacal. Nada importante: hablaba de amor, pero hacía mucho tiempo ya que no tenía a nadie con quién compartir amorosamente sus horas. Le habría gustado que dijera que por fin conseguiría ese trabajo que buscaba, por el cual había llegado hasta allí; otra vez con renovada esperanza. Ese que todavía lo hiciera sentir un hombre útil y autosuficiente. Pero existía demasiada gente con su signo, y había cada vez menos posibilidades de empleos para quienes pasan la barrera de los cincuenta.

Tomó la lapicera y se dispuso a marcar lo que estuviera relacionado con su búsqueda. El día anterior debió guardarla sin haberla usado. Recordó la imagen de la Virgen de Lourdes que estaba guardada en el bolsillo trasero de su pantalón y la extrajo. Miró hacia todos lados para asegurarse de que nadie lo observaba, y disimuladamente la besó. No tenía por qué hacer exhibiciones de sus íntimos rituales. Decidió por fin enfrentar la realidad y confiar en su suerte. “Dios proveerá” se dijo, y comenzó a leer con atención la sección de avisos clasificados.

Fin

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