El origen de la maldad

El origen de la maldad

Enrique Carro

13/04/2018

El bar se llamaba Paraíso. Quedaba cerca de la estación principal de Barcelona. La Cocinera y yo éramos peruanos. También había un ayudante, Felipe el Cocinero, pero había perdido la mano en un accidentado intento de mejorar la carta de platos fríos. Había una escuela al frente. De modo que muchos abuelos y padres de familia venían al bar a esperar la salida de los alumnos. También venían porteros, algunos policías, amantes y telefonistas. Algún día, aparecía un turista y, con menos frecuencia aún, algún viajero. A la hora del menú solían venir las moscas y dos obreros bolivianos, que me pedían canciones de velatorio. Felipe el Cocinero y yo, que no cobrábamos más que lo que robábamos de las neveras del sótano, soportábamos las horas planeando el asesinato de la Cocinera. Él quería balearla y yo quería cortarla a pedazos. Pero aquel día, cuando La Cocinera dijo que iría por yucas, Felipe el Cocinero no estaba allí para fantasear conmigo.

En ese momento mis únicas clientes eran dos mujeres que bebían café y criticaban a los jefes de sus maridos. Dejé los limones y me dirigí a la pica, volví a lavar lo que ya había lavado. De pronto una chispa, como la de una estrella fugaz que queda atrapada en la penumbra de una cocina, llamó mi atención. Lo que veía frente a mis ojos no podía ser otra cosa que un incendio. ¡Qué maravillosa y sorpresiva es la vida después de todo! Me acerqué a la cocina y el agresivo calor que me empujaba hacia atrás, me llenó los ojos de lágrimas. Fui a decirle a las chicas que salieran del bar. Hay un incendio en la cocina, dije y las primeras copas reventaron en el aire. Las mujeres no tardaron en correr hasta perderlas de vista. El fuego sacaba sus hermosos brazos, decidido a abrazar el Paraíso. Cogí el extintor, tenía un parche del año 2007. Habían pasado largos siete años de caducidad. Intenté recordar qué hacía en esos tiempos: amores esporádicos, largas caminatas por barrios desconocidos, borracheras un día sí y un día no, cartas que jamás envié. El polvo del extintor no sirvió para nada. El fuego se extendió detonando máquinas, quemando las paredes tapizadas, hirviendo el zumo de limón que con tanto aplomo había exprimido antes.

Salí a la terraza, intoxicado por el humo negro y las diatribas que el incendio proponía a mi destino, siempre convulso y endeble como una pluma abandonada por un pájaro en pleno vuelo. Llamé a los bomberos. El Paraíso siguió ardiendo. Algo de ese fuego me gritaba cosas en un idioma que yo no entendía. Oí las sirenas, cada vez estaban más cerca. Pronto cercaron la zona. Y aquello se convirtió en un verdadero espectáculo. La Cocinera, con sus yucas a cuestas, cruzó la avenida con rostro circunspecto. Cuando la tuve al frente, me sorprendió intuir en su mutismo, una sonrisa. Ya cuando vio que el incendio estaba controlado, solo hablaba de lo que le iba a pagar el seguro y de lo que le hubieran dado a mi mujer si yo me hubiera quemado dentro. Dentro de todo, su jodida maldad me hacía gracia. Los bomberos no tardaron en dejar el bar Paraíso en tinieblas tóxicas, teñido de negro, con charcos de agua por doquier. La Cocinera se fue a comer con un torero retirado que iba a bailar con ella los viernes por la noche. Era enero, uno de esos pocos días nublados en aquella ciudad mediterránea, los niños cogían de la mano a sus padres o abuelos para volver a casa y comer o jugar con sus ordenadores. A pesar del fuego, las cervezas aún estaban frías. Cogí una y me senté en la terraza. Recuerdo que atendí la curiosidad de los viandantes largo rato. Pensé en los gritos del fuego: ¿qué me decía esa voz azul envuelta en labios rojos y naranjas? Entonces llamé a Felipe el Cocinero: ya no tienes mano para balear a nadie, campeón, vamos a cortarla a pedazos.

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