–¿No estabas cansada de violencia de género? Pues te esperan.

Mi coordinador me da la dirección, indica que un compañero vendrá más tarde, como apoyo al resto de la familia y cuelga sin más.

Al llegar constato que la ambulancia ya se ha ido, pero aún hay curiosos que se detienen, ven los trozos en la acera: arena absorbente, un cochecito rojo, un biberón cuya boquilla se ha separado con el impacto y trozos de cerámica. Luego miran hacia arriba, buscan la ventana, a ver si encuentran más signos de desgracia.

Dejo atrás a los policías, oyendo comunicar mi presencia.

Subo por la escalera, recordando las nociones de atención en catástrofes, lo más parecido al caso, sorteando los desechos de quienes estuvieron antes: guantes, gasas, colillas y un reguero de gotas rojas que va engordando con cada escalón.

En el último rellano respiro cerrando los ojos tres veces, entro en “modo trabajo”, dos agentes custodian la puerta. Uno de ellos, Alberto, me sonríe y me tiende la mano, su mujer también trabaja en el Servicio de Atención a Víctimas.

La abuela está en el dormitorio principal, le hemos dicho que se quede ahí.

–Muy bien –respondo, preguntándome si se le ha ocurrido a él solo, o ha consultado con su mujer.

El recibidor está encendido, veo mi cara en el espejo: estoy cansada y se nota. Levanto la barbilla y paso al salón, es amplio, muebles de Ikea mezclados con otros de los setenta y un vinilo detrás del sofá representa el skyline de Londres. El suelo está sembrado de juguetes.

Una parte de mí siente que lo mejor que podría hacer por esa familia es recoger esos juguetes.

Otra pareja de agentes salen a recibirme desde la cocina, tienen los ojos enrojecidos, estas cosas siempre afectan, me indican dónde está el dormitorio, la primera puerta del pasillo, a la derecha Me preguntan si viene alguien más o vengo sola, les respondo que un compañero viene de camino, para atender a los padres. Asienten.

En el dormitorio encuentro a la abuela, sentada en la cama, está en shock: mirada perdida y murmuraciones. Al sentarme junto a ella encuentro mechones de pelo canoso sobre la colcha, a su espalda y sobre el suelo. La autolesión es muy mala señal.

Me presento, parece reaccionar a mi nombre, del escote saca un escapulario, reconozco la imagen, debe ser la única que conozco: la Macarena, con las mariquillas sobre el pecho.

La llamo por su nombre, me acerco y le retiro suavemente otro mechón arrancado del hombro.

Me abraza, es una mujer muy fuerte, a pesar de la edad, o será el dolor que le da fuerzas.

–¡Ay, mi niño chiquito!, ¡mi Ángel!, ¡qué te he hecho!

La voz de la abuela rompe mis defensas, la abrazo fuerte también,

–No ha sido culpa suya, Carmen, ha sido un accidente.

–¡Ay, mi niño! ¡Te he matao!

–Carmen, no: no ha sido culpa suya.

–¡Qué sabrás tú! ¡Vete!

Me empuja, me tira de la cama, me golpeo la cabeza contra la mesilla.

Ha sido culpa mía, por bajar la guardia. Noto un latido en la zona del impacto, me llevo la mano: no hay sangre, me incorporo avergonzada.

Cojo a Carmen por los hombros, busco su mirada, es bueno que esté enfadada, que no se señale a sí misma, pero no se pueden permitir respuestas violentas de ningún tipo.

–Carmen, atiéndame, estoy aquí para ayudarla, para acompañarla, voy a quedarme junto a usted el tiempo que sea necesario.

Vuelvo a abrazarla, su olor es acre y metálico, me fijo que se ha hecho heridas en el cuero cabelludo al arrancarse mechones. Pienso que debería ser vista por un sanitario, pero ahora no puedo hacer otra cosa.

Continúa llorando, calladamente.

Oigo ruido desde la entrada, Carmen también lo oye, se pone tensa.

–¡Donde está mi niño! ¡Mamá!

Debe ser la hija de Carmen.

No me hace falta más: está en fase de negación y regresiva, normal. Nadie me ha dicho cómo se llama, se supone que mi compañero debería haber llegado antes para atenderla. Nunca está cuando se le necesita, pero luego será él quien atienda a los medios, como si fuera mi jefe.

Le doy un pañuelo de papel a Carmen, que de nuevo está en shock.

–Ahora vengo –le digo.

Salgo dejando la puerta entornada, maldiciendo a mi “compañero”, no sé si es bueno que se encuentren madre e hija, en ese estado.

Me encuentro a la madre petrificada, mirando a la ventana, con un cochecito rojo en las manos.

No la ha cerrado nadie, tampoco han retirado el taburete de plástico que usó el pequeño para auparse.

–¿Dónde está mi niño? ¿Y mi madre?

–Ahora sale –respondo.

Tendría que haber respondido otra cosa, eso puede malinterpretarse.

La dotación observa desde la puerta de la cocina, le pongo la mano en el hombro, empujándola suavemente hacia ellos, no quiero dejar sola a la abuela.

La hago sentarse en una silla de la cocina, le doy un vaso de agua, le pido que espere un momento.

–Quédense con ella, mientras llega mi compañero, por favor.

Asienten, solo tienen que estar, no puedo hacer otra cosa.

Salgo a hablar con Alberto para que meta prisa a mi compañero, por radio, teléfono o cómo sea.

Escuchamos un ruido, gritos, otro ruido.

Voy corriendo al salón, los policías intentan contener a la madre, que grita, desgarrándose la garganta.

Junto a la ventana un mechón de cabello gris.

Me asomo, miro abajo: el cuerpo de la abuela, muerto con un hilo de sangre cayendo del oído sobre la arena que cubría la sangre de su nieto.

Junto a ella mi compañero levanta la vista, más sorprendido que apenado.

–Carmen… ¿Qué has hecho?

Pero no me da tiempo a más, la hija se ha soltado, choca conmigo, casi me tira, los agentes vuelven a cogerla, tienen que reducirla, les insulta, les golpea, les escupe.

Vuelvo a asomarme, no quiero ser testigo, entiendo a Carmen, ahora tengo claro cómo hacerlo.

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