El ángel mediocre

El ángel mediocre

Simón Virdaén

12/07/2017

I

Vibro en la antología de los malos profetas.

Soy ese, abandonado por la poética de ángeles encandilados,

un estallido de fugaz luz verde

como un festival chino.

Soy un pulso

que regurgita vocación de alegría

desde las coordenadas de tormenta,

un rayo que se expande

en magentas de asfixia sobre un papel

en que mora tu nombre.

Mi mente se asimila al universo

y se vuelve virtual como un mordisco

vidrioso e implacable

convocado a la devoradura y al primer alarido.

Mi asombro entre tus manos

es una fruta próxima

un documento público que ha firmado el futuro.

Hay algo más allá de este dominio

y es

este difícil arte de ceder a tu boca

esta condición de ceder

que

decidí.

Amañada a la sombra,

metiéndome las uñas en todos los bolsillos,

vas deshelando esta carne animal

hecha piedra en el freezer del cansancio.

Vas friéndola en tu aceite curativo

restregándola con tu pimienta negra

tu canela fecunda

tus ajos vigorosos.

Me veo cocinado en tu mirada,

asado a leña verde,

ahumado en tu lengua y retorcido

como un manjar jugoso

escrito en las hojas de tu parra de Eva de los cuadros.

El más allá es el fondo de tus ojos.



II

Yo te inventaba nombres

porque no sabía cómo llamarte

o tenía miedo de pronunciar tu risa en un rito doméstico

y que vieras mi boca

masticando las letras que no quería nombrar.

Ajena

eras la carne de una cúpula formada con vitrales,

un rezo de mezquita,

un mantra carcelario,

todo lo que simbolizaba la huida en mi costado de doler.

No quería tu nombre entre mis dientes

después de haberlo odiado

porque se me hacía como de azúcar glas

un mar ambiguo

inundándome todas las papilas de la rabia,

entonces

inventaba los nombres que no gustan a nadie

como un juego de niños que se vengan.

Pero tu nombre

ardía funerario en el templo de las cosas amadas por mis nombres

iluminando todo.

Como un día de lluvia con relámpagos

se gritaba a sí mismo

y yo cerraba la boca que no dice

escupiéndote en letras enigmáticas

con sangre y con chirrido.

Tu nombre me mordía como un pálpito

hasta que se hizo el nombre

tu nombre

sólo mío



III

Cuanta borrasca inútil debilita el silencio

mientras crece la luz.

Abajo el mar es un titán que ronca

con su lengua de piedra

y aquí

amanece un espasmo de verde color aire.

Danza un espumarajo de quimeras

y se volatiliza

como si se quemaran, de repente, los pájaros.

Los antojos se escinden y las ensoñaciones

se transforman en cestos con culebras

que morderán las manos del encanto.

Abandonar el pálido deseo por un no vigoroso.

Dejarlo enternecerse como un viejo

que mira jugar nietos en la plaza.

Frenar su mandamiento de pañuelos.

Marcar en tanto mapa la distancia de lo que no será.

Recojo el equipaje de mi boca en unas cuantas letras

y me mudo de lucha,

me mudo de orificio con ratones,

emigro con mi perro como un redondo novio populoso

a la soledad plácida en esta calle de pueblito antiguo

con sus casas de cal

y sus jardines de derrumbes secretos.

Un ángel sin oficio

que surfea sobre sus alas rotas

a ras del mar que siempre lo separa

del Dios que lo ha olvidado en sus promesas.

Alguien le sueña un territorio impune

donde todo es posible por un rato.

Y luego suena el gong.

Vuelve el destino.



IV

Me vuelvo indefectiblemente último

por dentro de este manso desajuste

con sus postergaciones

y sus mitos que duran la eternidad del habla.

Hay tierra entre mis labios

y un escozor me ruge en las axilas

con su humedad viscosa y olorienta

a adrenalinas largas.

Los pies se me hacen huella espanto adentro

y la lengua se enrosca en otro adentro de vociferaciones

y está dentro del corazón la sal que no se llora

y reseca ese adentro como un cuero que se abandonará

tarde o temprano.

No repican las penas sus campanas con lodo

mientras hay luz de viento y tiembla el suelo

como si aconteciera un circo en otra parte.

Sobre mi boca arriba

el cielo rueda azul, laxo, infinito.




V

Descalzo soy un trino ahogado en la piedra,

un trino seductor

un trino amorfo que resbala arenoso y ceniciento.

Descalzo

soy un trino ahogado en un pájaro asfíctico

que se sumerge en sí por la boca del aire

como la mano muerta de un mal viento.

Descalzo

la tierra me posee como si fuera virgen todavía,

y soy un trino muerto

sobre un lecho con alas y crepúsculos,

un enfermo asonoro

que camina dando palos de ciego a las palomas.

Soy un algo que canta en otro idioma.

Descalzo aquí en la arena, ya no existo.

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