09:30 “Esta noche, a las diez, voy a subirme a una silla, fijaré una soga al techo y me ahorcaré”. Enviar. Le pego un sorbo al café y espero a ver los retweet que tendrá el mensaje. Por ahora ninguno. ¿Y si lo posteo en facebook? No. Allí tengo familiares agregados. Cero retweets  y un favorito. Me acabo de levantar, aunque llevo más de tres horas despierto.  He vuelto a pasar una mala noche, con las pesadillas habituales.

09:45 Termino el café y apago el ordenador. Enciendo el móvil. Ningún mensaje ni llamadas perdidas. Empiezo a pensar que es un gasto inútil. Abro twitter: cero retweets y dos favoritos. ¿Me ducho? Bah, hace frío y apenas he sudado. Me pongo los vaqueros que tengo terciados en la silla y la camisa negra. Es la que mejor disimula las arrugas.

10:15 Salgo a la calle. Aunque ni una nube hace frente al sol, el viento corta como concertinas. Vago sin rumbo fijo atravesando calles en obras, letreros publicitarios y gente con la cabeza agachada mirando sus móviles. O sus tablets. O sus reproductores de música. Nadie se mira. ¿Cuánto tiempo tardarían en verme si me fulmina un rayo? Me golpeo con una persona en el hombro y por un momento nos quedamos mirando. No me ha reconocido: el pelo largo y la barba poblada esconde el que una vez fue mi rostro. Nos pedimos disculpas y seguimos caminos contrarios. Las cervezas que nos tomamos juntos cuando éramos amigos, las largas noches cazando emociones se disipan en una nebulosa de recuerdos que ya no importan.

11:00 Entro en un bar y pido una cerveza. Compruebo la resonancia de mi último tweet. Un retweet y cinco favoritos. El dueño del bar se desespera y golpea enfurecido la pantalla adherida a la caja registradora. Se ha bloqueado y no puede acceder al dinero. Resopla y me mira. Me encojo de hombros: “lo siento, amigo. No tengo ni idea de cajas registradoras”.

12:30 Llego tarde al trabajo.  Mi jefe expulsa reproches, amenazas y gotas de saliva que bloqueo con indiferencia.  Me dice que el restaurante está hasta la bola y que me ponga el uniforme inmediatamente. Que me la estoy jugando. Me va a despedir. Probablemente este sea mi último día. Pero… ¿qué importa?

13:45 Atiendo a una familia compuesta por un padre, una madre y un niño. O intuyo que lo son, de su conversación no se deduce gran cosa. Piden una ensalada para compartir, sopa, pescado, ternera y una hamburguesa mientras interactuan entretenidos con las pantallas táctiles de sus móviles. Tic, tic, tic. Una risa al azar, una mueca de fastidio del niño cuando pierde al angry birds. Me dan ganas de echarles encima el agua hirviendo con fideos.

14:30 Atiendo a un viejo profesor universitario que apenas puede ver mientras se pelea con la minúscula pantalla de su teléfono. Me pide que le busque un número en la agenda. De su hijo, me dice. Al parecer le ha mandado un e-mail pero no ha logrado averiguar a qué dirección.

15:00 Hago un descanso de quince minutos para comer. Apenas pruebo bocado. Me sorprende el timbre de mi móvil desde la mochila. Mi madre. Tengo ocho tonos para decidir si se lo cojo. ¿Lo hago? ¿Para qué? “Dime madre”, descuelgo a regañadientes, “sí, estoy bien”, “no, no necesito que me ingreses dinero”, “¿Irene? Ya sabes que se largó, madre”, “tengo que colgar, me avisan del trabajo”. Durante unos minutos he tenido bailando en mi garganta unas palabras de despedida. He estado a punto de decirle a mi madre lo que tengo pensado hacer a las diez de la noche. Bastante tendrá con velar mi cuerpo sostenido en la soga, esperando a que llegue el juez, muerta de frío y de vergüenza por no haber visto venir este drástico final. Intento rebuscar dentro de mí un asidero. Nada.

17:00 Salgo del trabajo. Le dedico a mi jefe un movimiento de cabeza como gesto de despedida, él me devuelve otro movimiento que denota negación. Eres un caso perdido, me quiere decir. Parece que espera verme mañana. Salgo por la puerta mirando el móvil, poca novedad: una solicitud del candy crush, un mensaje de whastapp de mi hermano y un reply en twitter que ignoro. Ni quiero dar vidas a nadie, ni jugar al baloncesto mañana ni contestar a un facha que me dice que la vida es sagrada.

18:30 La cajera del supermercado me devuelve la tarjeta. La banda magnética se ha fastidiado y no puedo pagar por ese medio. Me rasco el bolsillo y logro reunir el dinero suficiente para pagar parte de la compra. Dejo la leche, las galletas, las pilas, una camiseta térmica y unos calcetines. Meto  la soga de esparto, la brida y el pañuelo negro en la bolsa junto al resto de la compra y salgo a la calle.

18:40 Abro twitter. “¿Creéis que no voy en serio?”. Enviar. El anterior mensaje ya se ha perdido entre chistes, política y debates absurdos.

19:30 Empiezo a sentir cierta agitación. ¿Y si no estoy haciendo lo correcto? ¿Y si esa no es la solución? Enciendo la tele. Enciendo el ordenador. Pongo a cargar el móvil. Un concurso, un fondo de pantalla que recuerda tiempos mejores. Busco algo y no sé qué es. Apuro la botella que tengo en el fregadero. Abro la nevera. No tengo hambre. Abro la ventana. Entra el frío. Me fumo un cigarro. No sirve de nada, me hace toser. Deambulo por el piso de 60 metros cuadrados. Necesito un clavo ardiendo. Una llamada, un mensaje, un reply, un mensaje privado, un whatsapp, una ventana de chat parpadeando, un hilo que me ate a la vida.

20:30 Nada. Borro todos los mensajes del móvil, todos los contactos, todo rastro de que ahí hubo una vida. Desinstalo todas las aplicaciones salvo una. Voy al baño para evitar espectáculos innecesarios a las personas que me encuentren. Por la misma razón decido hacer una cena ligera: un yogurt y una pieza de fruta. Medito mientras mastico la manzana si escribir una carta de despedida. Decido que no. No sabría a quién dirigirla.

21:30 Miro un tutorial en youtube sobre cómo hacer un nudo corredizo. Lo hago a la primera. Pensaba que sería más difícil. Lo preparo todo para el momento. Miro la única aplicación que me queda en el teléfono. Nada.

21:59 Me subo al taburete. Me paso la soga por el cuello y rezo para que mi cuello se parta al primer intento. De fondo suena “sitting on the dock of the bay”.

22:00

(22:05 La pantalla del móvil se enciende. Empiezan a llegar en tromba los retweets y  favoritos de la última foto que se ha colgado en twitter. A las 00:00 habrá conseguido los 5.000 seguidores)

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