El viaje de mi vida

El viaje de mi vida

ASRG

31/05/2017

Desde el momento en que Ona descubrió La Odisea de Ulises, supo que ella también querría transformar su vida en un viaje repleto de tantas aventuras como aquél.

Con frecuencia, la sociedad se empeña en hacernos creer que “la vida” es algo así como un proyecto cerrado; un propósito sin mayor diversidad de posibilidades entre las que elegir, evitando así el riesgo de caer en un estilo de vida demasiado disonante.

Los pensamientos que, desde unos meses atrás empezaron a invadir la mente de Ona, la abstraen, de nuevo. Habiendo dejado su libro a un lado, juguetea con la hierba húmeda sobre la que está tendida.

Lo que no me explico -se repite frunciendo ligeramente el ceño- es que la gente vive convencida de lo contrario (a pesar de su insatisfacción para con el modelo de vida que lleva). ¿Cómo pueden creerse libres, aquellos cuya supuesta libertad siquiera alcanza para apreciar que no somos más que números digitalizados, en un gigantesco sistema, cuyos engranajes se nos escapan de las manos? Son otros quienes deciden por nosotros qué ropa está de moda; qué productos compramos; en qué momento nuestros electrodomésticos exigen ser sustituidos por unos nuevos… Pero aun así -Ona dio un palmotazo sobre la hierba que un instante antes acariciaba-, ¡creen tener la certeza de que son sus propias decisiones!

Claro… -susurra, como quien acaba de descubrir la respuesta a una gran incógnita- no son conscientes de la banalidad de esas que consideran sus grandes decisiones… Sobre todo, al compararlas con aquellas de las que verdaderamente depende nuestra felicidad.

Ona empieza a sentir el mordisqueo del Sol veraniego sobre su piel tostada, por lo que, aun distraída por sus divagaciones, se levanta y, de manera lenta y casi instintiva, pone rumbo hacia su casa, donde su familia debe de estar esperándola para comer.

La gente no se cuestiona qué tipo de vida desea vivir; no se plantea la vida fuera del formato establecido, que suele seguir el patrón: <<conseguir trabajo estable; comprar un auto; luego una casa; un segundo auto; crear y mantener a una familia…>> Todos ellos, requisitos indispensables para convertirse en alguien en esta sociedad… Y, en todo caso puede que, muy de vez en cuando, eso sí, tragarse la broma de que (¡)quince días de vacaciones les “cargarán las pilas” para retomar ese tedioso estilo de vida(!)

Lo más lamentable es que, sin darnos cuenta -prosigue Ona mientras camina sin mirar ni dónde pisa- nos dejamos manipular por las falsas promesas de [insípidas] vacaciones y una jubilación [miserable], las cuales, o bien no alcanzan ni para empezar a experimentar aquello que en esencia significa “vivir”; o bien, no es por nada, pero… a parte de ser irrisoria, ¡llega un poquito tarde!

Maquinalmente, nos vamos sumando a su particular ejército de autómatas, que marcha en batallón de casa al trabajo y del trabajo a casa…, a la que se llega demasiado cansada como para disfrutarla; demasiado cansada como para jugar con los niños de esa maravillosa familia que “quisimos” crear, para convertirnos en una “familia modelo” más, como las de los catálogos. A cuyos miembros, sin embargo, no se les notan las ojeras y el estrés que se convirtieron en sus más fieles compañeras; y los niños… ¡de los niños que se ocupen las abuelas!

Fueron los mismos quienes se encargaron de privarles del tiempo libre al imponerles el mencionado modelo de vida, así como de mantener un bombardeo incesante de programación televisiva, en lo esencial carente de contenido crítico, con el fin de rellenar cualquier atisbo de tiempo para la reflexión; de mantenernos lo suficientemente distraídos, como para evitar un replanteamiento de las condiciones del juego; o pensar al respecto del camino que -tal vez incluso de manera involuntaria- tomamos cada uno…

Ona se paró en seco.

No puede ser… -Su mirada brillante se había perdido en un punto suspendido en el vacío, a pocos pasos de donde se hallaba-. Si tan sólo se nos advirtiese de ello en la escuela…; si únicamente se nos educase para tomar consciencia de que la vida es -o sería, en un mundo utópico- mucho más de lo que la televisión nos muestra y la mayoría de la gente dice…; si, además de enseñarnos a sumar, a conocer los músculos y los huesos del cuerpo, a respetar las normas de ortografía, así como el incalculable valor de la lectura…, alguien nos hablase en las edades tempranas sobre la importancia de pensar por nosotros mismos, sobre la posibilidad de escoger la opción F, cuando se nos da a elegir entre A o B, sobre el poder de nuestras mentes en cuanto se lanzan a imaginar mundos posibles, e incluso sobre la posibilidad de vivir por hacer realidad lo que un día no fue más que un sueño…

Ona se dejó caer sobre sus rodillas, que sintieron de nuevo el frescor de la hierba bajo ellas; la mirada todavía suspendida.

Si esa inescrutable puerta se nos abriese a consciencia en el colegio -murmuró para sí, sin poder creer hasta dónde la habían conducido sus cavilaciones-, el mundo en el cual vivimos sería infinitamente más plural, con un abanico de posibilidades y oportunidades tan amplio como las imaginaciones de todos nosotros juntos pudiesen llegar a abarcar al no sólo dejar de verse acotadas, sino habiendo sido, de lo contrario, incentivadas a trabajar, a aportar, a crear

Ona no daba crédito. De repente, sacudió la cabeza despertando de su ensoñación y sus ojos se agrandaron cual lunas llenas. Se puso de pie de un salto y arrancó a correr como si una feroz criatura escapada de La Odisea la persiguiese. Tras el golpe seco con que se cerró la puerta tras ella, a su llegada a casa, anunció:

Pues, ¿sabéis qué? Yo no quiero irme de vacaciones quince días; yo voy a viajar mi vida. Como Ulises.

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