Bajé del coche y lo noté. Volví a sentir aquello que tanto echaba de menos al alzar la vista tras los primeros pasos, desentumeciendo mis piernas después de varias horas de viaje. Admiraba aquel paisaje rural, virgen de urbanismo.

El motor del coche estaba apagado, pero aún crepitaba, recordándome de dónde había venido: el bullicio insomne; la contaminación palpable; el calor asfixiante; el aroma a goma, sudor y asfalto; y la grotesca supremacía del cemento sobre la tierra y la vegetación.

El coche exhaló su último suspiro, la última queja que pudo inventar, y entonces cerré los ojos. Ahí estaba mi recuerdo proyectado en forma de realidad: mi presente de nuevo, después de tanto tiempo.

Inspiré con fuerza, como si de ello dependiera mi vida, y volví a notarlo: el olor del aire. Por fin después de tantos meses, días de asfixia por el perfume del dióxido de carbono me sentí inspirando aire de nuevo. Los árboles, la tierra, los vestigios del humo que salía de las chimeneas de las casas del pueblo, la madera, el frío inclemente de un invierno de secano y el silencio, incorruptible y solemne. Después de tanta ciudad, prácticamente había olvidado cuánto cabía en una bocanada de aire, pero ahí estaba, nada había cambiado.

Exhalé y lo que había sido una bonita reminiscencia volátil se convirtió en vaho, la expresión física de todos los matices de mi suspiro. Todo formaba parte de esa nube que se alejaba de mí, huyendo de su creador.

Ese olor puro, ese aroma a aire y nada más, ese olor tan paradójico: tan rico en matices por carecer de aditivos. Sentí que había vuelto a casa al haberme ido de la casa a la que llamaba hogar.

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