Cruzando el río San Miguel

Cruzando el río San Miguel

AGustin Villacis

18/03/2020

Abrió las persianas y vio las luces de un auto de Policía estacionado al filo de la puerta del edificio donde vivía. A un lado, un grupo de personas bajaban de un automóvil que tenía pegado el logo del Banco de la Nación sobre una de sus puertas.

Pablo escuchó el sonido del timbre retumbar fuertemente.

—Ana, no permitiré que nos saquen de la casa.

—Estamos atrasados casi nueve meses en el pago de la cuota del apartamento. ¿Qué haremos, Pablo?

El timbre sonaba con más fuerza. Ellos aplastaban el botón constantemente y gritaban su nombre.

—No abriré, no hablaré con ellos, tendrán que dejar la notificación en la puerta. No podrán sacarme a la fuerza.

»Ana, tengo todo listo para irme a los Estados Unidos. Mi visa aún está vigente, y logré sacar los ahorros que teníamos apenas me enteré de que el Banco donde trabajaba quebraría y el sistema financiero colapsaría. Tengo dos mil dólares para irme y otros mil quinientos para dejarte para la vida diaria hasta que pueda enviarte dinero. Con ese dinero podrás vivir y cuidar de Pablito y de Anita por un tiempo.

Pablo había trabajado quince años en un banco, y este había sido intervenido y había colapsado, dejándolo sin empleo. La economía del país se había dolarizado y lo había dejado con todas sus deudas, sin empleo y con sus pocos ahorros pulverizados.

—Debo partir de forma inmediata —dijo Pablo.

Ana continuó preparando el almuerzo sin responderle.

Pablo vio los carros alejándose, bajó y retiró el sobre que le habían dejado y se dio cuenta de que había una orden de arraigo que le prohibía salir del país.

Su viaje se complicaba más de lo previsto, no podría embarcarse en avión, así que decidió irse por vía terrestre hacia Colombia.

Al cabo de una semana, Pablo partió desde Quito hacia Tulcán, ciudad fronteriza con Colombia, donde coordinó para que un coyote lo ayudara a pasar la frontera evadiendo lo establecido por la ley.

Se juntó con el coyote y caminó varias horas en medio de la vegetación selvática ecuatoriana, siguiendo una columna de emigrantes procedentes desde Bolivia, Perú y Ecuador, cuyo destino era llegar a los Estados Unidos. Todos iban en silencio, sus pasos rompían los palos secos caídos de los árboles que crujían al sentirlos. El sonido del agua, resbalando por las laderas montañosas, rompía el silencio y la oscuridad del bosque. La luz apenas se filtraba entre los copos de los árboles, y los monos observaban desde las ramas . El miedo se apoderaba de hombres y de mujeres, que se aferraban unos a otros. El silbido de pájaros se escuchaba como eco en la distancia.

De pronto, los sonidos se hacían más intensos, y las aguas lodosas y espesas del río San Miguel aparecieron frente a ellos.

Una pequeña canoa esperaba silenciosa a sus orillas, como testigo fiel de las almas esperanzadas que habían llenado su espacio tantas veces.

El paso del río fue muy rápido, al otro lado los esperaba nuevamente la selva, esta vez, la selva colombiana. Luego de varias horas de caminata, les salieron al paso un grupo de guerrilleros. Eran varios jóvenes, hambrientos y liderados por una mujer mayor, vestida de soldado, con sus cabellos enredados y mugrientos.

El coyote se acercó con un sobre con dinero y se lo entregó, era parte de ese trato, ellos controlaban las rutas de tráfico humano por la selva.

De pronto, la mujer y el coyotero se internaron en la selva, todos se quedaron quietos escuchando sonidos, que se mezclaban con los chirridos de los monos y el zumbido de las abejas. En la selva también se permitía el sonido del amor.

Pablo había leído las historias de los guerrilleros colombianos, pero jamás se había imaginado que estaría siendo testigo de una situación así. Llevaban luchando desde hacía varias décadas y no sabían si esa lucha tenía algún sentido.

—¿Será que nos llevarán con ellos? —Pablo murmuró en voz baja, evitando que los dos guardias lo escuchasen.

Todos los demás lo miraban con miedo.

—Ellos acostumbran a reclutar emigrantes y los incorporan a sus tropas. Es muy común que hagan eso —dijo Pablo.

Al cabo de varios minutos, la mujer regresó.

Se llevaron todo lo que pudieron, pero no encontraron el dinero de Pablo, porque él lo había escondido en el interior de la parte lateral de sus botas de caucho, donde había creado un compartimento secreto que parecía parte del diseño de las botas.

—Vámonos —dijo el coyote.

Al cabo de varias horas, arribaron a la autopista Panamericana norte, donde los esperaba un bus que los llevaría hasta Cali.

Al llegar, llamó a Ana.

—Ana, todo estará bien, salvaré la casa, y volveremos a tener la vida que les prometí.

Se embarcó en avión con destino a Miami.

Las nubes cubrían de pureza absoluta el cielo, los pensamientos de su familia inundaron de llanto su corazón, la espera pulsaba el silencio lleno de esperanzas.

Atrás había quedado su historia.

Al llegar, sintió sus piernas pesadas, caminaba lentamente tratando de inyectar calma a sus venas para que su sangre limpiara y embriagara el momento.

—¿Es usted ecuatoriano? —le preguntó el oficial de Emigración.—

Sí —respondió Pablo.

Había viajado muchas veces a los Estados Unidos, pero nunca había sentido tanto miedo.

—¿Por qué tomó su avión en Colombia? —le preguntó mientras lo miraba intensamente.

—Por negocios viajé a Colombia primero y tomé desde allí el avión hacia los Estados Unidos.

—¿Negocios? ¿Qué negocios hace usted? —insistió el oficial.

—Software y tecnología bancaria —respondió Pablo.

—Por favor, señor, acompáñeme —le pidió el oficial.

Pablo lo siguió sin pronunciar palabra hasta un cuarto donde solo había dos sillas y una mesa.

Esperó tratando de mantener la calma.

Al cabo de dos horas, llegaron dos oficiales.

—Señor, su entrada a los Estados Unidos ha sido negada, tendrá que abandonar el país —le dijo uno de los oficiales—. Espere aquí hasta que sea llevado en el próximo vuelo de regreso a su país.

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