Desde los doce años de edad recuerdo comenzar a trabajar duro para comprar útiles de colegio, uniforme y pagar las cuotas en la escuela que a pesar de que era un colegio municipal las cuotas estaban fijas desde el principio de año.

Me gustaba mucho el campo, aun me fascina, su aroma, los animales, los arboles, recuerdo que cuando mi mama hacia pan en horno de tarro, me gustaba trepar los paltos y quedarme en el brazo mas torcido y grueso comiendo pan calentito con palta.

También me colgaba de los sauces haciendo columpios moviéndome hacia adelante y atrás, como vaivén para luego soltarme y caer en una vertiente que quedaba al final de la parcela cayendo por un estero donde se posaban los zorzales en las copas de los arboles, el agua siempre estaba muy clara y muy helada pero era genial un día soleado tirarme desde los sauces y caer de golpe al agua fresca,llena de piriguines.

La vida fue genial en aquella época de mi vida donde fui niña y exploradora de mi propias aventuras, no existían los celulares, los computadores eran escasos se viajaba mucho a pie o en carretela junto a la yegua juanita cuando mi papa nos llevaba a mi y a mi hermana al colegio, nos montábamos en aquella carreta vieja y llena de pelos de caballo pero era extraordinario sentir la brisa que nos rozaba la cara partida por la tierra y el sol al jugar en los surcos de sembradío.

Recuerdo que me fascinaba dibujar en las cortezas que caían de los eucaliptos, me gustaba contemplar el atardecer junto a un par de pliegues de las cascaras de ese árbol aromático y un lápiz grafito N° 2,donde los dibujos no eran tan bonitos pero la compañía del sol en aquella parcela era un deleite tan campestre pero simplemente único.

Hoy que soy adulta me imagino cada detalle de mi infancia, sabiendo que ya no volverán aquellos días tan simples y corrientes donde se charlaba mucho mas con los parientes, con los amigos, pasábamos el tiempo con muchas mas ideas en nuestra cabeza, jugábamos con barro o con palos, donde el juguete mas preciado era la imaginación, y transformábamos las horas de juego en un gran mágico cuento de hadas.

Como quisiera entregarle este conjunto de maravillas a mis hijos, pero hoy vivimos apresurados con el tiempo en el segundero y el otro en el celular, pero yo les cuento cada noche el cuento de mi vida y me encanta verle su rostro lleno de ansias de escuchar cada palabra de la niña de doce años que en un año vivió lo mejor de su infancia y adolescencia.

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