El maestro de go

El maestro de go

Ignacio C. Sierra

06/11/2018

He acompañado al maestro durante años, y jamás lo había visto huir del goban a fumar. Ayer la primera partida fue un kake para él. Para mí. Para todo el país: los peatones alzaban la mirada hacia las pantallas gigantes en las fachadas de los edificios sin creer lo que estaban viendo. Se paralizaron cuando los comentaristas gritaron ante la derrota de su ídolo.

En la rueda de prensa no pudo disimular su preocupación ante el inesperado golpe. Ya lejos de los focos, pasamos las horas siguientes analizando cada jugada. Lee cometió un ligero error durante la apertura y su rival se había mostrado implacable con ello. Despiadado. Algún movimiento fue literalmente inhumano. La piedra ciento dos fue su losa definitiva.

Hoy hemos llegado a la segunda partida con la espalda doblada por el peso de los ojos que nos miran, pero la carga se ha hecho aún más terrible. Las piedras fueron llenando un tablero equilibrado hasta la jugada treinta y siete. ¡Qué movimiento! Creativo. Un yosu miru único. Al recibirlo, el gran campeón, desquiciado, ha escapado a sumergirse en nicotina. Tras el cristal lo contemplo solo, hundido sobre el vacío tras la barandilla de la terraza, observando los cuarenta pisos hasta el suelo. Los rascacielos de Seúl lo rodean en atari y ocultan el cielo como las negras ocultan el goban.

Al volver, piedra a piedra, los brillantes movimientos de su imperturbable rival lo derrotarán de nuevo.

Todos habíamos pensado que el torneo sería un paseo para Lee. Las apuestas acumulaban cinco ceros a su favor. Dieciocho veces campeón del mundo. Una mente privilegiada, moldeada por y para el go. Pero el análisis de la segunda partida es inapelable: no hubo nada que hacer. Un ordenador le gana dos a cero.

La siguiente partida será la exhibición definitiva. Tres a cero. Lee perderá el torneo ante AlphaGo.

Esa noche no lo veré. Se encerrará con su familia, que se habrá retirado de la sala antes de que concluya la última partida, sin querer presenciar el inevitable final.

Pero la mañana siguiente, tras el desayuno, aparecerá relajado. En paz. Blandiendo la mejor de sus sonrisas. Pasarán los minutos y las piedras. Será otro. Al terminar la partida, nos abrazaremos. La máquina se retirará y un tanto subirá al marcador humano. Los ingenieros responsables del software se unirán al abrazo y las enhorabuenas, necesitados también de aquella victoria.

Su sonrisa no se borrará ni tras perder de nuevo en la quinta y última partida.

Los flashes me deslumbrarán al entrar en la rueda de prensa a su lado. Responderá sereno. No quedará ni rastro del maestro que, el primer día, sostenía el micrófono tembloroso. Mañana Lee será de nuevo un aprendiz de vuelta a su escuela. Lee Sedol mañana no habrá perdido un torneo. Mañana habrá conseguido un rival a su altura.

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