Guatemalan in New York

Guatemalan in New York

Yo no tomo Coke, prefiero el café, pero no el “americano”, no ese que sabe a producto de franquicia; por mi inglés malogrado cualquiera lo puede notar, soy un guatemalteco perdido en New York.

El odiar estar entre cuatro paredes, mi juventud y el ser huérfano desde los siete años, me hicieron el candidato perfecto para viajar y no teniendo mayor responsabilidad que un empleo mugriento en un periódico mugriento y una perra cocker que mantener, una madrugada, sin pensarlo, tomé mis pocos ahorros y con una mochila rota con algo de ropa a mis espaldas caminé. Quise ahuyentarla, pero la perra caminó junto a mí por varias semanas; fue mi compañera no deseada en este recorrido cuyo final era y sigue siendo desconocido. Antes de cruzar la primera frontera, la perra se detuvo, soltó un ladrido, dio media vuelta y así caminamos en dirección opuesta. Creo que a ella no le pareció la idea de abandonar su hogar.

Avancé hacia el sur, conocí todo tipo de gente y culturas. Aprendí inglés, francés y alemán en el trayecto; fui carpintero, albañil, jardinero, mal guitarrista en una banda tributo a bandas británicas y en algunas ocasiones vocalista. Aprendí a hablar español con tantos acentos y modismos que olvidé los que traía desde la cuna. Pese a todas las personas entrañables que conocí, jamás tuve el deseo de pertenecer a un lugar. Caminé y caminé hacia el sur y cuando choqué contra el helado mar, me detuve, solté un ladrido y di media vuelta.

Procuré ir por una ruta distinta a la de ida para no toparme con nadie conocido y para fortuna mía mi plan dio resultado. Hice una pequeña parada en mi país de origen para visitar mi antigua casa. Al llegar me resultó desconocida y yo también fui un desconocido en el sitio donde nací. Ya no recuerdo cómo murieron mis padres, quizás esa parte de mi memoria la dejé extraviada en el camino. Al salir del pueblo por el escabroso camino de terracería, me topé con la ahora vieja perra, los años no le sentaron bien, estaba mugrienta y flaca, aún así fue la única que me reconoció. De nuevo me siguió, ahora con miras al norte. Otra vez en la frontera, la perra de detuvo y realizó el mismo ritual que cuando viajé al sur, quizás era su forma de despedirse y recordarme que me esperaría en aquel lugar que una vez llamé hogar. Solo en leves momentos de nostalgia me pregunto si la perra, cual Argos, espera mi regreso.

*****

Confieso que cuando iba acurrucado bajo el asiento del vehículo que me llevaría a la tierra del American Dream pensé que sería el lugar idílico que ví en tantas películas en blanco y negro durante mi niñez. Desengaño. Todo es muy similar al sur, solo que en inglés. Es curioso que el inglés sea el único idioma que no termino de aprender. Crucé de “ilegal” estado por estado, trabajando de lo que cayera y jugando a las carreras con la migra, lo de siempre, lo rutinario para un viajero… Hasta que llegué a New York.

Entre tanta gente alta, rubia y ojiazul, yo, chaparro, moreno, de ojos oscuros y tristes, me sentí como un extraño, como un extraterrestre ilegal en New York. Sabiendo que es solo de noche que cosas interesantes ocurren y aprovechando la oscuridad para ocultar mis rasgos extranjeros, prescindí de la vida diurna y todos los días, poco antes de la medianoche salía a caminar para escudriñar todo cuanto se cruzaba en mi camino. Así lo hice varias veces en sus interminables barrios.

En una ocasión, iba caminando por Koreatown y de repente una persona me empujó con bastante fuerza, volteé rápidamente y vi que se trataba de una señora, no hablaba inglés ni ningún idioma que yo conociera, solo por su tono pude saber que estaba furiosa, lanzaba insultos y maldiciones, detrás de ella habían dos tipos altos e intimidantes, uno de ellos fue el que la empujó, pero en cuanto estuvo de pie, la señora reanudó su sarta de insultos e incluso lanzaba algunos puñetazos al aire para intimidar a esos sujetos. Sin inmutarse, uno de ellos empujó de nuevo a la señora que cayó golpeándose la cabeza. Antes que la señora tocara el suelo yo ya me había abalanzado sobre uno de los sujetos, ambos caímos al piso y el otro aprovechó para patear mis costillas, no era la primera vez que me metía en pleitos en la calle, pero en esa ocasión sucedió algo diferente, la señora, la misma a quien quise ayudar, se puso de pie y me pateó a la vez que me bombardeaba de gritos. Las sirenas de las patrullas comenzaron a sonar y sin perder tiempo salí corriendo por la Quinta Avenida, escuché toda clase de gritos atrás mía como ordenando que me detuviera. Pensé que sería el fin de mi viaje.

En mi maratón improvisada por la Quinta Avenida me di cuenta que la policía gringa no es tan perfecta como en sus films, también se cansan de correr y no es tan complicado mezclarse entre la multitud de peatones. Me libré de ellos estando cerca del The Metropolitan Museum of Art y me oculté en el Central Park hasta el amanecer. Al otro día, decidí reanudar mi viaje hacia mi próximo destino, el cual aún no conozco.

Salí de la Big Apple, pero hubo algo que me impidió abondarla del todo, esa ciudad posee un encanto que queda fuera de los reflectores hollywoodenses, su verdadero atractivo está en lo sucio, lo abandonado, lo triste; en el desempleo, el humo de los interminables vehículos que transitan en sus concurridas calles y en su gente, principalmente en las personas que deambulan sin rumbo, con rostros tan diferentes, coloridos, cosmopolitas. Una ciudad de viajeros en pocas palabras. Esa ciudad me cautivó y aunque no he vuelto a visitarla, sigo sintiéndome como un guatemalteco perdido en New York.

Tu puntuación:

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS