Radioactividad

La humanidad no está muriendo de un golpe. Se está apagando despacio, como una vela a la que le van robando el aire.

Primero fueron las frecuencias. Invisibles, constantes, zumbando día y noche sobre nuestras cabezas. El ruido que nunca se apaga, la prisa que nunca se detiene, la vibración de un mundo que nos mantiene conectados a todo menos a nosotros mismos. Lentamente, sin que nadie lo note, esas frecuencias fueron desentonando la música interior de cada persona, hasta que el silencio se volvió algo extraño y el ruido se volvió hogar.

Después vinieron los metales. Fríos, pesados, inyectados en el cuerpo y en el alma. No hablo solo de lo que entra por la sangre: hablo del metal que se nos metió en la mirada, en el abrazo que ya no aprieta, en la palabra que ya no consuela. La energía humana —esa chispa que nos hacía levantarnos por el otro— se fue degradando, oxidando, hasta volverse un eco débil de lo que fue.

Y entonces llegó el desamor. No el de una pareja: el desamor universal. El prójimo se volvió estorbo, el necesitado se volvió carga, el diferente se volvió enemigo. Dejamos de mirarnos a los ojos porque en los ojos del otro veíamos un espejo que no queríamos enfrentar.

Pero lo más triste de esta reactividad es esto: reaccionamos a lo bueno como si fuera una amenaza. Cuando alguien ofrece bondad, sospechamos. Cuando alguien habla de amor, nos burlamos. Cuando alguien intenta sanar, lo llamamos ingenuo. Lo bueno nos produce alergia, nos pone a la defensiva, nos hace reaccionar.

Y a lo malo, en cambio, le damos crédito veraz. Lo malo sí nos parece real, profundo, inteligente. El cinismo se viste de sabiduría, la crueldad se disfraza de sinceridad, y la destrucción la aplaudimos como si fuera valentía. Acreditamos lo malo con la firma de nuestra propia conciencia.

Esa es la reactividad: un mundo que ataca la luz y abraza la sombra, que se enferma lentamente y llama salud a la enfermedad.

Pero todavía hay una frecuencia que ningún ruido puede apagar: la del corazón que decide amar a pesar de todo. Y mientras quede un solo corazón latiendo en esa frecuencia, la humanidad no está perdida. Solo está esperando que alguien se atreva a no reaccionar… y a responder con amor

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