Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver

Al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver

Ojo de Gato

21/08/2026

Hay viajes que uno organiza con anticipación.

Pasaje.

Hotel.

Reuniones.

Horarios.

Activaciones en la tienda.

Y hay otros detalles que no aparecen en ningún itinerario porque, al parecer, alguien los organiza por su cuenta.

Este último viaje a Arequipa vino con varios de esos.

Todo comenzó en el aeropuerto de Lima.

Yo estaba haciendo lo que uno hace en un aeropuerto: mirar la hora aunque ya la haya mirado hace treinta segundos, revisar si llevo el DNI y calcular mentalmente cuánto falta para abordar.

Normalmente viajo con mochila.

Soy bastante práctico para esas cosas. Tres días, una mochila. Cuatro días… también una mochila.

Si falta algo, se compra.

Y si no se compra, probablemente tampoco era tan necesario.

Pero esta vez llevaba un carry on.

No porque de pronto hubiera decidido convertirme en una persona previsora y organizada, sino porque aprovechaba el viaje para llevar algunas cosas a la tienda de Arequipa.

Es decir, técnicamente yo no llevaba equipaje.

Estaba haciendo logística.

Y fue precisamente ahí, antes de partir, cuando comenzó esta extraña sucesión de encuentros.

Me encontré con una antigua compañera de trabajo. Andrea.

Habíamos trabajado juntos en el laboratorio hacía unos quince años. Ella estaba en el área de Desarrollo Organizacional.

Nos reconocimos casi inmediatamente.

Eso ya es bastante meritorio después de quince años.

Porque en quince años uno puede cambiar de peso, de pelo, de lentes, de trabajo, de pareja y hasta de opinión sobre muchas cosas.

Pero hay algo en la cara que permanece.

—¡Gonzalo!

—¡No puede ser!

Y vino el abrazo.

Nos dio muchísima alegría vernos.

Preguntamos por antiguos compañeros.

—¿Qué será de fulano?

—¿Y mengano?

Y por unos minutos volvimos a caminar por los pasillos de aquel laboratorio.

Sin movernos del aeropuerto.

Después nos despedimos.

Me quedé contento.

Bonita coincidencia, pensé.

Subí al avión.

Arequipa me esperaba.

Y Arequipa, cuando quiere, no recibe gente.

Recibe recuerdos.

Apenas llegué al aeropuerto ocurrió la segunda.

Entre pasajeros, maletas y taxistas apareció mi tío Carlos con Vivi, su hija.

Carlos fue uno de los amigos más queridos de mi viejo.

El Gato Mayor.

Decir que fueron amigos quizá se queda corto.

Fueron de esos hombres que compartieron tantos años, tantas conversaciones, tantas historias y seguramente tantas huevadas, que terminaron pareciéndose más a hermanos que a amigos.

Nos vimos.

Nos reconocimos.

Y nos abrazamos.

Pero ese abrazo fue distinto.

Fue largo.

Fuerte.

De esos abrazos donde ninguno tiene demasiada prisa por soltar al otro.

Y ocurrió algo extraño.

Por unos segundos sentí a mi viejo.

No sé explicarlo mejor.

No estaba ahí, obviamente.

Mi cabeza sabe perfectamente que mi viejo murió hace años.

Pero el corazón tiene serios problemas para aceptar información administrativa.

Durante ese abrazo sentí algo conocido.

Una cercanía.

Una manera de apretar los brazos.

Una presencia.

Como si mi viejo hubiera encontrado una rendija para colarse unos segundos.

—Préstame el cuerpo, Carlos —parecía haber dicho—. Quiero abrazar al Gato chico.

Y yo me dejé.

Nos separamos.

Conversamos un rato.

Nos reímos mucho y nos despedimos con la promesa de vernos en mi próximo viaje.

Y seguí mi camino al hotel con esa sensación extraña de haber llegado a Arequipa y haberme encontrado, de alguna manera, con mi padre.

Pensé que el viaje ya había cumplido su cuota emocional.

Error.

El universo todavía tenía agenda.

Llegué al hotel.

Me acerqué a recepción.

Nombre.

Documento.

Tarjeta.

Firma aquí.

Lo habitual.

Y mientras estaba registrándome escuché unas voces conocidas.

Miré.

Ahí estaban Evaristo y Germán.

Mis Exjefes en otro laboratorio.

Otros dos personajes de una época que yo tenía archivada hacía por lo menos veinte años.

Veinte años.

Para ponerlo en perspectiva, hace veinte años uno todavía podía llamar por teléfono y preguntar:

—¿Está Gonzalo?

Y alguien contestaba:

—Sí, un ratito.

Hoy llamas a alguien sin avisarle primero por WhatsApp y prácticamente estás invadiendo Polonia.

Nos miramos.

Nos reconocimos.

Otra vez las risas.

Otra vez los abrazos.

Otra vez las preguntas.

—¿Qué haces acá?

—¿Y tú?

Como si Arequipa tuviera ocho millones de kilómetros cuadrados y encontrarnos en el mismo hotel fuera lo más normal del mundo.

Aquella noche me quedé pensando.

Tres encuentros.

Tres estaciones distintas de mi vida.

En cuestión de horas.

Una compañera de hacía quince años.

Dos compañeros de hacía veinte.

Y el amigo entrañable de mi padre.

Parecía que alguien hubiera abierto una caja vieja de fotografías y hubiera decidido ir sacando personas una por una.

Entonces recordé una frase de Sabina que había estado dando vueltas en mi cabeza hacía pocos días.

La de “al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver”.

Siempre me pareció una frase preciosa.

Y cruel.

Porque tiene bastante de verdad.

Uno vuelve buscando la casa.

La calle.

El colegio.

La oficina.

El bar.

La banca del parque.

Pero en realidad no busca lugares.

Busca personas.

Y, peor todavía, busca quién era uno cuando estaba con esas personas.

Y eso sí que es difícil de encontrar.

Quizá por eso regresar a un lugar donde fuimos felices puede ser peligroso.

Esperamos encontrar la felicidad estacionada exactamente donde la dejamos.

Como si hubiera pasado veinte años cuidándonos el sitio.

Pero no funciona así.

Las ciudades cambian.

La gente cambia.

Uno cambia.

Y algunos ya no están.

Sin embargo, este viaje me hizo pensar que quizá Sabina tenía razón… pero no toda.

Y discutirle aunque sea un poquito a Sabina ya me parece una osadía considerable.

Tal vez sí podemos volver a los lugares donde fuimos felices.

Lo que no podemos hacer es exigirles que sigan siendo iguales.

Arequipa no me devolvió el pasado.

Me dio algo distinto.

Pequeñas ventanas.

Un abrazo de quince años.

Una carcajada de veinte.

Y durante unos segundos, los brazos de un viejo amigo de mi padre.

Entonces entendí que el pasado no vive en las calles.

Ni en los aeropuertos.

Ni en los hoteles.

Vive escondido en las personas.

Y de vez en cuando sale.

Sin avisar.

Te encuentra haciendo check-in.

Esperando un vuelo.

Recogiendo una maleta.

O cargando un carry on que, dicho sea de paso, ni siquiera era realmente tuyo porque iba lleno de cosas para la tienda.

Y el pasado te toca el hombro.

—Hola.

—¿Te acuerdas de mí?

Claro que me acuerdo.

Quizá por eso aquella noche no sentí que hubiera regresado simplemente al lugar donde fui feliz.

Sentí algo mucho más bonito.

Que algunas de las personas con las que fui feliz habían regresado, aunque fuera por unos minutos, a buscarme.

Y entre todas ellas estuvo también mi viejo.

El Gato Mayor.

No dijo nada.

Nunca fue necesario.

Le bastó pedir prestados unos brazos conocidos.

Y volver a abrazarme.

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