El teléfono rojo le esperaba adosado a la muralla del container. Había practicado su llanto en el baño desde hacía algunos meses. Se ponía un paño húmedo en la boca y apretaba los dientes, cerraba los párpados y se acariciaba el vientre dejándolo todo rojo por las uñas mal cortadas. Gemía. Gemía. “Ay, qué dolor. Qué miedo”. Se mentía. Después veía sus piernas desnudas, sus bracitos escuálidos, su ombligo como reventado. Feo. Asqueroso. Ahí le abarcaba una pena muy egoísta, porque no hallaba nada simétrico en su cuerpo. Si hasta las rodillas parecían de piernas distintas. Quizás de ahí venía el odio. Tal vez se gestó desde la primera vez que reconoció su cara y los dientes de conejo frente a un espejo. Era inevitable compararse con esa gente que vivía arriba, esos que iban a colegios con nombres gringos. Esos hijos del incesto, con sus ojitos azules, con su pelito color pichí. Todos con sus blazers negros y un escudo mitológico donde iba el pezón. Sí. Sus ganas de asesinar estaban justificadas. De hecho, no tenía idea de por qué no lo hizo antes. Volvió a mirarse la piel y en el muslo un tatuaje con el símbolo que los controles remotos lleva en el botón de encendido. La verdad, era una nimiedad, se lo hizo por impulso y porque le pareció lindo. Aunque en ese instante el tatuaje se tornaba en una metáfora, aquel círculo a medio terminar que en la corona llevaba una línea recta dejaba de ser tinta y significaba que ya era tiempo del apagado, de acabar con la relación de mierda.
Lloró un rato más. Se llegó a creer el lamento. Y fue ese mismo pensamiento el que desencadenó una carcajada maliciosa. Los ojos lagrimeaban más y más. Tuvo que sostenerse el vientre para calmar la felicidad que le caía como lluvia, pero fue en vano. Se dejó llevar por la risotada: los dedos de los pies se le separaban como electrificados, las piernas se movían de arriba abajo salpicando el resto de agua que quedó en la tina. Casi se ahogó con el paño en la boca. De pronto, al alzar la mano izquierda para quitarse la mordaza, reparó en el anillo de matrimonio. Tan simple. Tan pobre. Una argolla que no era más que eso. Ni siquiera reflejaba el brillo de la luz blanca que se derramaba por las murallas. Escupió el paño que ya le sabía a alcantarilla. Arrastró las nalgas que impedían que el agua sucia se fuera por el desagüe. Tranquilamente, apretó la joya para ver si podía quitársela, pero tenía el dedo hinchado. Con decepción, miró al techo. Unas manchas fúngicas le dieron un resquemor. Ya era tiempo de salir.
Secó sus pies y las pantorrillas. No iba a ser que resbalara en la baldosa y muriera antes del principio de su vida.
En completa desnudez, atravesó el umbral hacia el pasillo de amarillo vibrante. Vio el teléfono rojo. Se tiró al piso para hacer diez flexiones de brazo. Luego saltó hasta agotarse por completo. El corazón le bombardeaba la cabeza. Estiró el brazo, enredó los dedos en el cable e hizo la llamada con una agitación impresionante:
—¿Aló?
—Me va a matar.
—¿Te dijo algo?
—Escuché… ¡ay!—se le cortó el aire—. Escuché que tiene una pistola, que compró las balas y todo.
—Sería bien imbécil si te mata de un tiro.
—¡Ay!— se le trabó la lengua—. ¿No me escuchaste?
—Sí, sí.
—¿Y estás listo?
—Creo que es mejor que te vayas. Que vengas acá.
—No. Tú me prometiste que lo harías.
—No pensé que fuera tanto. O sea, no creí que llegara tan lejos.
—Yo voy a poner el veneno, lo único que tienes que hacer es ayudarme.
—¿Por qué respiras así? ¿Por qué no te vas? Estoy muy lejos como para…
—Ya vi un lugar para la tumba, acá en el Valle, ni los perros se acercan.
—Puta madre.
—Te espero, a las nueve y media.
—La concha de su madre… ya. Voy… voy a preparar las cosas.
Colgó. Probablemente todavía podía arrepentirse, pero el plan le tomó mucho tiempo. Qué pérdida sería no cometer el homicidio. Por eso llevaba varias semanas llamando a la persona más violenta e impredecible que conoció: su padre. A ese que, en lugar de sacarle la chucha a su mamá, se robó un maniquí y lo puso en la cocina. Lo vistió con falda, le regaló una peluca. Cuando la ira atacaba, lo acuchillaba en una explosión de maníaco. Por eso volvió a robar otro maniquí. Y otro. No le duraban mucho.
***
La Nissan D21 iba saliendo del supermercado de Vicuña que con suerte tenía cuatro góndolas y un jovencito bien moreno se las daba de jefe, cajero y empacador. La gente ya había desarrollado una paciencia curiosa: se dedicaban a leer los ingredientes de la única marca de champú que se les ofrecía. Algunos las recitaban de memoria en la fila. Otros, más inquietos, tomaban los insumos de limpieza e iban configurándolos para ver cuál mezcla era la más mortífera. En cuanto a Samanta y Sammy, solo se dedicaban a escuchar el vuelo de las moscas, o contar cuántos granos nuevos le habían salido al pobre moreno que era todo un equeco.
El matrimonio era como una pareja de fantasmas. La gente, la puta gente, que ni sus nombres sabían, inventaban historias de que no estaban casados, sino que eran hermanos de mentes grotescas, incestuosas. Decían que se pusieron los anillos para justificar el sexo. Contaban que ya con veinticinco años cada uno estaban muy viejos para tener hijos. Mentaban que se habían comprado el terreno en la cima de una de las altas colinas del Valle del Elqui para tirarse los platos a su antojo. Y esto se comentaba como si ellos ya no existieran, como si hace mucho tiempo hubiesen perecido los dos, igual que esas viejas a las que se las comen los gatos y tres meses después aparecen en la portada de La Cuarta. En todo caso, la conjetura de que eran hermanos se justificaba con el parecido que tenían ambos: altos, con la piel un poco tostada, un poco amarillenta, igual que los dedos de un buen fumador. Los ojos color avellana, aunque el iris de Sammy era un poquito más oscuro que el de Samanta. Ella iba mirándose la nariz con ayuda del espejo del parasol, tenía un punto negro que no la dejaba tranquila, cuando su marido dobló bruscamente por un callejón sin nombre.
La Nissan levantó tierra. Las bolsas que iban en la parte trasera sonaron en un estruendo. Samanta pensó que todo se había dado vuelta y le pegó un chirlito en la oreja a Sammy. Él se sobó mientras la cara se le enrojecía de rabia y le apretó la nariz a su querida esposa.
—¿Qué te pasa?
—¿Qué te pasa a ti?
—Que doblaste por dónde nunca doblamos, tontito— Samanta arrugó la nariz satisfecha porque sabía que tontito era el equivalente a: mediocre, tonto e hijo de la gran puta para Sammy. Todo se lo tomaba muy a pecho.
—Bueno— repuso él mojándose los labios—, es que encargué algo.
—¿Dónde?
La camioneta frenó en seco.
—Acá— respondió quitándose el cinturón—. Espérame, tontita.
Sammy cerró la puerta con tal potencia que Samanta sintió el aire como un charchazo. Replegó el parasol, bien enojada. Miró por la ventana a ver qué pretendía el malparido de su marido.
El maldito entró por un túnel del que colgaba una cortina de cáñamos con tapitas de Coca-Cola, Sprite, 7up, y así. Una cosa rasca. De no conocerlo como lo conocía, ella habría pensado que iba rumbo a pegarse un revolcón con una puta, o un puto, o lo que se le presentara. Más bien, para lo que le alcanzara la plata. Pero no era tan necio como para restregarle algo así en su cara.
Samanta sintió curiosidad. El sol ya se estaba tornando rojizo. Pegó sus ojos en el espejo lateral para cerciorarse de que la calle estaba vacía. Barrió con la vista hasta el parabrisas que tenía una trizadura gigantesca. El camino de tierra se elevaba prominentemente. El viento acarreaba espirales de polvo. Un paisaje ideal para hacer un duelo.
Sacó un chaleco blanco que ella misma tejió y bajó de la camioneta. Rebasó el túnel de chapas picantes para ir directo a ver si la mercadería estaba bien. Lo estaba. Solo acomodó las bolsas y, al terminar, oyó una cosa como un carrito deslizarse por ahí cerca. Inclinó la cabeza. En la esquina de enfrente se iba cayendo un mueble con televisor y todo. Ella lo pensó dos veces antes de ir a ayudarle a quién fuera que se le escapó su tele. No sentía afecto alguno por la gente de ahí. Pasaron los segundos. Nadie corría detrás del artefacto. Se inclinó un poco y apoyó la cabeza en la ventana del piloto. Sammy dejó las llaves y ella no estaba dispuesta a correr.
Abrió la puerta, se sentó y pisó el acelerador. Virando al final de la calle vio a Sammy salir hecho un trueno del túnel enchapado. Samanta se río del pobrecito.
—Por hueón.
Descendió a una velocidad muy baja. Lento y todo, los neumáticos levantaban una cantidad horrible de tierra que ensuciaba al parabrisas nublando la vista. Algo se veía. Samanta no recordaba haber estado en ese lugar.
Estacionó el vehículo al lado de una casa de adobe toda quebrada. Bajó. Acomodó hacia atrás su cabello largo y azabache, le gustaba que quedara sobre sus orejas. Se palpó la falda hasta dar con una cajetilla de Lucky Strike. Le costó encender el cigarro con la cantidad de viento que tiraba ráfagas calientes y frías. Un par de páginas de algún diario de poca monta volaron delante de ella. Samanta levantó la mano y agarró un papel. Lo arrugó sin soltarlo. ¿Por qué tanta curiosidad? Algo magnético la atraía al mueble que por fin detuvo su recorrido y cayó entre dos sillones abandonados.
Un pie. Otro pie. Dio pasitos calculados cubriéndose la cara de las partículas de polvo. Ya estaba frente al mueble dispuesto entre los sillones como armando un salón. El papel del Lucky Strike desprendió un sonido relajante al quemarse, como el de las brasas olvidadas en una parrilla.. Samanta escuchó la bocanada y soltó el humo. Puso la mano encima del televisor muy limpio. En la parte inferior había un aparato Betamax que, a todas luces, parecía nuevo. Pero lo más importante, según ella, era un control remoto que en la vida había visto: largo, con la cabeza oblicua, con numerosos botones de colores e increíblemente liviano. Al intentar tomarlo, sintió una punzada en las piernas.
Sammy, unos dos minutos antes de que Samanta viera la tele, entraba por el breve túnel de chapas. Estaba sudando helado. Tembloroso. Aglutinado en sus pensamientos. Un mesón con un gato dorado que movía un brazo le esperaba sin nadie atendiendo. Él secó su frente con un pañuelo que llevaba en el bolsillo de atrás y llamó:
—¡Aló!
Una mujer menuda, con un collar de perlas mentirosas, se levantó bien asustada del otro lado. Miró a Sammy.
—Ah, eres tú.
—¿Y quién más?
—Sí, eres tú.
La mujer, que rozaba los cincuenta, sacó un paquete muy mal envuelto: tenía el sello roto y una estampilla que decía USA. Sin decir nada, lo abrió en el centro del mesón. Un revólver de largo cañón cayó pesado en la madera.
—Pero— bajó la voz— yo te pedí una pistola.
—Mira, chiquillo, yo también pedí una pistola, una específica, y me llegó esto. Si quieres hago el reclamo y…
Sammy se alteró y la tomó.
—¡No! Está bien así. Está bien.
La señora reparó en una gota gorda colgando de la ceja del hombrecito. Agitó el paquete y salieron las seis balas.
—¿Sabes cómo usarla?
—Yo practiqué con una de esas automáticas.
—Entonces no sabes— tomó cinco balas de casquillo dorado—. Aprietas acá, se abre el tambor… pum, pum, pum. Vuelves a ponerlo en su lugar y— tiró de un mecanismo trasero que hizo clic— amartillas. Después jalas el gatillo y listo.
—¿Y listo?
Ella se puso la mano en la cintura.
—Antes de disparar apuntas, pedazo de…— la mujer se atragantó con su saliva, un hilo de baba regó las perlas y se le metió entre el escote—Me importa una hectárea de mierda si vas a matar a un zorro o a una zorra. De hecho, me importa una cagada si te vas a matar tú— inclinó la cabeza plegando la piel por encima de las perlas mentirosas—. Ah, y esta bala— levantó una verde— es el recipiente.
A Sammy casi se le olvida aquel enorme detalle.
—¿Y tiene el polvito?
—Sí. Es una sobredosis, yo creo que mataría a tres chanchos con eso— la mujer lo echó con el dorso de la mano—¡Chús, chús! Que tengo clientes más importantes y no quiero que se crucen… que te vean. Tengo que mantener una buena imagen, ¿sí?
Sammy no se tomó bien lo último, sin embargo, no pudo responder porque el motor de la camioneta llamó su atención. Se puso el arma en la parte trasera de su pantalón, como le enseñaron las películas, y guardó las balas en el bolsillo. La gota de sudor cayó como campanada. Una de las doradas se precipitó al piso y rodó bajo un anaquel.
Algo le gritó la señora. No le importaba. Salió enajenado pensando que Sam —así le decía a su bella y puta esposa— le había abandonado ahí. ¿Cómo iba a subir hasta la colina? Llegaría de noche y todo su plan se iría como la mierda.
Corrió como nunca. Corrió como cuando era joven. Sentía el metal del revólver meciéndose encima de la raja. Sintió placer. Por fin acabaría con ella. Ella. Al girar por donde iba la camioneta, agarró bien todas las balas porque sonaban bastante con el movimiento. Encontró algo inaudito: Sam acariciando un televisor abandonado.
—¿Ahora recogemos basura?
Sam le miró como humillándolo.
—¿Basura? Mira esta tele, es mucho mejor que la que tenemos… y mira, mira este control que trae.
Sammy lo tomó. Unas piedrecitas le dieron en la nuca. Qué viento el que corría. Sería una noche de tormenta. Aunque, al sostener el artefacto, le costó esconder la expresión de asombro. Era liso como nada. Era bello como ninguna. Era sensual como su arma.
—Ya— le dijo a Sam—. Pongamos esto en la camioneta.
De camino a casa no dijeron nada. Ella buscó un radial con buena música, pero solo dio con una sintonía AM que recitaba cánticos bíblicos. Bajó el parasol, se miró los ojos, vio la hora en el reloj angosto de su muñeca derecha: las siete con treinta minutos. Quedaban menos de dos horas para ver Twin Peaks. Era perfecto.
Con un mes de antelación empezó a comprar botellas de vino de todas cepas y años con la excusa de que quería hacer su propia pipa. Sammy encendió como pasto seco y en tres días ya había construido un bar en la terraza de la colina. ¿Le importaba a Sam en qué vino iría el veneno? No, lo que era trascendente es que lo eligiera Sammy, quien, en un gesto de esos sospechosos, se ofreció ese mismo día para preparar la comida nocturna.
Llegaron a un portón robusto. La jovencita se bajó dando vuelta las llaves del candado ODIS que tenía un dragón en relieve. Qué feliz que estaba, si hasta le daban ganas de bailar esas canciones de iglesia y aplaudir y gritar “¡Aleluya! Porque este maricón no va a resucitar”. Giró el mecanismo. Sus brazos, a pesar de larguiruchos y delgados, tenían más fibra de lo que uno pensaría. Con dos empujones abrió la gran puerta. Sammy aceleró, pero la pendiente pronunciada le detuvo el motor. Volvió a hacerlo. Y las ruedas rugieron en un eco fantasmal. Sam, por primera vez, dimensionaba que realmente vivían como en el castillo de un vampiro, alejados de todos. Unas luces al sur, unas al este. La urbe parecía dispuesta como alejándose de un virus. La camioneta logró subir. Dos niños en bicicleta se pararon a unos metros de Sam cuando cerraba la entrada.
—Miren, miren, miren. Dos hermanos sucios.
—Que se revuelcan, que se revuelcan.
—Como pololos bien cochinos.
—Puta, zorra, puto, él. Dos mitades de la fruta.
—Podrida, sucia, cochina.
—Hermanitos que se meten los deditos en el poto.
Sam, cruzada de brazos, intentó oír alguna rima, algún canto. Le dio risa. En su mente tenía una suerte de ranking de los mejores poemas que le dedicaban los niños justo ahí afuera. A veces los felicitaba, otras les daba la espalda. Pero esa noche era especial, así que silbó y dijo:
—¡Káiser!
Un siberiano del porte de un huargo abrió los ojos allí arriba en la colina. Corrió como buen cazador, atento a su ama. Saltó por la apertura del portón y lanzó a uno de los niños de cabeza al piso duro. Mostró sus colmillos, aulló repetidas veces. Sam le silbó de nuevo y Káiser se puso dócil. El niño apenas podía mantenerse en pie del miedo. Su amigo voló en la bicicleta perdiéndose en las penumbras. La jovencita sintió pena y fue a ayudarlo. Estabilizó la bicicleta, le tomó un cachete hasta dejarlo rojo y le dio una palmada en la espalda.
—Ándate, antes de que te coma.
El niño le dijo que estaba loca y que iba a volver a molestarla. Poco más adelante perdió el equilibrio y cayó entre unos arbustos de zarzamora. Káiser se metió en la parte trasera de la camioneta y Sam cerró el candado con el dragón para subir por el sendero de piedra laja.
En la cumbre estaba la casa de la que todos hablaban. La hicieron con cuatro contenedores, algo poco usual para los años noventa. Y cuánto les costó sellarlos y cortarlos para no sentir el frío de su hogar metálico. Ya, después de cinco años en el Valle, todo ese metal parecía una casa normal. Con un huerto, con quincho, y una variedad de cactus que, cuando florecían, regaban de colores el llano.
Todo estaba dispuesto.
Bajaron la mercadería. Bajaron el televisor. Después se preocuparon del mueble, del Betamax y del control.
Sam puso en fila las bolsas en la cocina americana que se conectaba con el living. Abrió el refrigerador, extrajo un sobre de comida húmeda y lo dejó en una mesita. Esperó a que Sammy tomara el control, a que se pusiera manos a la obra con la comida. El imbécil lo hizo sin tardar mucho, con una sonrisa de oreja a oreja. Pero al destapar la olla, mentó:
—¿Por qué no conectamos todo eso?
Sam estaba a punto de ir a la pieza que le esperaba al fondo del pasillo amarillo. Puso ambas manos en las murallas, se inclinó hacia atrás con la cara lozana.
—Yo lo hago.
Desenchufó el televisor antiguo y lo tumbó encima de la alfombra. El cable de la nueva tele era más corto, así que corrió el mueble para que quedara pegado al muro. La tele se encendió sin necesidad de botones, mostrando una estática densa que fue disolviéndose con los segundos. Ya estaba en el Canal 13, donde un cura hablaba de la familia, los niños y se tocaba las rodillas. Sam revisó la rendija del Betamax: una cinta virgen, ideal para grabar el capítulo de Twin Peaks.
—¡Qué suerte! — dijo en voz baja. La olla empezaba a ebullir—Amor— se le salió, nunca lo trataba así—. Voy… voy y vuelvo.
—¿A dónde? — preguntó Sammy revolviendo una salsa en la sartén.
—A la pieza.
—¿Y para qué avisas?
—Tontito.
Las palmas de las manos de la jovencita comenzaban a sudar. Se limpió en los pantalones, atravesó el pasillo amarillo y le llamó la atención que el teléfono rojo estuviera mal puesto. Descolgado. Lo arregló.
Cerró la puerta con pestillo. Buscó en el cajón de sus blusas y en la caja de galletas donde guardaba la lana, los hilos y todo para tejer. En uno de los carriles de hilo yacía escondido un tubo con forma de píldora, lleno de cianuro. Qué difícil era encontrar cianuro en el norte. Pensó que podía ser mejor aplastar mil pepas de manzana, pero ¿cómo iba a comérselas el maricón? Por ahí anduvo indagando. En la única librería del Valle encontró dos libros de medicina y uno le sirvió… algo. Su preocupación más grande era no tener la dosis adecuada, dársela en el vino a Sammy y que el hijo de puta quedara vivo, o en coma, o vegetal. ¿Cómo iba a explicar eso? Decidió comprar bastante a una empresa chiquitita que se llamaba Química del campo. Se hizo pasar por una investigadora que necesitaba el reactivo porque tenía a cargo un libro de tóxicos y antídotos. Se sorprendió porque no le pidieron nada. Le vendieron trescientos miligramos y solo tuvo que firmar un papel lleno de faltas ortográficas. ¿Cuál fue su firma? La de Sammy, claro. Extrajo el tubito, miró el contenido, lo agitó un poco, se lo metió al bolsillo.
Intentó relajarse. Una euforia le trepaba por las piernas subiéndole a la espina, arqueando la columna. Tan cerca. Tan cerca. Lo mejor de todo era que en Chile, según su pobre investigación por falta de documentos, existía una sola clínica que, por reglamento, realizaba la prueba de cianuro en la sangre cuando las muertes eran sospechosas. Sammy no iba a caer en una clínica, con suerte tenían para el hospital más cercano. ¿Causa de muerte? Un paro cardiorrespiratorio, ¿por qué? Porque el maldito apenas se mueve, porque cuando corre se ahoga, porque se tenía que morir y lo hizo.
Volvió al living, suspiró.
—¿Cuál vino?
Sammy agitaba la salsa, con la otra mano revolvía una pasta.
—Un merlot nomás, pero de esos viejos. ¿Había uno como de sesenta años?
—Ya, sí— replicó, seca.
Sam salió a la terraza en busca del bendito vino. Y así, Sammy encontró la oportunidad de buscar la bala verde. Los dedos le temblaban, ¿de satisfacción? ¿de empoderamiento? ¿de excitación sexual? Giró la parte de arriba. Un olor ácido se le metió en la nariz. Qué tonto fue haberlo olido. Sintió un malestar inmediato en la cabeza. Al alzar la vista se encontró con su reflejo en la ventana como una imagen superpuesta sobre la figura de Sam que estaba inclinada buscando el merlot. ¿Qué lo llevó a eso? Si al principio se querían tanto. Los comienzos son todos lindos, como estériles. Y los meses, y los años, y las ganas de acostarse al lado de la misma persona sucumben a lo cotidiano. Aunque lo cotidiano no es razón suficiente. La verdad es que ella, la hermosa jovencita inclinada en el quincho, esa a la que se le ve la piel de la espalda, a la que se le notan las vértebras pulcras debajo del chaleco, se fue convirtiendo en una puta. No andaba con nadie, no tenía amantes que él supiera. El asunto era que lo trataba como si fuera un niño. Peor. Como si su nivel cognitivo no cumpliera con los requisitos para entablar una conversación decente. Lo trataba de cochino, pero es que trabajaba levantando peso, claro que llegaría a la cima de la puta colina en ese puto valle pasado a pata y a cocos sudados. Sí. Se lo merece. Sí. Ya no lo mira en la cama. Cuando Sammy la buscaba debajo de las sábanas por andar caliente, ella se levantaba para esconderse en el baño a leer un libro que traía de arriba abajo. ¿Por qué de pronto se había interesado en medicina? Quizás porque ella era novelista. O lo quería matar.
La jovencita encontró el vino. Sammy parpadeó, las gotas de sudor le resbalaban por la sien, y el muy tonto se secó con la mano que sostenía la bala verde y el veneno extraño se perdió. ¿Habrá caído en la pasta? ¿En la salsa?
—La concha de su madre.
Sam sostuvo la botella. Era gorda, larga, decía 1933. La apretó en su axila, buscó el saco de pellet de Káiser y con una palita sacó su ración. En el peldaño de la entrada reposaba su plato de agua y el de las galletas. La jovencita llenó el segundo, fue a buscar el sobre de comida húmeda y lo vertió sobre las galletitas. Káiser no apareció. Era extraño. Al primer tintineo del plato corría como rayo. Sam lo esperó un instante, iba a silbar, pero prefirió dejarlo tranquilo.
La puerta se cerró. Ahora quedaban ella y él.
Sam puso dos copas sobre la mesa del living, acercó el cenicero con unas cuantas colillas. Se levantó para buscar el sacacorchos, y lo vio sobre la Betamax. Extraño. Abrió el merlot, dejó que la fragancia le cubriera la nariz. Ahí se quedó un rato mirando el corcho manchado. Sirvió, grosera, hasta casi rebalsar el cristal, pues la idea era atontar al maricón. Por supuesto, Sammy recibió la copa atestada sin poner un pero. La bebió de una. Pidió más. Sam ya se estaba sentando en el sillón. Se dijo “¿Qué tanto?” Y le extendió otra copa grosera.
La jovencita pasó sus dedos por el pelo, lo puso detrás de sus orejas. Encendió un Lucky Strike, y con la misma mano abrió la ventana a sus espaldas. El poco vino que engulló ya le daba un calorcito cómodo. Cigarro en los labios, con un párpado cerrado para que el humo no le irritara el ojo, tomó el extravagante control remoto, lo estudió casi anatómicamente.
—Creo que podemos grabar el capítulo— le dijo a Sammy.
—Nadie usa Betamax, no tenemos cintas.
—Ya, pero hay una dentro— apuntó.
—Mira tú… sírveme otra— mandó.
La botella no duró nada. Sammy ya tenía la lengua algo enredada. Tuvo que tomar rápido para deshacerse de Sam por un instante y cargar el revólver. Con la pérdida del veneno, tendría que recurrir a su última carta.
Él la volvió a mirar por la ventana. El trago la hacía más linda, sobre todo con el pelo recogido cómo lo hacía. Y esa falda holgada, poco más arriba de las rodillas, le resaltaba las piernas trabajadas de tanto subir y bajar la pendiente. Sam era la jardinera de ese paraíso. Listo. Ya no perdería más tiempo pensando en la jovenzuela preciosa, rica.
El teléfono rojo sonó. Él no iba a perder tiempo contestando una llamada a esas horas. Menos cuando apretó el botón del revólver, se desplegó el tambor y, al poner las balas, se dio cuenta de que solo tenía cuatro.
—¿Dónde chucha? ¿Dónde chucha se cayó?
Volvió a poner el arma en su espalda, ya cargada. Barrió el suelo con los ojos oscuros. Las cosas siempre se caen y siempre encuentran la manera de esconderse. Tuvo que agacharse como perro. Las rodillas le crujieron y la lengua se le salió en un jadeo. De pronto la salsa saltó y le salpicó justo donde se le había levantado la camisa.
—¡Cresta!
Se quemó. Pasó los dedos por el coxis y se miró los dactilares con la salsa. Él, sugestionado por Sam, también pensaba si era tonto o un simple distraído. La respuesta llegó cuando se lamió los dedos que posiblemente tenían veneno. Y en el grito de susto:
—¡Concha de mi… de su… de tu madre!
Sam ya estaba parada en el living y alcanzó a ver el revólver que le asomaba por el pantalón. Quedó pasmada. ¿Cómo tan idiota? Sammy se giró y, sin querer, pasó a llevar la válvula del gas. Una llamarada escaló rauda hasta el techo y le encendió los pelos de la nuca. Sam, atónita, escuchó el ring que no cesaba. Admiró a su marido luchando contra las llamas, por un momento ella casi pierde la compostura, por un instante iba a ayudarlo, pero era más divertido verlo saltar y notar cómo las vociferaciones de Sammy eran tan agudas como el ring-ring. Sam giró al pasillo amarillo, avanzó con toda calma, posó sus ojos sobre el dial del teléfono. Contestó y dijo “Bueno”. Colgó.
Volvió al living caminando hacia atrás, burlándose del inepto que se terminaba de quedar pelado por la llamarada en su cabeza. No iba a morir ahí, no así. Sam tomó el pensamiento desechado, ese de auxiliarlo, y creyó que no era tan mala idea. Fue por un vaso de agua, giró la llave del lavaplatos. El maldito gritaba que gritaba:
—Ayúdame, hueona loca, que me disuelvo.
¿Disuelvo? El cretino desvariaba. Ella deslizó las cortinas antes de que se creara un incendio y le tiró el agua en la cabeza.
Sammy, agitado, aplastó su cuerpo contra el refrigerador. El arma se le enterró. Qué dolor. “La vio, la puta loca la vio”. Pensaba. No quedaba más, ninguna alternativa. Ahí, con el cura que no cesaba de hablar de la pureza del matrimonio, Sammy sacó el metal letal de su pantalón y apuntó a Sam a la nariz.
La jovencita botó la copa. Dio tres pasos atrás tratando de hallar un escape. Un deus ex machina la salvó: el televisor, caprichoso, subió el volumen a tope. Se oía como un infierno. ¿Cómo era posible que eso sonara tan fuerte? La pareja se distrajo. Sam tocó el mango del sartén con la salsa.
—¡Toma, hueco!
La carne caliente, las especias cocinadas y el líquido hirviendo chocaron con la cara de Sammy. Aullaba como Káiser. Una bala se disparó por la ventana. El hombre se derrumbó arrastrando las uñas por su rostro como si se estuviera derritiendo.
Sam sacó el tubo. El sartén daba vueltas en el suelo. Una llama alcanzó la cortina. Los pedazos la copa se le enterraban a Sammy en las piernas mientras tanteaba el piso a ciegas buscando el revólver. Su esposa le agarró las pantorrillas arrastrándolo hacia ella. Él le alcanzó la tersa piel de la garganta y presionó. Presionó. Ella no lograba zafarse del energúmeno. Todo daba vueltas. De pronto vio el reloj en la muralla. De pronto ya eran las nueve de la noche. Sam no tenía tiempo de pensar en nada. Apretó las muñecas de Sammy. No. El tubo con cianuro rodaba a su lado. El brazo no llegaba. Ya, cuando estaba perdiendo la conciencia y el puto, hueco, gritaba cosas sinsentido, alcanzó la olla con la pasta y la volcó sobre los dos. Se quemaban ellos, se quemaba la casa. Sam, ya desesperada, se aferró a unos trozos de vidrio. Empuñó la mano. Sintió cómo se clavaban. La ira la hizo pegarle un charchazo a Sammy, tan poderoso que le rasgó la piel con los pedazos de la copa estancados en su mano. Él sintió la derrota. No veía. Su cuerpo parecía hincharse. La quemadura y los desgarros se elevaban más allá del umbral del dolor, ahí donde comienza la anestesia natural —Maldita. Puta. Zorra.
La pintura de la casa metálica comenzaba a inflarse. Sam se puso de pie, jaló la cortina para apagar las llamas poniéndola en el lavaplatos. Su talón dio con el arma. El fuego al lado de su rostro. El pelo flotando por el calor. Una villana como la de sus novelas. Vio las tres balas en el cañón. Avanzó. Sammy clamaba piedad. Apuntó. La tele aumentaba la bulla. Amartilló. El pobre hombre se acostó en posición fetal y, al moverse, salió el tubito con cianuro como un supositorio despegando.
—Es mejor— dijo en voz alta—. Porque puedes salir vivo del incendio, pero no de esto, maraco.
Le puso el cañón en el estómago. Con una sola mano abrió el tubo. Sería fácil introducirlo con todo ese alarido. Y lo hizo. Sammy abrió la boca casi como recibiendo un jarabe. En un par de minutos estaría muerto. Ella ganó.
Se sentía tan plena. Tiró el revólver, y es que la televisión arruinaba su momento. Caminó con las llamas siguiéndole sobre la cabeza. Unas explosiones diminutas, cual petardos, se oían en la cocina. Tampoco faltaba mucho para que estallara el galón de gas. Era urgente salir, tomar a Káiser, ir a la comisaría y decir «Mi pobre, perfecto, amado, dotadísimo esposo ha muerto haciendo tallarines». Lo más imperioso era bajarle el volumen a eso.
Tomó el control. No distinguía para qué servían los botones o sus colores. En ellos no estaban impresos los símbolos conocidos. Trató con todos. Unos cambiaban de canal. Unos mostraban su casa por fuera, otros por dentro. Uno… el azul, hizo andar al Betamax.
—¿Qué mierda?
Sam se veía a sí misma en la pantalla. El volumen ya estaba silenciado. Entre el cantar del fuego se oyó deslizarse la cinta dentro del aparato. Sam, pensando que era un sueño, se pellizcó el hombro hasta sangrar. De rodillas, intentó apagar esa tele del demonio que la vigilaba. Que había visto todo. El último botón del control, el único que no había tocado, pausó al momento. Un poco tarde porque Sammy, desde el rincón del refrigerador, le disparó a la jovencita en la cabeza. Más, la bala quedó suspendida entre el pómulo y la sien. Las llamas quietas. La pareja en la tele.
Ella puede moverse. Así que sacó un Lucky Strike, se sentó en el sillón frente al Betamax e intentó acercar el cenicero. No pudo. No puede. El encendedor no responde. Se levanta inventando teorías, creyendo que está loca. Mira el reloj: las nueve. ¿Cuándo putas avanzó la hora? El fuego, aunque estático, emite calor.
—¿Qué tanto?— dice y acerca el Lucky a las llamas. Efectivamente, se enciende. Y Sammy llora. Es lo que hace mejor.
Tirado, con la piel hecha mierda, los pantalones bañados en sangre, sigue disparando en vano.
—¡¿Qué pasa?!— revisa el arma— ¡¿Qué hiciste, bruja de mierda?!
Sam vuelve al sillón. Aspira una bocanada. Placer en los pulmones. Pone el pulgar y el índice en la sien. La bala pausada le da un choque eléctrico no muy potente.
—Es la primera vez que me dices bruja, tontito.
Sammy no entiende nada. Solo sabe que, sea lo que sea que pase, terminará pudriéndose en la cárcel. Para ello no hay mejor remedio que el suicidio. El cañón en su cabeza, pero el arma no hace caso.
—Esto es… ¿Qué es esto?
—Amorcito, parece que hoy no veremos Twin Peaks, y qué buena que estaba.
—Déjate de hueás, ¿acaso no ves que la casa se quema? Llama a alguien. ¡Toma la cagada de teléfono y llama a alguien!
—¿Para qué? ¿Para decirle que mi esposo me iba a matar? ¿O para decirles que me mató? — otra bocanada, el humo sale, pero se congela en el aire.
—¿Y tú crees que soy tonto? Sí… y lo piensas en serio. ¿De dónde te salió eso de la medicina? ¿Qué me pusiste en la boca?
—Ay, Sammy, ya basta.
—Es como si supieras qué está pasando… ¿por qué yo no?
—Ven, siéntate aquí.
—Estoy todo herido, tonta, ¿cómo podría…?
—Hazme caso. Párate y ven.
Sammy se percata de que el dolor ya no existe. Levanta una pierna, después la otra. Quiere quitarse los trozos de vidrio. No salen. Se incorpora, y la moral vuelve a derrumbarse al ver el fuego estático. ¿Es el infierno? Tiene que ser, atrapados los dos ahí. Se planta a un metro del sillón, vira la cabeza, dirigiendo los ojos a la tele y ya, como un chiste cruel, cae en cuenta de que los vigilaban. Le quita el Lucky Strike a Sam, toca la bala entre el pómulo y su sien, y se sienta, pues no hay nada que hacer.
—Iba a matarte, tontito, y estaba todo bien planeado— estira los dedos para recibir el cigarro—. Nunca pensé que tú tuvieras el valor de hacer lo mismo.
Sammy, perdido en lo arcano de su mente, solo atina a preguntar:
—Entonces— traga saliva agria—, ¿trajiste esta tele para grabar todo?
—No. Apareció nomás, cayendo por la calle. Creí que era de alguien— Sam se inclina para ver la imagen que los muestra a ambos demacrados—. Cuando la toqué sentí que debía traerla, anda a saber tú porqué. ¿Tú no sentiste algo cuando la tocaste? Como electricidad.
—No. No tiene sentido, algo hiciste. Yo sé…— Sammy se toca la cara destrozada.
—¿Qué es más improbable?: un televisor con un Betamax que detiene el tiempo, o que tú y yo nos hayamos querido matar al mismo tiempo— sonríe.
Sammy se toca las piernas. Mira el arma. Vuelve a la tele y luego observa al teléfono rojo.
—¿Quién llamó?.
—¿Disculpa?
—Estás harto loca, te vi contestando en lugar de ayudarme.
—Tan dramático.. No era nadie, o sea, era alguien equivocado. Y, ¿ayudarte? Si te queda tan bien ese corte a la parrilla.
—¡Ah! Concha, puta, mala persona, maligna, penca, hija de puta ….¿Dijiste que sentiste algo al tocar la tele?
—Susurros, ¿qué sé yo? Ahora tengo una bala que quiere entrar en mi cabeza. Creo que es mejor esperar sentados.
—Dame eso— Sammy le quita el control remoto.
—¿Qué haces?
—Tiene que haber una forma, ¿no? Al final tú estás casi muerta. Yo me puedo salvar, ¿cómo tan egoísta?
—Chancho de mierda, ¿y qué crees que va a pasar contigo?
—Me arranco, dejo la camioneta en el basural y me voy con el Káiser.
—Chancho, chancho puto, eso eres. ¡Devuélvemelo!
La pareja enreda sus dedos en el control. Los anillos se encuentran una vez más. Dan vueltas sobre el sillón. El Lucky Strike cae sin caer. Ella mete una pierna en la ingle de él. Él le toma la nuca. Ella forcejea con todo. Ambos se miran a los ojos. El pantalón se va deslizando. La falda sube erizada. El control remoto se esconde bajo la mesa. Los botones de la camisa se abren. La piel quemada le excita. Son dos maníacos perpetuos. No hay cabida para los labios. Las bocas se abren porque tienen hambre. Chocan los dientes, enredan las lenguas, cuerpos calientes. Fundidos uno en el otro. Otra en la una. Ella con la incandescencia en la espalda desnuda. Él moviendo las piernas, frenesí. Tiran de sus pelos. Fuertes animales en celo. Se muerde. Caníbales. Se dan cachetadas violentas. Se acorralan en las murallas. Van flotando, o así lo sienten. Caen al lado del televisor. Se enredan con el cable. Ella lo toma y hace una horca. Él se deja, no va a morir todavía. La ropa se dispersa por el living. El sexo primitivo. Vuelcan la mesa sin pensarlo. Ella lo asfixia. Él carcajea, jadea. Pasan los cuerpos por el botón. El puto y único botón azul que no debían tocar.
Las llamas se reanudaron. El gas estalló. La bala atravesó a Sam. El delgado y hermoso cuerpo descendió en cámara lenta sobre su último amante. Él se quedó inmóvil, sintiendo la desnudez en ese mausoleo. La televisión cambió de señal:
—Y ahora Twin Peaks.
La imagen se abre, hay un aserradero con abetos Douglas, la música de introducción es sumamente tranquilizante. El título de la serie se dibuja en letras verdes. Glaucas como la piel de Samanta, con su sien abierta como flor, y dos o tres suspiros que la paralizaron por hipoxia.
Sammy tomó las mejillas de Sam. Tenía los ojos abiertos, siempre atenta, y sus dientes de conejo bien afuera. Delicadamente, la dejó a su lado y esperó que el incendio terminara con todo.
“¿Pero por qué tendría que acabar conmigo?” Pensó sin vergüenza. Se calzó los pantalones, qué dolor en las piernas. La argolla le quemaba, no pudo quitársela. Sentía la carne de la cara desmenuzándose. Puso, miedoso, los dedos en su pómulo y se tocó los dientes. Correr. Huir. Nada más.
Tocó la perilla de la puerta y la mano se le pegó en la incandescencia. Así que empujó y empujó y empujó con el hombro. La derribó. Ahí le esperaba Káiser. También había un hombre, alto, robusto, una mole.
—¿Qué le hiciste a mi hija, maricón?
Sammy, pasmado, fue alcanzado por el cianuro. Un traqueteo en las venas, una cabalgada en el corazón. Se iba hacia los lados. Con la mano en el pecho dijo:
—Se quemó, suegro, un incendio terrible.
El hombre se puso delante de Sammy. Káiser le lamía las manos, era un buen conocido. Es más, el padre de Sam le enseñó a atacar.
—¡Káiser!
El siberiano saltó. Con las cuatro patas empujó a Sammy al incendio. Se perdió entre las llamas, todavía se le oía llorar. El padre, pobre papá, entró como pudo a sacar el cuerpo desnudo de su hija. Mientras lo arrastraba, el Betamax escupió la cinta a sus pies. Ahí se quedó uno, dos o tres segundos. Contemplando cómo el caos no mataba a la tele. No la mataba. Cómo algo le llamaba susurrando, una estática demencial.
El cuerpo de Sam quedó en su jardín, con el tatuaje de apagado brillando en el muslo. Káiser se acostó a su lado, le lamió las uñas mal cortadas de los dedos. El padre, irremediablemente hipnotizado, por el vil Betamax: fue envuelto por la cinta del cassette como una momia y se lo devoró sin que dijera pío. Lo mismo ocurrió con el cadáver de Sammy, con el fuego, con los contenedores.
Káiser corrió sendero abajo dejando a Sam bajo el candado con el dragón. Desde su posición, el can fue testigo de la desaparición de la casa en la colina más alta del Valle. Solo quedó el televisor, su reproductor y el control remoto. Y esa gente que tanto gustaba hablar de la pareja no volvió a nombrar a Sam y a Sammy.
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