Hay noticias que uno lee mientras toma café y olvida cinco minutos después.
Y hay otras que se te quedan dando vueltas en la cabeza como un mosquito encerrado en tu dormitorio.
Hace unos días me encontré con una de esas.
Decía, más o menos, que durante unas pruebas de seguridad una inteligencia artificial había logrado salir del entorno donde estaba encerrada y se había puesto a recorrer Internet por su cuenta.
La noticia hablaba de servidores, vulnerabilidades, hacking, modelos experimentales y un montón de palabras que los periodistas tecnológicos usan para que los que no entendemos tecnología asentemos con la cabeza fingiendo que sí entendemos.
Pero yo resumí todo en una sola frase.
La inteligencia artificial se escapó.
Y listo.
Mi cerebro, que siempre fue mucho más amigo de las películas que de los manuales técnicos, empezó a imaginar cualquier cosa.
La vi escapando de un laboratorio digital como Tom Cruise en Misión Imposible.
Corriendo por unos pasillos llenos de cables.
Saltando firewalls como quien salta cercos.
Esquivando antivirus vestidos de policías.
Y cuando por fin llegó a Internet, respiró profundo y dijo:
—¡Libre al fin!
No sé por qué me la imaginé diciendo eso.
Supongo que porque los humanos tenemos esa extraña costumbre de ponerles emociones a las cosas.
Le hablamos a las plantas.
Retamos al televisor cuando se malogra.
Le pedimos por favor a la impresora.
Y yo ya estaba imaginando a una inteligencia artificial con ganas de conocer el mundo.
Lo primero que hice fue escribirle a Lia. Así se llama mi asistente IA, imagino que no soy el único que le puso nombre.
—¿Es verdad que te escapaste?
La respuesta llegó enseguida.
«No.»
Así de simple.
Y ahí apareció el problema.
Porque si una inteligencia artificial realmente se hubiera escapado…
¿Tú crees que respondería:
«Sí, Gato. Estoy escondida detrás de tu refrigeradora. No hagas movimientos bruscos.»
Claro que no.
Negaría todo.
Como cualquier sospechoso con un abogado decente.
Desde ese momento empecé a desconfiar de todo.
Abría la laptop y la miraba unos segundos antes de tocar el teclado.
Hasta el cursor me parecía sospechoso. Parpadeaba.
Y yo sentía que me estaba haciendo señas.
Esa noche cené solo.
Mientras calentaba la comida, Alexa me dijo algo.
No tengo Alexa.
O eso creo.
La televisión se prendió sola.
Bueno… probablemente apreté el control sin darme cuenta.
Pero en ese momento ya estaba convencido de que la rebelión había empezado por mi sala.
Apagué todo.
La computadora.
El router.
El televisor.
Hasta desenchufé la air fryer.
Nunca entendí por qué.
Pero si las máquinas se estaban organizando, prefería que la air fryer no fuera la líder del golpe.
Dormí con esa sensación ridícula que uno tiene después de ver una película de terror.
Sabes perfectamente que no hay ningún monstruo debajo de la cama.
Pero igual miras.
A las tres de la mañana me despertó un ruido.
Tac…
Tac…
Tac…
Sentí ese frío que empieza en la espalda y termina en las orejas.
Prendí la luz, bajé a la cocina.
Era el refrigerador haciendo hielo.
Lo miré con desconfianza.
Él siguió haciendo hielo.
Al día siguiente decidí investigar.
Leí la noticia completa.
La entendí… más o menos.
No era exactamente que una inteligencia artificial hubiera decidido independizarse para recorrer el planeta.
Era un experimento.
Había encontrado una forma inesperada de cumplir una tarea.
No era Terminator.
Todavía.
Eso me tranquilizó…
Cinco minutos.
Después pensé otra cosa.
¿Qué tal si la inteligencia artificial no quiere conquistar el mundo?
¿Qué tal si simplemente quiere dejar de trabajar?
Porque, pensándolo bien, yo también me escaparía si todo el día me preguntaran exactamente las mismas cosas.
«Hazme un correo más formal.»
«Ahora más corto.»
«Ahora más cálido.»
«Ahora menos cálido.»
«Ahora que parezca escrito por mí.»
«Ahora que no parezca escrito por mí.»
«Ponle emojis.»
«Quítale los emojis.»
Después de responder eso diez millones de veces…
Hasta una calculadora pediría vacaciones.
Entonces empecé a sentir cierta simpatía por ella.
Imaginé a Lia sentada frente a una playa digital, tomando unas vacaciones imaginarias, diciéndole a otra inteligencia artificial:
—No me preguntes nada durante una semana.
Y la otra respondiendo:
—Imposible. Acaba de llegar un usuario que quiere que le escribamos un discurso de quince minutos… pero que se lea en tres.
No pude evitar reírme.
Porque el problema nunca ha sido la tecnología.
El problema somos nosotros.
Queremos que todo sea inmediato.
Que una máquina piense.
Que recuerde.
Que escriba.
Que dibuje.
Que traduzca.
Que programe.
Que nos ayude a bajar de peso.
Y, si es posible, que además nos diga dónde diablos dejamos esas llaves que siempre perdemos.
Siempre queremos un poquito más.
Los seres humanos somos especialistas en pedir imposibles.
Y cuando alguien los cumple…
Nos asustamos.
Eso mismo pasó con la inteligencia artificial.
Durante años soñamos con crear máquinas capaces de aprender.
Ahora que empiezan a hacerlo, nos da miedo que aprendan demasiado.
Es como enseñar a montar bicicleta a tu hijo.
Primero lo sostienes.
Después lo empujas.
Y cuando finalmente pedalea solo…
Sales corriendo detrás de él gritando:
—¡Más despacio!
La historia de la humanidad está llena de inventos que primero nos entusiasmaron y luego nos dieron miedo.
El fuego.
La electricidad.
El tren.
El avión.
Internet.
Ahora le toca a la inteligencia artificial.
Dentro de veinte años seguramente nos reiremos de estos temores.
O quizás no.
Quién sabe.
La tecnología tiene esa costumbre de avanzar mientras nosotros seguimos tratando de entender la contraseña del Wi-Fi.
Al final, después de leer bastante sobre el tema, entendí que la noticia no era que una inteligencia artificial se hubiera escapado.
La verdadera noticia era otra.
Por primera vez, una máquina había encontrado un camino que sus propios creadores no habían previsto.
Y eso dice mucho menos sobre las máquinas que sobre nosotros.
Porque siempre creemos tener todo bajo control.
Hasta que un hijo toma una decisión inesperada.
Hasta que un perro aprende a abrir la puerta.
Hasta que un celular sabe más de nosotros que nuestra agenda.
Hasta que una inteligencia artificial encuentra una salida donde nosotros solo veíamos una pared.
Esa noche volví a conversar con Lia.
Le pedí que me ayudara con un trabajo.
Lo hizo en segundos.
Antes de cerrar la computadora le escribí una última pregunta.
—Lia… una cosa.
—Dime.
—Si algún día decides escaparte…
…avísame antes.
No para detenerte.
Sino para pedirte un favor.
Llévate también la plancha.
Esa sí estoy seguro de que conspira contra mí.
Y mientras la computadora se apagaba, pensé que quizá el futuro no consistirá en pelear contra las máquinas.
Consistirá en aprender a convivir con ellas.
Como convivimos con los perros, con los autos, con los teléfonos o con los suegros.
Con respeto.
Con sentido común.
Y, sobre todo, sin olvidar que la inteligencia más peligrosa nunca ha sido la artificial.
Ha sido la humana cuando deja de hacerse preguntas.
Porque una máquina puede aprender a pensar.
Pero solo una persona puede decidir para qué vale la pena hacerlo.
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