
Existe un error que la humanidad repite con una perseverancia admirable. Apenas descubre a alguien sufriendo, corre hacia él con palabras, consejos, abrazos, explicaciones, promesas y esa ansiedad, tan bien disimulada bajo el nombre de amor, de conseguir que deje de doler cuanto antes. Es un impulso noble, pero equivocado. Se parece al de quien entra en una biblioteca incendiada creyendo que lo más urgente es acomodar los libros por orden alfabético. Hay dolores que no llegaron para ser resueltos; llegaron para ser vividos. La diferencia parece pequeña hasta que uno la atraviesa.
Lo primero que debe aprender es a desconfiar de quienes hablan demasiado rápido de la esperanza. No porque la esperanza sea una mentira, sino porque suele tener la mala educación de presentarse antes de tiempo. Hay visitas que, por llegar temprano, terminan arruinando la conversación. No le tape la herida a quien todavía necesita mirarla. Las heridas poseen una antigua costumbre: antes de cerrar, preguntan. Preguntan por qué, preguntan para qué, preguntan dónde fue a parar aquello que ayer parecía eterno. Si usted las cubre enseguida con frases luminosas, las preguntas seguirán allí abajo, respirando en la oscuridad, hasta encontrar el momento de salir otra vez.
Existe una superstición bastante difundida según la cual el amor sirve para reparar a las personas. Es una idea hermosa, casi tanto como falsa. El amor jamás reparó a nadie. A lo sumo, consiguió que alguien se animara a vivir mientras seguía roto. Y, si uno lo piensa con calma, quizá eso sea infinitamente más milagroso.
No se apresure a secar las lágrimas. Las lágrimas conocen un camino que la inteligencia desconoce. Mientras la razón busca explicaciones, ellas trasladan de un sitio a otro un peso que no podría moverse de ninguna otra manera. Interrumpirlas por pudor o por impaciencia es como despertar a un niño que por fin logró dormirse después de una larga fiebre. Habrá personas que intentarán convencerlo de que el tiempo cura. Escúchelas con afecto; también ellas están intentando consolarse. El tiempo no posee manos de médico. Apenas tiene la paciencia de los viejos jardineros: no arranca la rama quebrada, aprende a verla formar parte del árbol. Porque de eso está hecha la vida: no de la desaparición del dolor, sino de la extraña capacidad que tiene el corazón para seguir haciendo lugar.
Al principio el sufrimiento ocupa todas las habitaciones. Uno desayuna con él, duerme con él, abre una ventana y allí está, apoyado en el marco, mirando la lluvia como si hubiera vivido siempre en esa casa. Después, sin que nadie anuncie el cambio, el dolor acepta mudarse a un cuarto más pequeño. No porque se haya vuelto menos verdadero, sino porque la vida, con una obstinación casi insolente, comienza a necesitar espacio para otras cosas: una conversación cualquiera, el olor del café, un perro que insiste en traer la misma pelota, una planta que florece sin pedir permiso, una canción que uno juró no volver a escuchar y, sin embargo, una tarde cualquiera descubre que puede terminar sin llorar. No confunda eso con el olvido. El olvido es una forma bastante torpe de la ausencia. Lo que ocurre es otra cosa: el dolor deja de reclamar el gobierno absoluto de nuestros días. Permanece, pero aprende modales.
Si encuentra a alguien atravesando uno de esos dolores que no tienen solución, resista la tentación de ofrecerle una salida. Hay laberintos cuya única puerta consiste en recorrerlos completos. Nadie atraviesa una noche porque otro le describa el amanecer. Hay que caminarla. Eso sí: camínela con él. No delante. No detrás. Al lado. Y no crea que ese gesto es pequeño.
Los seres humanos solemos despreciar todo aquello que no cambia el resultado de las cosas. Sin embargo, las páginas más hermosas de la historia están llenas de esfuerzos destinados al fracaso. Hubo hombres que siguieron tocando el violín mientras el barco se hundía. Hubo madres que acomodaron el cabello de sus hijos aunque ya no pudieran evitarles el dolor. Hubo ancianos que sembraron árboles sabiendo que jamás conocerían su sombra. Ninguno de esos actos modificó el destino, pero todos modificaron el modo en que el destino fue habitado. Quizá el amor pertenezca precisamente a esa extraña familia de trabajos inútiles cuya grandeza consiste en no abandonar jamás la tarea, aun sabiendo que no obtendrán la victoria.
No desprecie, entonces, la mano que alguien le ofrece aunque no pueda sacarlo del pozo. Mire con atención lo que esa mano está diciendo. No promete rescates imposibles. Dice algo mucho más difícil. Dice: «No voy a fingir que puedo curarte.» Dice: «No voy a insultar tu tristeza llamándola pasajera.» Dice: «No voy a distraerte para que olvides.» Dice, simplemente: «Mientras este dolor haga de tu corazón su casa, yo vendré de vez en cuando a golpear la puerta.» Y acaso ésa sea la forma más alta de la ternura.
Porque hay dolores que no deben desaparecer. No porque sean buenos, ni porque nos hagan mejores, sino porque son el último lugar donde continúa respirando aquello que amamos. Pretender arrancarlos demasiado pronto es como querer borrar la huella de unos pasos para dejar de extrañar a quien los dio. La vida, sospecho, nunca consistió en ganar esa batalla. Consistió en aprender el delicado arte de poner otro plato sobre la mesa mientras la ausencia sigue ocupando una silla. Consistió en descubrir que el corazón es una casa mucho más grande de lo que imaginábamos. Una casa donde pueden convivir, sin saludarse demasiado, la risa y el llanto, el pan recién horneado y la nostalgia, los cumpleaños y las despedidas, la esperanza y aquello que jamás encontrará explicación.
Tal vez por eso las personas verdaderamente sabias ya no preguntan cómo hacer para dejar de sufrir. Preguntan otra cosa. Preguntan cómo seguir sosteniendo los dados cuando la suerte ya está echada, cómo seguir siendo capaces de amar sin exigirle al amor el milagro de la salvación. Y cuando encuentran la respuesta, no la andan gritando en las esquinas ni la escriben en los manuales de los hombres de éxito. Simplemente se sientan al lado de alguien que está llorando y juegan al juego de la permanencia.
Como los árboles en las noches de tormenta, que no detienen el agua pero ofrecen la dignidad de su madera para que el mundo entienda que, a veces, la única victoria posible consiste en construir un refugio con la propia fragilidad del que se queda.
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