Desde que se jubiló Juan la vida cambió. Se complicó para Nélida. Acostumbrada desde hacía tantos años a compartir pocas horas, a arreglarse sola para casi todo.
Se casaron en 1972. Se conocieron en un baile de carnaval en el Centro Lucense. Lo vio y le gustó en el momento. Sus padres eran amigos del club desde hacía muchos años, estrellas del equipo de bochas.
Cuando se vieron se gustaron, ella fue por insistencia de su padre. Quería presentarle a Juan, lo había arreglado con su amigo. Funcionó. En menos de un año se comprometieron y antes de cumplir dos años de novios ya estaban casados.
Los dos eran muy jóvenes: él veintitrés años y ella apenas veinte. No había problemas de dinero. Los padres de Juan les compraron un departamento muy bonito en Barrio Norte. Tres ambientes con dependencias de servicio.
Nélida y su papá tenían dos departamentos en el mismo edificio. En el más grande vivieron juntos hasta la boda y el otro estaba alquilado.
A Juan le faltaba poco para terminar su carrera de contador público. Nélida no siguió estudiando, se dedicaba a la casa. Su mamá murió cuando era pequeña y se acostumbró al manejo del hogar. Su papá y ella estaban solos. Un papá tan amoroso como exigente, por momentos agobiante. Casarse fue, un poco, una liberación.
Juan se encerraba en el escritorio, futuro dormitorio de los hijos que vendrían algún día, y estudiaba por horas.
Cinco años después de la boda: el padre de Nélida murió, Juan trabajaba todo el día y ella cuidaba a sus dos hijos. Tenían una empleada para el trabajo de la casa con cama adentro. Los chicos eran pequeñitos. Manuel de tres años y Marcos de apenas meses.
Su mundo era su familia, su marido y sus hijos. Juan era hijo único. Ella sólo los tenía a ellos. Sus suegros eran buenos, pero demandantes y mandones.
Vendieron el departamento donde vivía el padre de Nélida y compraron una casa muy bonita en Mar del Plata. Los veranos resueltos.
Pasaron los años, sus suegros envejecieron, enfermaron y murieron. Ella se ocupó de todo. Juan nunca tenía tiempo.
Los chicos crecieron. Manuel se casó y tuvo una hija. Marcos se divorció pocos años después de su matrimonio y no tuvo hijos. Nélida ayudaba en el cuidado de su nieta, pero pronto su consuegra le ganó en el cariño de la niña. Tampoco se esforzó por retenerla. La veía menos, sin responsabilidades.
La quería, pero no quería ser madre otra vez y su nuera, buena chica, prefería a su mamá. La entendía, ella hubiera querido tener a su madre cuando se casó, cuando nacieron sus hijos.
Juan trabajando todo el día, no se quería jubilar. Los hijos fuera de casa, visitas esporádicas, rápidas. Algún fin de semana al mes, no más de uno, almuerzo familiar. Nunca todos juntos, imposible coincidir. Veranos, la casa de Mar del Plata.
Más de una vez le dijo a Juan que quería viajar, ir a otros lugares, conocer más. Él no quería subir a un avión. No lo haría nunca. Lo aterraba. Resignó sus sueños europeos, pero él tampoco quería recorrer el país. Argentina es enorme, en micro los recorridos son extensos. ¿Otra playa? No todos los destinos son tan lejanos. Para Juan, teniendo la casa en Mar del Plata, eso era tirar la plata.
Cada día más viejos, cada día más sola. La parroquia era un refugio: la liga de madres, el grupo del rosario, ayudar con la organización de las donaciones de ropa y alimentos. Varias tardes ocupadas.
Salir a caminar, hacer yoga, ver una serie solo para ella. Pequeños momentos de gloria. Por la noche, en la cena, veían juntos las noticias o algún programa político. Era lo único que a Juan le interesaba. Sobre todo, el dólar y la inflación.
Siempre roncó, le molestó siempre, pero ahora ya no lo aguantaba. Se jubiló. No salía de la casa. No quería hacer nada. Ella lo invitaba a caminar con ella, no quería. Pero tampoco le gustaba que ella saliera tanto. Mucha parroquia. No quería que lo dejara solo.
Otra noche de ronquidos, no podía dormir. Cansada. Falta de sueño y exceso de presencia. Ya no lo aguantaba.
A Juan le gustaba madrugar, costumbre de más de cincuenta años de trabajo. No necesitaba despertador. Abría la cama con un solo movimiento y se levantaba. Ella sentía el frío en su espalda. Dejaba el cubrecama a un lado. No se fijaba que la había destapado. Ya no lo aguantaba.
¿Dónde había quedado ese Juan que cuando se levantaba a estudiar lo hacía sigilosamente y la tapaba con cuidado para que durmiera un ratito más? ¿Quién era ese hombre que compartía su casa las veinticuatro horas?
No lo conocía, nunca habían compartido más que algunas horas. Desde el comienzo de su vida de casados hasta cuando se iban de vacaciones. Él elegía caminar solo en la playa y ella quedaba en la carpa de siempre, en el balneario de siempre, con los chicos. Después, sola.
Sus salidas eran al médico, los achaques de la edad que a todos alcanzaban. Ella tenía presión alta y él empezó con problemas de corazón y artrosis. Protestaba todo el día, ella soportaba. Ya no lo aguantaba.
Se sentía ahogada, necesitaba aire. Sin él. Juan consumía su aire y ella ya no lo aguantaba.
Una vecina le contó que haría con su esposo un viaje a Camboriú, en Brasil. Era en micro. Se lo dijo a Juan.
—Si ya sabés que voy a decir que no —dijo él con fastidio.
—Quiero ir sola —contestó determinada.
—Estás loca, vieja y loca. Lo que te falta… —dijo Juan despectivamente.
Habló con sus hijos, les dejó anotados los turnos y los medicamentos de su padre. No estaba pidiendo permiso.
—Necesito aire —les dijo.
No les dio oportunidad de reaccionar, tenía el pasaje. Se iba, una semana. Libre. Extrañaba la soledad que tantas veces la hizo reclamarle a Juan y protestar.
Subió al micro, era un viaje grupal. Playa, sol, una cama para ella sola, caminatas en la playa, baile y risas en las cenas del hotel. Estaba feliz. Lo había decidido. Seguiría viajando. Su padre le había dejado el departamento que tenía alquilado. Juan administraba ese dinero también, pero era de ella. Ahora tenía un objetivo. Necesitaba aire, lo compraría con su dinero. No le importaba lo que él pensara. Ya no lo aguantaba.
Terminó la semana. Durante el viaje de regreso, pensó: “qué lástima volver…”
Se durmió. No sintió nada.
En las noticias dijeron: “Accidente fatal en Camboriú. Poco después de tomar la ruta el micro volcó. Cinco muertos y decenas de heridos”
Juan enviudó. Descubrió que podía solo con sus médicos, con su casa, con su vida. Sus hijos estaban pendientes, las visitas se hicieron más frecuentes. Los fines de semana lo llevaban al country de Manuel, su nieta lo mimaba especialmente.
Ya no tenía una empleada con cama adentro. Una chica iba a hacer la limpieza tres veces por semana y le hacía las compras. Suficiente, usaba solo una parte del departamento: su dormitorio, el living, el baño y la cocina.
Era lunes por la noche, cenó y se fue a dormir. Abrió la cama y vio la parte de Nélida vacía. Acarició su almohada. “Nelly… Nelly…”
Pensó: “Mañana es martes… puedo comprar algo para comer en la rotisería”. Apagó la luz y se durmió.
© 2026 – Cata Lina
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