Comenzó todo en una simple mañana, en la que despertó con la sensación de haber olvidado algo importante.
¿Qué podía hacer con eso?
No importaba cuánto tratara. El nombre y el lugar ya no existían en su memoria y cada vez sentía que olvidaba más cosas.
Una mañana despertó con un nombre escrito en su espejo, pero no le encontraba sentido a aquello, aun así, no quiso borrarlo por si algún día llegaba a recordar cómo apareció eso escrito allí.
Una tarde notó que, con las arvejas de su almuerzo, había formado un número. Sin saber por qué lo hizo, tenía la fuerte sensación de que era el número de una antigua casa en la que alguna vez estuvo. Pero no pudo recordarlo, así que terminó comiéndose esas arvejas.
Una noche, sintió que moriría si no descubría qué estaba pasando.
¿Qué era eso que no podía recordar? ¿Era una persona especial? ¿Era una vieja casa? Qué frustrante le era no encontrar las respuestas.
Y entonces lo supo todo en un sueño.
Una bella cabaña de madera, las risas de cuatro niños que corrían persiguiendo a esa pobre gallina, una hermosa mujer que por la ventana los observaba y él simplemente se quedaba contemplándola.
Al despertarse aún conservaba ese cálido recuerdo, y lo comprendió todo.
Los años le habían arrebatado lentamente sus recuerdos, esa cabaña ya no era más su hogar, sino que ahora lo era un asilo, donde no podría tener la certeza de si mañana recordaría todo otra vez… o simplemente lo olvidaría.
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