A veces reímos para no llorar, a veces lloramos de risa.
Llegué a la oficina a las 7:00 a.m., como siempre. No por mérito moral ni por “soy súper productivo”, sino porque mi cabeza funciona mejor cuando el mundo todavía no empieza a hacer bulla.
A esa hora la oficina es un lugar decente: no te exige sonreír, no te pide opinión, no te lanza preguntas existenciales tipo “¿ya viste el correo?” antes del café. Hay silencio. Y el silencio, para mí, es como una camisa recién planchada: te deja todo en su sitio.
Me senté. Abrí la laptop. Me puse a ver lo mío. Y cuando digo “lo mío”, hablo de ese modo mío de entrar concentrado, callado, casi monje… pero monje con e-mail, claro.
A los treinta minutos llegó Brunella. Brunella entra como entra un día normal: con pasos de persona que no trae tragedia en la mochila. Saludó, se instaló, y el mundo siguió siendo mundo. Y después llegó Camila.
Camila tiene esa gracia natural de la gente que hace chistes sin proponérselo.
Apenas entró, supe que algo estaba mal. No porque lo dijera, sino porque la tristeza tiene un uniforme: te apaga la cara. Te vuelve lento. Te deja los ojos como si hubieran pasado toda la noche viendo una película que no era para ver solo.
Se sentó… y se le inundaron los ojos.
Yo me quedé congelado un segundo. Porque uno se prepara para todo en la oficina: para reclamos, para crisis de stock, para alguien que se olvida un informe, para clientes intensos… pero nadie te entrena para el llanto puro antes de las 8 a.m.
Pregunté despacio.
—Cami… ¿qué pasó?
Ella levantó la vista como si le hubieran preguntado en qué año nació el dolor y respondió, con la voz rota y sin rodeos:
—Se murió mi gato.
Y ahí… se me borraron todas las frases. Además, como todos ya saben, “Gato” es un sobrenombre que llevo desde chico por herencia del Gato Mayor, esa noticia cobraba mayor importancia para mí. La partida de un congénere.
O sea, el universo tiene un humor medio cruel: justo a mí, “El Gato”, me toca consolar a una persona que acaba de perder a su gato. Es como si el destino dijera: “A ver, campeón, tú que tanto ronroneas por la vida, ahora acompaña.”
Yo quise decir algo inteligente. Algo tipo “lo siento mucho”, “te acompaño”, “estoy aquí”. Pero mi cerebro, en vez de producir empatía elegante, solo produjo silencio.
Le pregunté, lo más humano que pude:
—¿Cómo así?
Camila hizo un gesto mínimo, como si fuera a contarme… y se le quebró más la garganta.
—No puedo hablar… si hablo voy a seguir llorando.
Y lo dijo y lloró más. Y yo, qué quieres que te diga, se me llenaron los ojos. No lloré como ella, pero sentí esa cosa de la lágrima que se asoma con vergüenza, como diciendo “yo también tengo corazón, por si alguien dudaba”.
Me quedé ahí, frente a ella. Callado. Acompañando.
En ese momento uno se da cuenta de que el dolor no necesita discursos. El dolor necesita presencia. Necesita que alguien sea un mueble leal: que no se mueve, no juzga, no pregunta de más.
Pero claro, estábamos en una oficina. Y la oficina es un lugar donde el mundo entra y pregunta.
Entró una persona, vio la cara de Camila y soltó lo típico:
—¿Cami, estás bien? ¿Qué pasó?
Camila levantó la vista y el llanto se le reinició como Windows.
Entró otra:
—¿Qué tienes? ¿Todo bien?
Otra vez. Llorar.
Entró otra:
—Ay, ¿qué te ocurre?
Y yo por dentro pensaba: “Señores… si el dolor tuviera botón de ‘RW’, ya lo apretaron veinte veces.”
Porque la pregunta es bienintencionada, sí. Pero cuando estás triste, tener que explicar la tristeza es como cargar una maleta mojada: pesa el doble.
Yo veía el desfile de “qué pasó” y no sabía cómo frenar el interrogatorio sin poner un letrero en la frente de Camila que diga: NO HAY DETALLES. SE RUEGA NO INSISTIR.
Hasta que entró Flavia.
Flavia tiene esa energía de persona que llega y ordena el ambiente sin querer. Apenas vio a Camila, como buena humana, preguntó lo mismo:
—Cami, ¿por qué esa cara? ¿Qué pasó?
Camila levantó la vista… y se puso a llorar fuerte, de esos sollozos que te sacuden el pecho. Flavia se quedó un segundo con cara de “maldita sea, que dije”, y yo vi a Camila mirarme.
Fue una mirada limpia, sin drama que decía: “no puedo con esto”.
Y ahí… me salió la única frase que era verdad, y que además tenía un poquito de humor involuntario. Porque el humor, cuando aparece en medio de la tristeza, no es un chiste: es una cuerda para no caerse.
Le dije:
—Todos te van a preguntar lo mismo.
Camila me quedó mirando, primero seria, como diciendo “¿en serio?”. Y de pronto… se le escapó una risa. Una risa chiquita al inicio, con lágrimas, como si el cuerpo dudara. Y yo me reí también.
Y ahí pasó lo imposible: empezamos a reír cada vez más fuerte, a carcajadas en plena tragedia. Pero carcajadas reales. De esas que te hacen bajar la cabeza, que casi te dejan sin aire, que te hacen sentir culpable un segundo y después libre.
Camila reía y lloraba al mismo tiempo. Era un corto circuito hermoso: la tristeza agarrada de la mano con el humor, como dos amigas que no se soportan pero esa noche terminaron bailando la misma canción en la misma fiesta.
Flavia nos miraba como si hubiera entrado a una película rara: “¿se están riendo… mientras ella llora?”
Sí, Flavia. Así es la vida. Es absurda. Es cruel. Es tierna. A veces todo junto… y antes de las 8 am.
Y en ese momento entendí algo que nadie dice en voz alta: el duelo también tiene pausas. Te da tregua, te regala un paréntesis. Como cuando estás nadando y sacas la cabeza para respirar. Te hundes igual, pero respiras.
La risa fue eso. Un respiro.
Después de la carcajada, Camila se quedó con la cara roja, el maquillaje —si llevaba— en modo “ya fue”, y me dijo entre sollozos:
—Perdón… perdón… es que…
Y yo le respondí:
—No pidas perdón. Acá la tristeza no necesita permiso. Además… en breve viene alguien más y pregunta de nuevo.
Camila se volvió a reír un poquito. Y esa risa chiquita fue como una vela encendida en un cuarto oscuro.
Me dieron ganas de decirle algo grande, algo bonito. Pero yo no soy de frases largas cuando alguien está roto. Soy más de estar. De quedarme ahí, torpemente presente.
Porque se murió su gato. Y eso, para quien no entiende, puede sonar “chiquito”. Pero el que ha querido a un animal sabe que no es chiquito. Es un miembro del hogar. Una costumbre que te espera. Una sombra que pasa entre tus pies. Un silencio que aparece cuando ya no hay maullido.
Yo pensé en eso y se me apretó la garganta otra vez.
Camila respiró hondo. Se limpió las lágrimas. Y el día continuó.
Llegada la tarde, Camila se me acercó y en medio de un abrazo tímido, porque sabe que no me gustan los abrazos, me dijo:
—Gracias, Gato.
Ahí el apodo, por primera vez, no fue chiste ni sobrenombre, tampoco herencia de mi viejo. Fue una coincidencia casi poética. Como si el universo me hubiera puesto ahí por algo: el Gato acompañando a alguien que perdió a su gato. Y yo, que siempre ando en pendientes, en “hay que hacer”, ese día entendí una cosa simple y enorme:
Que acompañar también es trabajar. Pero trabajar el alma.
Camila se quedó un rato más tranquila. Imagino que no bien, porque eso no se arregla en un día. Pero un poco más entera. Como quien se recoge pedacitos.
La oficina siguió, como sigue siempre: con correos, con llamadas, con el mundo insistiendo en que “la vida continúa”. Y sí, continúa. Pero no como frase motivacional de taza. Continúa como puede. A veces llorando. A veces riéndose. A veces ambas cosas al mismo tiempo.
Y yo me quedé con esa escena clavada: Camila llorando, la gente preguntando, Flavia entrando como un “qué pasó” humano, y nosotros explotando de risa en el peor momento.
No fue falta de respeto. Fue sentimiento. Fue humanidad. Fue ese recordatorio raro de que el dolor no te quita el sentido del humor… lo afila.
Y si me preguntas qué aprendí ese día, te lo digo como Gato, sin filosofía barata:
Que hay tragedias que se lloran… y también se atraviesan con una carcajada prestada.
Porque cuando ya no puedes cambiar lo que pasó, lo único que te queda es esto: estar. Y, de vez en cuando, reírte un poquito para que el alma no se te muera también.
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