La despedida del niño y la niña

La despedida del niño y la niña

Cami Joyce

08/01/2026

–No quiero irme, no quiero que se vaya.

Ellos no lo saben, pero me dijeron lo mismo la noche anterior.

Los dos lloraron hasta quedarse dormidos.

Ninguno quería despedirse del otro.

Tuvieron planes que no pudieron realizar; el tiempo no les alcanzó y, antes de que pudieran darse cuenta, ya había llegado el día en que debían separarse.

El niño fue capaz de decirle a la niña todo lo que me dijo que le diría.

No se reservó nada.

Lo hizo justo antes de que comenzara la lluvia, esa que más tarde se convertió en tormenta.

La niña, en cambio, al escuchar las palabras del niño envueltas en sollozos y lágrimas, no fue capaz de decir una sola palabra.

Aún recuerdo que la noche anterior me contó que había estado ignorando ese momento.

Por eso creo que su silencio no fue a propósito.

Para entonces comenzaron a sonar los primeros truenos, como si el cielo les exigiera marcharse.

El niño quizá se habría quedado unos minutos más si hubiera visto algún indicio de que la niña tenía algo que decir, pero no hubo ninguno.

Yo había imaginado la despedida de esos dos pequeños de otra forma… 

Pero no habrían sido ellos si lo hubiera sido.

Entonces la lluvia dejó de contenerse.

Parecía no querer que se escuchara nada más: solo lluvia y truenos.

El niño le dedicó una última sonrisa.

Pude ver cuán difícil fue para él hacerlo, pero con tal de tranquilizarla, le bastó.

Después se dio la vuelta y se marchó.

Caminó despacio bajo la lluvia, esperando que eso la hiciera reaccionar, que ella fuera tras él.

Pero no ocurrió.

Fue el sonido de la lluvia quien lo acompañó en su camino.

La niña pudo verlo alejarse.

No dijo nada, no porque no tuviera palabras, sino porque no llegaron a tiempo.

Cuando su silueta comenzó a confundirse con la lluvia, algo dentro de ella cedió.

Todo lo que temía que pasara estaba pasando.

Fue entonces que lloró.

El trueno cayó encima de todo.

Y lo que ella dijo después, fui yo quien pudo escuchar.

—Que no quiera que me esperes no significa que quiera olvidarte.

Porque esa sería la peor parte, y lo sé.

Sabía que dolería decirle adiós a tu mirada, a tu sonrisa, a tus caricias y a nuestras charlas;

esas que, como sabes, comenzaban en trivialidades y terminaban en profundas reflexiones de quién sabe qué.

Aquí estoy, pidiéndote que no me esperes, pero esperando que no me olvides.

Puedo ser egoísta.

Contigo fue más evidente.

No supe soltar algo que sabía que el tiempo no me permitiría sostener,

y aun así decidí quedarme un poco más.

Soy egoísta, lo sé.

Pero también recuerdo cuando me decías que amabas cada parte de mí, sin importar cuál fuera.

Entonces ama esta también:

la parte que no quiso dejarte ir,

la que esperó todo lo que pudo,

hasta que simplemente no pudo más.

Me iré y tú te irás.

¿Qué esperábamos que surgiera de esto?

¿Una bella historia de amor?

Porque eso fue lo que nació.

Como toda historia, tuvo un final,

que ignoramos todo lo que pudimos.

Así que olvídame y sigue viviendo.

No quiero que me esperes.

Pero hay algo que necesitas saber.

Planeo recordarte.

Cuando terminó de decirlo todo, él se detuvo.

Y entonces volteó a verla.

La niña estaba emocionada; al fin había dicho lo que no pudo antes.

Esperó una respuesta.

No llegó.

Entonces pensó en la lluvia, en la distancia,

y su corazón se rompió en ese instante.

El mío también,

cuando comprendí que las palabras de la niña

no habían llegado hasta su niño,

y que él, sin saberlo,

continuó su camino.

Tal vez, si la tormenta hubiera sido menos fuerte,

esta historia sería distinta.

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