Yo estaba de pie junto a la ventana, viendo cómo la lluvia dibujaba caminos torcidos en el vidrio.
Tú estabas sentada, encorvada, como si el peso de todas nuestras palabras dichas y no dichas te aplastara. “Eres insensible”, me dijiste hace días, como quien dicta una sentencia sin derecho a apelación.
«Insensible para amar, para dar paz, para sostener lo que se nos escapaba de las manos desde hace tiempo.» Dijiste, mirándome con dolor.
Te observé en silencio.
No iba a suplicar.
No iba a pedir perdón por todo lo que no supe hacer.
Ya no.
Si, pensabas todo eso de mi, mejor lo hubieras guardado para ti.
Lo último que necesitaba era otro golpe disfrazado de honestidad.
Pues a pesar de que no fue suficiente para ti, no me arrepiento de todo lo que te di.
Tomé mi chaqueta, mis llaves y mi cigarro. No me despedí.
Cerré la puerta y, me fui, llevando conmigo todo lo que para ti fue insuficiente.
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