1 – Asesinos

El asunto era el siguiente: había mentido. Nunca asesiné a un hombre. Lo más violento que había hecho en mi vida fue cuando trabajé, junto a mi primo, para un prestamista, en el que mis tareas se reducían a intimidar a deudores, atarlos a una silla para golpearlos y, en casos extremos, sujetarles la mano para que mi primo les cortara un dedo. Exceptuando eso, sólo había realizado hurtos menores.

Me palpé los bolsillos en busca de un cigarrillo, saqué el paquete para tomar uno, lo sacudí y tres de ellos fueron a parar al piso. Me agaché a levantarlos y otro más cayó. Limpié uno con la mano y me lo llevé a la boca; guardé el resto. Extraje el encendedor, que se empecinaba en dar pequeños saltos entre mis dedos. Pude finalmente asirlo con firmeza para que no escapara y, luego de tres intentos, pude encenderlo. Lo acerqué al cigarro y lo prendí. Di una profunda y trémula pitada. 

Desde la puerta vi, por la luz que ingresaba desde el pasillo, que Alfonso acababa de terminar de atar al individuo a la silla. Logró hacerlo, él sólo, sin que el sujeto le causara problemas, gracias a que entre los dos le habíamos atado las manos por detrás de la espalda antes de ingresarlo a la habitación. 

Exhalé el humo sin poder evitar toser. Tiré, escupí, el cigarro al suelo y lo pisoteé en forma torpe para apagarlo. El roce del cuello de la camisa se me hacía insoportable. Lo aflojé y con la manga me limpié el sudor de la frente. Alfonso salió al pasillo. Temí por lo que sabía que me iba a decir.

—Ya sabés lo que tenés que hacer. Nada de testigos. Vos terminá con este; yo, con el otro.

No lo miré. No quería que viera el temor en mis ojos. Creí que de haber este tipo de problemas él se encargaría y no, yo. ¡Maldita la hora en que aquellos dos habían visto nuestros rostros!

Saqué mi cuchillo del bolsillo del pantalón. Ingresé en la penumbra del cuarto sin tener mucha idea de cómo realizar el encargo. Lo más seguro y menos violento sería cortarle la yugular. ¿En qué parte exacta del cuello se encuentra? Me acerqué a él maldiciendo, lo insulté y lo golpeé impotente, intentando armarme de valor.

Me incliné y le apoyé el filo en el cuello; el tipo suplicaba. Podía hacerle un gran tajo. Uno que fuera de arriba a abajo con un buen ángulo. De seguro así alcanzaría la vena. Era sólo cuestión de presionar y luego hacer un movimiento rápido. ¿Qué tan difícil podía ser eso? La camisa se me había hecho una con el cuerpo; el olor del sudor me impregnaba por completo. La respiración me corría al ritmo del pulso. Bajé la cabeza, expulsé el aire en tres cortas exhalaciones, hice una gran inhalación, y entonces un golpe me tumbó al piso; el cuchillo se me cayó. Aquel mastodonte se había desatado las manos y comenzó a liberarse los pies. No comprendía cómo había podido deshacer los nudos; las cuerdas eran fuertes, gruesas. Tanteé rápidamente el piso, pero no encontré mi arma. Grité por ayuda. Me levanté y corrí hacia la puerta para ponerme a salvo. Llegué hasta donde estaba Alfonso, quien acababa de sacar su revólver. Giré la cabeza; el hombre se había desatado por completo y ya estaba de pie. Alfonso le apuntó y disparó. El tiro le dio de lleno. Si gritó o no, nunca lo sabré: uno de mis oídos estaba a escasos centímetros del arma al accionarse. En medio del campo, sólo los que estábamos en la casa escuchamos el estampido. El olor a pólvora flotaba como una fantasmal neblina, procurando cubrir el aroma de la muerte.

Alfonso ingresó a la habitación, se agachó y tomó el cuchillo, que había ido a parar cerca de la puerta. Me lo alcanzó, sosteniéndolo por el mango. Apenas lo agarré, me abofeteó.

—¡No vuelvas a soltarlo, imbécil! —me gritó, encolerizado. Me tomó de las solapas y, casi llevándome a rastras, me condujo hasta la entrada de la siguiente habitación, donde el otro tipo atado gritaba desesperado.

—Ahora este. Ni se te ocurra volver a fallar; voy a estar detrás de ti —me advirtió.

Aún sostenía el revólver en las manos. Capté el mensaje. Me di vuelta y me adentré en el dormitorio. El sujeto había cambiado los gritos por llanto. Me detuve frente a él, el impiadoso y pesado filo del acero en la mano. El miedo a ser yo quien terminara en un charco de sangre pudo más y, entonces, ese día, me convertí en asesino.

Fin

2 – Mi Mejor amiga

Un silencio incómodo se interpuso entre las dos. La cabeza de Vanesa estaba en otro lado; no se atrevía a decírselo. Clara notó su malestar y preguntó:

—¿Pasa algo?

Vanesa suspiró, entendió que no podía dilatar más el asunto y, al fin, le confesó el motivo de su angustia:

—Mi papá no quiere que sigamos viéndonos. Dice que necesito otra clase de amigas.

Clara abrió los ojos consternada.

—Pero ¿por qué? Si yo no te hice nada malo. Son las otras las que no te tratan bien. ¿No le contaste lo que te pasa en el colegio? —quiso saber.

Sí, Vanesa le había contado, aunque no todo; sólo que la ignoraban. De todos modos, estaba segura de que el saber toda la verdad no lo iba a hacer cambiar de opinión.

—¿No soy tu mejor amiga? —preguntó Clara.

—Sí, la mejor que tuve.

Vanesa se sentía a gusto con ella; logro que no conseguía con ninguna otra chica. El día que la había conocido, dudó de cómo debía tratarla. A medida que pasó el tiempo, se fue soltando y entró en confianza como con ninguna. No existían entre ellas peleas ni discusiones y podía confesarle sus sentimientos más íntimos sin temor a que se riera o los divulgara.

Sentada en el banco, Vanesa miraba sus zapatos, apoyados sobre la punta del talón en el suelo, mientras movía los pies de un lado hacia el otro. Esos zapatos marrones, con tira, de diseño antiguo, pero clásico, que tanto le gustaban y que eran motivo de burla en la escuela.

Clara estaba sentada a su lado con las piernas inclinadas hacia delante y el tronco ligeramente curvado, las manos apoyadas en el borde del banco, con la vista fija en el piso.

—Vení, vamos a la plaza —propuso Vanesa.

Al rato, estuvieron sentadas a la sombra de un frondoso pino. Varios chicos, a unos metros, disfrutaban de las hamacas, la calesita y los demás juegos del lugar; hacía poco Vanesa era una de ellos. Una brisa suave jugueteaba sobre los cabellos rubios de Clara haciéndolos ondular, aunque Vanesa no podía percibir su soplo. En lo alto del árbol, se había desatado un escandaloso cotorreo que le hizo acordar a las discusiones entre la familia de don López y la de doña Cata; dos vecinos. Clara levantaba algunas de las espinas del pino, que formaban un colchón en el suelo, y las dejaba caer a intervalos desde la mano, mirándolas atenta.

—¿No hay chance de que tu papá cambie de opinión? —expresó compungida.

—No creo —respondió Vanesa—. No quería decirte nada; viene con eso desde hace rato. Ayer me dijo que hoy es la última vez. Insistí y le rogué, pero no hubo caso.

Él creyó que esa relación ayudaría a Vanesa a socializar y a sentirse más segura de sí misma ante los demás. Sin embargo, al cabo de un tiempo, percibió que la idea había tenido un efecto contrario al buscado. Su hija se encontraba aislada y encerrada en esa rara y única amistad; la madre de Vanesa pensaba lo mismo.

La rutina se había repetido durante meses. Después de almorzar, Vanesa encaraba las tareas escolares y, al terminarlas, se reunía con su amiga. Paseaban en bicicleta por la plaza, les daban de comer a las palomas, se sentaban en un banco del parque a charlar mientras miraban los patos del lago. Cuando la lluvia las sorprendía, se refugiaban bajo la garita de la parada de algún colectivo, observando las gotas que caían alrededor y que nunca mojaban a Vanesa. Un relámpago latigaba el firmamento y competían por dar el grito más aterrador. Pasado el aguacero, buscaban la baldosa floja que salpicara mayor cantidad de agua. Competencia en la que Clara siempre ganaba. ¿Haría trampa?, se preguntaba Vanesa. 

Mientras conversaban, Clara tomaba, cada tanto, un nuevo manojo de espinas del suelo y lo dejaba caer en forma pausada, como buscando retener el instante. Pasados unos minutos, ambas quedaron en silencio. Clara continuaba abstraída, repitiendo su juego. 

—Te voy a extrañar, siempre te voy a preferir mil veces a vos que a cualquiera de las idiotas del colegio —se sincero Vanesa, sin mencionar que sus compañeras de año se habían enterado de esa amistad y eso había provocado que se mofaran de ella. 

Clara no dijo nada, bajó la vista y a la lluvia de espinas le sumó una de lágrimas. La reacción sorprendió a Vanesa. Nunca esperó que fuera a llorar.

—Es nuestro último día juntas, pasémosla bien —sugirió Vanesa, intentando cambiar sus ánimos—. Vamos al parque de diversiones.

—Dale —respondió Clara, quien sonrió y se refregó los ojos.

Al rato estaban subidas a la montaña rusa y con cada giro y caída se les iba la voz en gritos. El carro se volteaba de cabeza, se precipitaba al vertiginoso vacío, escalaba traqueteando sobre los rieles. Por instantes, Vanesa lograba olvidarse de todo; sólo existían ellas, el vértigo y el griterío.

No conformes con el mareo recibido, se subieron a las tasas giratorias para ser revueltas como el azúcar de un café con leche. Luego fueron a parar a las sillas voladoras, en las que uno de los zapatos de Clara salió despedido en uno de los giros, con tal mala fortuna, que fue a dar sobre un pequeño perro que escapó corriendo ante el sorpresivo golpe. Ambas se taparon la boca con las manos, las cejas arqueadas, se miraron y soltaron risas entrecortadas.

Después de recuperar el calzado, ingresaron al salón de fiestas del parque, en el que se desató una fiesta. Dos enormes parlantes vibraban en el centro y otros cuatro, de menor tamaño, en cada esquina. Permanecieron de pie unos breves instantes, escuchando la música, hasta que fueron invitadas a bailar cuando comenzó a sonar You Should Be Dancing de los Bee Gees, un clásico de la música disco. Otro de los gustos de Vanesa que era motivo de menosprecio y que la hacían retraerse. Sin embargo, allí podía expresarse sin sentir ninguna mirada de reojo ni cuchicheos ni risas socarronas y, lo más importante, poder compartir con su amiga esas vivencias.

La música cesó de forma abrupta. Vanesa sintió un leve toque en uno de los hombros; la voz de su padre resonó en el lugar.

—Ya es hora, Vanesa —le dijo.

La chica vio reflejada en los cristalinos ojos de Clara su propia desazón. Vanesa extendió los brazos sobre su amiga. Quiso hacer durar ese extraño instante por siempre; el padre insistió. Ahora eran dos las que derramaban lágrimas.

—Gracias por todo, nunca te voy a olvidar —expresó Vanesa.

—Yo tampoco —contestó Clara.

Vanesa no supo cómo interpretar esas palabras. La miró una última vez, puso las manos al costado de la cabeza y, jalando hacia arriba, se sacó y le entregó a su padre el casco de realidad virtual.

Fin

3 – Los últimos días

Carta del hijo

Acabo de llegar del hospital. Las noticias no son buenas: papá se está yendo. Tenía la esperanza de equivocarme; sin embargo, la doctora fue muy clara al respecto. Es cuestión de días, quizás de horas. Me enfrento a ese instante de la vida que la mayoría de los hijos tememos.

¿Habré estado a su lado lo suficiente estos últimos años? Supongo que siempre vamos a pedir más, siempre va a faltar algo.

Es extraña la percepción del tiempo a medida que uno crece. En la niñez, las horas, los días, las semanas transcurrían con lentitud. Las manecillas del reloj, incluso, parecían a veces amenazar con detenerse. Luego, en algún momento de la vida, los segundos aceleran su marcha como si alguien hubiese dado la señal de largada de una carrera. Entonces, los meses se transforman en semanas, las semanas en días, y al mirar hacia atrás todo parece haber pasado en un parpadeo y no haber sido lo suficientemente vivido. Aunque algunas cosas, sí. Y de ellas no pueden faltar los veranos en Claromecó; su lugar en el mundo.

Las tardes en la playa, el aroma a sal que esparcían las olas al saludarnos ni bien mojábamos los pies en la orilla. Las mañanas somnolientas en el bar del hotel que nos despabilaba con el intenso aroma del café de las enormes cafeteras metálicas detrás de la barra del mostrador. Tan diferente a este presente en el que no puedo deshacerme de los olores de remedios y vendajes que se filtraban por los pasillos del hospital y que me permanecen todavía estampados en la memoria.

Es una pena que papá no haya podido cumplir su sueño de pasar sus últimos años en el balneario. Tenemos la intención, llegado el momento, de arrojar sus cenizas al mar.

Sabrina y mamá se quedaron cuidándolo. Nos vamos turnando. Entre todos decidimos que lo movieran a una habitación privada (departamento, le dicen en el hospital) para tener un ambiente de mayor intimidad y silencio. Es un cuarto sobrio con una cama de sábanas blancas, una o dos sillas (no lo recuerdo bien) de metal, una mesita raquítica, un sillón lo suficientemente cómodo para quedarse a pernoctar en él y un televisor pendiendo, mudo, desde un soporte en lo alto de la pared enfrentada a la cama. No puede faltar la bolsa de suero que cuelga al lado de cada paciente, a la que no pude evitar acompañar varias veces en su lagrimeo.

Me arrepiento de la poca paciencia que le he tenido en este último tiempo, esa que él tuvo cuando yo era un niño y que olvidé en esos momentos en los que me hubiese venido bien tenerla. De adulto pude darme cuenta de las dificultades que atravesó, sobre todo cuando yo era un infante y quedamos prácticamente en la calle. Hizo lo necesario para que no pasáramos privaciones. Siempre le estaré agradecido por la forma en que nos cuidó. Se lo tendría que haber dicho y nunca lo hice.

Me costó entenderle ciertos comportamientos y decisiones hasta que fui mayor y me enfrenté a situaciones similares en la crianza de Ernestina y Sergio. Es irónico; a veces los reto por los mismos temas que él me regañaba, sobre todo en lo referente al estudio. Me comporto ante ellos como si hubiese sido el mejor alumno cuando lejos estuve de serlo; es por el bien de ambos, como lo fue por el mío antes.

Él se irá, continuará vivo en nuestros recuerdos y dejará un vacío difícil de llenar. Me pregunto a quién de nosotros le tocará estar en la habitación cuando llegue el final.

Le echo una ojeada al reloj. Es tarde. Tenemos que cuidar a mamá.

Carta del padre

Martes 9 de abril

Presiento que está por terminar todo: lo veo en sus rostros. Todavía me quedaban asuntos pendientes; me gustaría haber hecho más. Si pudiera retroceder, cambiaría algunas cosas y no sería tan duro en otras. Pero es algo que se aprende con la experiencia de los años. No puedo reprocharme mucho sabiendo eso. Después de todo, no lo hice tan mal. José está aquí, a mi lado; él ha formado una linda familia. Hace un rato estuvieron Sabrina y Helena; desearía haberlas podido abrazar y decirles cuánto las quiero, al igual que a José.

Tuve contratiempos en la vida. Algunos grandes, como cuando perdí el trabajo y el banco ejecutó la hipoteca de la casa. Años duros con una familia que mantener. De alguna manera salimos adelante y pude arreglármelas para que siempre tuvieran lo fundamental: nunca les faltó techo, educación y comida, así como salud. Cada vez que recuerdo esa época, me siento como un soldado que cumplió con su deber.

Veo la preocupación en la cara de José. El color de los ojos le va a intervalos del marrón al rojo. Quisiera calmarlo, decirle que todo estará bien y lo orgulloso que me hace sentir. Me arrepiento de no haberle prestado algunas veces la atención que requería; pero fue difícil, muchos años lo fueron. Mal momento para querer expresarlo; me he quedado sin habla y, además, parece que necesito esa energía para seguir respirando.

Tengo un poco de sed. ¿El suero está cayendo? Desde esta posición no puedo verlo.

Miércoles 10

Me han cambiado de habitación, a una privada. Es un alivio; había mucho ruido en la otra, demasiada gente yendo de acá para allá, demasiados parientes visitando a los internados. Supongo que los demás dirán lo mismo de nosotros. ¿Vino la enfermera que revisa el suero? No distingo cuál viene para qué tarea. Me gustaría saber cuánto tiempo llevo en el hospital.

Jueves 11

Han sido buenos hijos tanto Sabrina como José y sé que cuidarán bien de Helena. Sea el momento que fuere en que me vaya, lo haré con la tranquilidad de que ellos no tienen grandes padecimientos y necesidades en sus vidas. Lo han hecho bien, mejor que yo. ¿Qué hora será?, parece de noche. No fue fácil criarte, José; te tocó ser el primero. Los dos fuimos aprendiendo lo que era esto de ser padre e hijo.

Viernes 12

No sé qué me pasa. Todo me da vueltas y los ojos me pesan demasiado. Oigo la voz de José. Está contándome lo que se tenía guardado. Así que fue él quien había chocado el auto aquella vez, y no alguien que lo embistió estacionado y huyó. No hace falta que me pidas perdón. Tampoco que me agradezcas por los sacrificios que hice para cuidarlos en las malas; son mi familia. Somos tan diferentes y tan parecidos. Siempre veo algo de mi carácter escondido debajo de esa piel. Dicen que el legado de los padres perdura a través de sus hijos. Lamento que no pueda ver crecer a Sergio y a Ernestina. Me molesta cuando los retás por pavadas. Deberías ser más complaciente con ellos.

Estoy demasiado cansado. El tono de su voz me arrulla. Gracias por el abrazo de despedida. Creo que voy a dormir otro rato.

Fin

4 – En el largo plazo

Ernesto observó la grilla en la pantalla del monitor: la columna de las variaciones diarias se pintaba de rojo, al igual que lo venía haciendo desde hace semanas, pero ahora con caídas más pronunciadas. Maldijo las compras que había hecho. Golpeó con el puño, como tantas otras veces, la mesa en la que estaba la PC. Se levantó arrojando la silla hacia atrás, la cual cayó al piso. Dio vueltas por la habitación, los labios fruncidos, la cabeza gacha. Murmuraba hablando consigo mismo. Levantó la silla con brusquedad, se sentó y colocó órdenes de venta, que se ejecutaron de inmediato. Las acciones siguieron bajando durante la siguiente hora y entonces frenaron su descenso. Luego, una en forma tímida cambió su tendencia; el resto la siguió. «¿Y ahora qué?», se preguntó. El rebote cobró mayor impulso. El verde afloraba en las variaciones diarias; había llegado la primavera al panel líder. Estiró las piernas, apoyó la espalda sobre el respaldo de la silla, meneó la cabeza. La mano sobre la boca ocultaba la sonrisa incrédula de su rostro. Rio, insultó y cada tanto levantaba el brazo a media altura con la palma extendida hacia arriba y lo dejaba caer muerto sobre las piernas; se preguntó quién lo habría ojeado. Una vez más, el mercado se burlaba de él. ¿Cómo comenzó todo? Retrocedió en el tiempo.

El sueldo le alcanzaba para lo básico y un montón de conceptos no eran remunerativos: no se contabilizaban para la jubilación. Estimaba el futuro monto a percibir por ellos en un porcentaje cercano al setenta por ciento. Aunque faltaban muchos años para el retiro, el tema le preocupaba. Debía encontrar una salida: una actividad adicional. Ser cuentapropista con los escasos ahorros acumulados era riesgoso. Una mala experiencia en el pasado lo hacía desistir de ir por ese camino. Vio una posibilidad en las inversiones. Investigó las del tipo inmobiliario. Los montos para ingresar eran elevados y para el retorno había que esperar años, sin posibilidad de recuperar parte o todo lo invertido antes de tiempo. Analizó otras y se decidió por las inversiones bursátiles. Podría operar online desde la web; comprar y vender activos sin esperas y desde la paz del hogar. Nadie lo interrumpiría; él estaba divorciado y no tenía hijos.
Se inscribió en un bróker, transfirió dinero y comenzó a invertir en la bolsa. En menos de tres meses había logrado una buena ganancia con las primeras acciones que compró. Pero al inicio del tercer mes, bajaron abruptamente. Había estado indeciso y escaso de reflejos. Golpeó la mesa sobre la que descansaba la PC; resopló y vendió con pérdidas. Esa fue la primera lección: no es ganancia hasta que se venden; si no, es sólo una apreciación del valor. Sin embargo, luego de una semana de bajar por el ascensor, las acciones comenzaron a subir y al poco tiempo superaron el precio al que las había vendido. Esta vez no hubo golpes. Sentado frente a la computadora, levantó los brazos y cruzó las manos por detrás de la nuca, se echó ligeramente hacia atrás y alzó la cabeza. Paseó la vista por la habitación, miró a través del gran ventanal la parra del jardín de la casa en la que las hojas, movidas por el viento, lo invitaban a respirar aire puro. Fijó la vista allí y le dio alas a sus pensamientos. Después de un rato, puso las manos en el teclado y comenzó a navegar. Una vez que encontró suficiente información, decidió hacerse con algunos libros de análisis técnico; que basan su estrategia de compra/venta en los gráficos de los precios de una acción a lo largo del tiempo. Había descartado por el momento el análisis fundamental, el que hace hincapié en el estado contable de la empresa.
A veces se sentaba a leer en las tardes bajo la parra, acompañando la lectura con una cerveza y maníes; otras, frente a la pantalla al necesitar hacer comparaciones con el mercado real. «Toda la información está en los gráficos» rezaba el mantra del análisis técnico. Con los nuevos conocimientos adquiridos, volvió a invertir. No siempre los movimientos se adecuaban a lo que había aprendido. Los valores parecían moverse en forma caprichosa. Entonces, supo que el gobierno intervenía en el mercado de bonos para que el dólar no se disparara. Los bancos estaban atiborrados de esos bonos, lo que provocaba que el precio de las acciones del sector bancario se meciera alocado en un subibaja y, debido al peso que tenían dentro de las acciones líderes, arrastraban a las demás. Las caminatas en círculo por la habitación con los brazos en jarra y la vista baja se transformaron en algo habitual, así como los insultos.
—Eso no está en los gráficos —comentaba, meneando la cabeza hacia los lados.
Entonces, recordó otro de aquellos preceptos del análisis técnico: «Comportamientos pasados no garantizan comportamientos futuros». Pero se percató de que a lo largo del tiempo el mercado le ganaba la pulseada a esa intervención y en un momento el gobierno se retiró debido a las grandes sumas de dinero que perdía en esas manipulaciones.
—Ahora, sí —se dijo al saber del flujo de los precios libres de esa intromisión.
Las cosas comenzaban a marchar. Y una vez más fue testigo de los berrinches del mercado. Un cambio de autoridades del banco central fue mal recibido por los grandes operadores y los precios cayeron.
Leyendo las noticias de los medios, tamborileó los dedos sobre la mesa. El seguimiento de estrategias de entrada y salida no estaba dando los resultados esperados. Como decía un famoso mentalista cuando algo no salía de acuerdo a lo esperado: «Puede fallar». Recurrió al lanzamiento de opciones de compra; operación en la que se gana si los precios se mantienen más o menos estables o se minimizan las pérdidas si estos caen. Fue una manera desafortunada de averiguar que un cambio de expectativas por un posible cambio de gobierno hacia uno más pro mercado haría subir las acciones en forma desenfrenada.
Ernesto colocó las manos en la nuca y presionó, haciendo sonar las vértebras. Intentó girar la cabeza hacia la derecha en su totalidad, pero le quedó trabada a la mitad. El brillo del sol de las tardes había sido reemplazado por el led de la pantalla del monitor, el aire puro por el viciado humo del tabaco y el contacto con la naturaleza por cuatro opacas paredes. Horas observando la fluctuación de los precios en tiempo real. «¿Qué estrategia tengo que usar para anticiparme al mercado?», se preguntaba de continuo.
Por las mañanas leía las noticias. A la tarde, ni bien llegaba del trabajo, se pegaba al monitor. Se inscribió en un sitio de publicaciones y orientación financiera; allí encontró una cita de uno de los mejores inversionistas del mundo: «Sé temeroso cuando otros son codiciosos y sé codicioso cuando otros son temerosos». En otras palabras: vender cuando todo el mundo compra y hacer lo opuesto cuando los precios caen. Esperó la próxima caída y compró, pero el precio siguió cayendo. Otra de las máximas rezaba: «Nunca intentes atrapar un cuchillo que cae». Las manos se le cubrieron de cicatrices.
El polvo se acomodaba en los rincones de las habitaciones y vestía con un velo a los muebles. Le ardían los ojos, sus ojeras eran evidentes, la ropa le quedaba más holgada y su piel comenzaba a confundirse con el blanco de las paredes.
Buscó qué hacerse de comer. Abrió el aparador: yerba, té, café y espacios vacíos. En la heladera, una gaseosa a la mitad, una jarra de agua y un huevo eran los únicos huéspedes. Pediría la comida a domicilio: un pollo con fritas; así tendría para comer por más de dos días sin preocuparse por cocinar. Había muchas decisiones que tomar; varios caminos. Entonces, por esa vez, dejó que todo siguiera su curso natural sin intervenir, que los precios corrieran, se acomodaran y ver qué sucedía. Iría sumando acciones y bonos de a poco.
Al cabo de un año, las cosas marchaban mejor de lo previsto. Se alegró de haber derrotado a la impaciencia. La bolsa había entrado en una tendencia alcista y, semana tras semana, los activos subían. ¿Debía salir? No, esperaría un poco más; no había nubarrones en el horizonte. Sin embargo, hubo una baja. «Toma de ganancias», pensó. La tendencia se aplanó: los precios descansaban agotados por el ascenso. «Es cuestión de esperar, no volverse loco. Ya va a volver al cauce anterior», pensaba. Los valores parecían moverse al ritmo del frío invierno. El dólar subía y, medidos contra él, el valor de los activos financieros se deterioraba. Las tardes grises se alargaban frente al monitor. Cada tanto apartaba las manos del teclado para rascarse la barba, con semanas sin rasurar, que le picaba. Los cajones del placar lucían despoblados y el cesto de ropa sucia había aumentado de peso. Las luces de las lámparas transformaban en niebla el humo que brotaba silencioso del cigarrillo. Esperaría a que los precios volvieran al nivel máximo anterior, medido en dólares, y entonces, ahora sí, vendería. Pero ese nivel nunca retornó.
Una semana antes de las elecciones presidenciales, el mercado comenzó a subir. Hacia el viernes, las subas eran notables. Los inversores esperaban un resultado positivo del partido gobernante. El día de la jornada electoral, el destino y los votantes dispusieron lo contrario. El lunes, la bolsa abrió con la caída más estrepitosa de su historia, con una pérdida del cincuenta por ciento medida en dólares. El corazón de Ernesto latía acelerado, pero no tanto como era de esperar.
«Es una caída exagerada, ya va a subir de nuevo, no al nivel anterior, pero sí mucho más alto que el actual. Habrá que esperar unos meses a que las cosas se calmen». Los meses pasaron. Lejos de recuperarse, los precios se deslizaron por un suave tobogán. Las noches lo encontraban despertándose a la mitad de la madrugada. Se acostaba a las diez. Se distraía con alguna lectura en la cama; lectura que cada tanto volvía hacia atrás. A las once, apagaba la luz. Giraba para un lado de la cama y para el otro, se sacaba alguna frazada que se empecinaba en pegársele en demasía al cuerpo; al rato volvía a cubrirse con ella y, cerca de la medianoche, se dormía. Al levantarse en la mañana, sus músculos, entumecidos, le dificultaban los movimientos.
«Tengo que aprender de estas experiencias, de estas pérdidas; si no, no sirve de nada todo lo que haga. Hasta los grandes inversores han sufrido porrazos antes de volverse exitosos. La recuperación va a llevar más tiempo», repetía una y otra vez. Pero lo inquietaba otro de aquellos malditos eslóganes que circulaban por el mercado: «En el largo plazo morimos».
Las pequeñas victorias lo exaltaban. Y cuando creía que había encontrado los indicadores adecuados para saber qué era lo que estaba ocurriendo detrás de los números, un golpe lo volvía a la realidad. El aprendizaje era constante, parecía no tener fin. Supo que había mucho de psicología de masas en esos vaivenes. Que los mercados globales estaban interconectados: uno estornudaba y los demás se resfriaban. El capital, además de ser especulativo, era cobarde. Un millonario influyente desarmaba posiciones, un funcionario de altísimo rango dictaba una medida económica contraria a los deseos de los inversores, y la ola resultante era un tsunami. Esos comportamientos eran difíciles, cuando no imposibles, de predecir. Una y otra vez las lecciones iban a contramano de sus deseos.
Y llegó el día en que se tuvo que jubilar. Afortunadamente, en los últimos años, el sueldo había mejorado y todos los conceptos se habían vuelto remunerativos. No tendría problemas de pasar. Sin embargo, se mantuvo en su «afición». Nuevas variables surgían, otros mercados se abrían, aparecían nuevos instrumentos. Ahora tenía más tiempo y podría poner toda la cabeza en una sola actividad. De modo que creyó tener el éxito asegurado.

Fin

5 – Búsqueda

Desvaría en pasión aquel amor

atormentado por el sufrimiento.

Sin ser capaz de conciliar su sueño

encadenado en sus padecimientos.

Por la flor que se marchita olvidada

late el inquieto corazón herido.

En mil penurias grises se desangra,

y en el alba se despierta afligido.

Cual diamantes que brillan las lágrimas

reflejan del apasionado su alma.

En una estrofa la voz podrá perderse,

en las palabras de amor enredadas.

En tus ojos se alimentará mi ansia

prendida de un amor que me estremece.

Va ella incrementándose cada día,

como la sombra que al ocaso crece.

Sabrá que me depara el cruel destino

que lo sabe todo y no dice nada.

Busco la luz que me alumbre el camino.

Busco la paz que me sosiegue el alma.

Fin

6 – El chantaje

No pudo más y, fuera de sí, gritó:

—¡Basta!, no te quiero oír.

—No me voy a callar —contestó él sin inmutarse.

—A ver si entendés. Andate y no vuelvas —ordenó ella mientras extendía el brazo indicándole la salida.

—Ya no vas a poder amedrentarme —replicó mirándola fijamente, sin moverse de la silla. Y añadió:

—Mejor sentate y hablemos. —No pensaba retroceder. No esta vez.

—No pienso quedarme un minuto más. Me voy.

Sofía agarró su cartera. Dio unos pasos, pero se paralizó ante lo que oyó.

—Se ve que tendré que hablar con Beatriz.

A continuación, Luis sacó el celular del pantalón. Ella se dio vuelta, lo miró, cerró los puños con fuerza. No podía creerlo.

—¡Qué ni se te ocurra! Te mato —amenazó furiosa, escupiendo cada palabra.

Él le vio un ligero temblor en los labios y entonces se dio cuenta de que bajo esa fachada de furia se ocultaba el temor.

—Me parece que no estás en posición como para querer imponerme condiciones —dijo mientras sostenía el celular.

Sabía que tenía la ventaja; no la iba a dejar pasar. Cuántas veces había deseado ese momento. Y ahora, que se le daba, quería saborear cada segundo como si fuera el elixir más preciado del mundo. Había soportado una y otra vez sus continuos desplantes y burlas. Dejarla al descubierto sería una buena revancha, aunque esas no eran sus verdaderas intenciones.

—Veamos qué opina Beatriz cuando descubra que su querida hermana fue quien arruinó su compromiso, al tener un affaire con su prometido. Aunque no creo que sea eso lo que más te preocupa que le diga, ¿no?

El temor salió de su escondite y afloró en lágrimas. Con mucho esfuerzo y la voz trémula, suplicó:

—No… por favor. No hagas eso. —Se cubrió la cara con las manos y rompió en llanto.

Él la miró con detenimiento. Nunca la había visto así, tan vulnerable. Pero eso no le iba a hacer cambiar de opinión. Todo lo contrario. Estaba dispuesto a sacar provecho hasta el límite.

—Bueno, entonces, ¿qué vas a hacer?

Ella paró de llorar. La había atrapado. No tenía más opción que acceder a su pedido. Sin mirarlo, preguntó:

—¿Cuánto querés para no decir nada?

—Bueno, tendría que meditarlo —respondió sobrando el momento—. No puedo negar que el dinero me vendría bien. Pensaba cambiar el auto, y pasar unas vacaciones en el exterior sería fabuloso. No conozco Miami. Esa sería una buena alternativa, entre tantas. Me encantaría ir a un buen hotel. Con uno de cuatro estrellas, me conformo. Pero en la vida también hay otras cosas.

Ella cerró los ojos, resopló haciendo pasar el aire entre los dientes apretados. Él seguía hablando, dueño de la situación. Lo miró de reojo. Vio su amplia sonrisa mientras gesticulaba con las manos, contando sus planes. ¿Quién le había proporcionado la información? ¿Estaría Raúl involucrado? Era un descuido increíble, que no se podía perdonar. Ahora, estaba a merced de ese imbécil. Entre medio de sus pensamientos, alcanzó a oír.

—… sí, nos vamos a divertir mucho los dos —. Abofeteada por esas palabras, reaccionó:

—¿Qué?

—¿No pretenderás que vaya solo? Además, alguien debe hacerse cargo de algunos gastos extras. Descuidá, prometo llevarte a los mejores restaurantes. Aunque, eso sí, no seré yo quien pague la cuenta. ¡Ah!, casi me olvidaba, por el sexo no te preocupes; no es eso lo que busco. Aunque si quisieras… —Y levantó las manos a la altura de los hombros mostrando las palmas.

Ella lo miró entre desconcertada e incrédula, cuando no con desprecio, intentando dilucidar qué era lo que pasaba por esa cabeza.

—Estás loco —sentenció.

—Loco, pero no tonto.

Sin embargo, a raíz de lo que sucedería en esas próximas semanas, Luis demostraría que era mucho más tonto de lo que podía parecer.

Fin

7 – Persecución

Miré la cartelera; me había equivocado con el horario. Faltaba una hora para que empezara la película. Medité un momento en qué gastar esos largos minutos hasta verme con Sandra. Para colmo, había olvidado el celular en casa; por suerte, traía el reloj. Eché a andar rumbo al zoológico. Me esperaban más de diez cuadras de caminata, pero no había apuro; tenía tiempo de sobra. No lo visitaba desde que era chico. ¿Cómo estaría?

Con sólo trasponer la entrada percibí un cambio: la concurrencia del sábado era mucho menor a la que recordaba. A medida que me adentraba, todo me parecía más sombrío y triste. Quizás fuera la tierra que manchaba las veredas del paseo; el ensañamiento del clima sobre las jaulas y estructuras, que pedían un poco de clemencia y mantenimiento; o los pastos sin cortar, abandonados a su libre albedrío. Me detuve frente a una gran jaula en la que un viejo chimpancé, en cuclillas, apoyaba la espalda, derrotado, en el acrílico que lo separaba del mundo. Caminé frente al vallado hasta una posición desde la cual me fuera posible verlo mejor. La falta de pelaje, los pliegues de la piel colgando y algunas canas daban testimonio de sus años. Permanecía cabizbajo con la mirada fija en el piso, quizás recordando épocas de libertad. Levantó la cabeza y entonces vi la expresión de su lánguida cara apergaminada y no pude más que pensar en el hastío de una vida en cautiverio. No divisé señales de algún compañero de celda.

Continué con el recorrido. Un león famélico permanecía inmóvil rodeado de barrotes y alambre. En un compartimiento vecino, un tigre de tres patas hacía esfuerzos por dar unos pasos. Un enorme foso con una pileta vacía en donde otrora se bañaba un oso polar, permanecía en silencio. Me alejé del sector de las jaulas y corté camino por uno de los senderos hacia la salida. A un costado, mi vista tropezó con un carrusel inactivo y, a unos metros, unas hamacas y subibajas oxidados y con la pintura descascarada. No había chicos jugando. Todo el conjunto formaba una maraña de metal esperando ser desmontada para despedirse del complejo, al igual que el resto de sus habitantes. Un vestigio de una época pasada que se desvanecía en el tiempo. Gastaría los minutos que me quedaban en el parque Del Lago, ubicado enfrente.

Escapé del zoológico y crucé la calle. Varias personas, de todas las edades, trotaban o caminaban por los senderos. Desde lo alto de los pinos, tilos y tipas se esparcía un coro de silbidos y cánticos de cardenales y zorzales, cuando no un escandaloso cotorreo. Un par de nenes corrían detrás de una pelota y un padre hacía de arquero en un arco improvisado con un par de ramas. Dos enamorados, en una banqueta de madera, sellaban en besos la pasión del uno por el otro. Me senté en una de las bancas y aspiré la brisa, saciándome con el olor a tierra húmeda y pastos verdes, que me transportaban a un paisaje campestre. Cerré los ojos y alcé la cara al sol. Era una tarde primaveral sin nubes, apacible. Por un momento todo me pareció lejano y dejé las preocupaciones a un lado. Aunque aún seguía intrigado por el mensaje repentino de Sandra para vernos en el cine Avenida. Un mensaje escueto con un ruego para que fuera. Raro viniendo de ella.

Las risas musicales de unas adolescentes que tomaban mate sentadas bajo un fresno me tintinearon en los oídos y volví al presente. Miré el reloj y entonces me di cuenta de que estaba demasiado justo con la hora. No llegaría a tiempo si iba a pie; hora de tomar el subte. Me levanté y en unos minutos llegué a la estación central. Descendí por la boca de acceso al sótano de la ciudad. Siguiendo las indicaciones, recorrí los laberintos revestidos de pequeños azulejos esmaltados; unas veces en verde pálido, otras en azul marino, que me recordaban las clases de cerámica en la primaria de doble escolaridad a la que había asistido. Llegué a la plataforma. Los históricos carteles de publicidad me saludaban desde las paredes y un artista callejero, provisto de un pequeño parlante, aporreaba su guitarra al otro lado del andén. Creí reconocer la canción, aunque no recordaba el nombre. Le eché una mirada a la pantalla de uno de los monitores que pendían desde el techo; no iba a tener que esperar mucho. Dirigí la vista hacia el fondo del túnel de concreto y enseguida vi, reflejada en las paredes en círculos concéntricos, la luz del subte. De inmediato, apareció como una sonda luminosa y metálica que se deslizaba presurosa sobre las vías en busca de la estación. El inconfundible traqueteo de la marcha se hacía más audible. Al arribar frenó, chilló y expulsó aire como si las ruedas de metal, por algún extraño designio, se desinflaran. Las puertas laterales se abrieron. Por fortuna, no era la hora pico y los vagones sólo eran eso y no latas de sardinas atiborradas de personas. Un sonido agudo, imitando al de una pava silbadora, anunció el cierre de las puertas y la máquina arrancó con un suave deslizar que fue ganando velocidad. Las lámparas a cada trecho en el recorrido, la falta de luz externa y la claustrofobia del túnel creaban en mi cabeza la imagen de una mina sumergida en lo profundo de una montaña. Mientras que el traqueteo rítmico y constante ronroneo del subterráneo me invitaban a adormilarme en el asiento. Sin embargo, el breve tiempo entre las paradas y la rapidez del viaje hicieron que pronto llegara a destino.

Al bajar y buscar la salida, divisé un hombre que se detuvo frente al puesto de revistas de la estación y comenzó a hojear una. Al pasar a su lado, vi que había tomado un periódico y procedía a pagarlo. Salí al exterior y enfilé rumbo al cine. Al mirar hacia atrás, distinguí a aquel sujeto, mezclado entre los transeúntes, tomando una dirección contraria a la mía. Creí ver algo que no encajaba. Sin darle importancia, apuré la marcha.

Al llegar al cine, Sandra no aparecía por ninguna parte. Esperé unos minutos. Quizás ya había entrado. Ingresé en el momento en que las luces disminuían su brillo, extinguiéndose como velas en la oscuridad. Aun así, tuve tiempo para echar una rápida mirada y darme cuenta de que no estaba. Pronto los peldaños eran un recuerdo que se desvanecía en las retinas, y los indicadores lumínicos en las escaleras guiaban mis pies. Desde la sala de proyección, un potente haz de luz desgarró las sombras y pintó de colores la impávida pantalla. Los murmullos de los espectadores se fueron apagando de igual modo que el de una rompiente que llega a la orilla, a la vez que el tronar del sistema de sonido comenzó a retumbar desde los parlantes en las paredes. Estiré el cuello y alcé la vista, buscando algún sector semivacío. Ubiqué una butaca libre a la izquierda. Al sentarme el tapizado crujió; aún se percibía el aroma a nuevo de los asientos. Miré hacia la entrada para ver si llegaba Sandra. Nada. Pero reconocí a una persona; una que ingresó con las manos vacías y los brazos libres, y me inquieté: el tipo de la estación del subte.

Fin

8 – Poemas

Anhelo

Al viento susurrarán las hojas.

Al viento navegará el mundo.

Suspirarán las mareas al divisarte,

y despertarán a un sueño profundo.

Consuelo necesitaré cada vez que no te vea.

Pues es inmenso este anhelo mío,

que no conoce de divisiones y lejanía.

Tan sólo se sosiega mi alma,

al tener muy cerca tu dulce compañía.

Veré desfilar los días.

Veré la noche parir estrellas.

Tu cuerpo bañará la luz de la luna,

y el sol irradiará tu sonrisa.

Pero ninguno de ellos podrá acariciarte,

como yo con esta blanca poesía.

Angustia

Vaga mi alma angustiada

por estrechos pasillos

perdida, olvidada.

No logra ver un camino

que sea salida.

No hay mañana, ni presente

tan solo un oscuro vacío

que nunca está ausente.

Qué me depara el destino

más que nieblas y neblinas.

Da lo mismo luz y sombra,

los campos sembrados,

los montes devastados.

Terminará esta angustia algún día.

Veré las escarchas derretirse,

y en un mágico momento

brillar al firmamento.

Fin

9 – El chanta

Habíamos quedado en encontrarnos en un café. Uno, de un par de conocidos suyos. No sé por qué accedí ni por qué siempre me encontraba involucrado con este tipo de personajes. Nos sentamos y, al abrir su boca, el tema fue el de siempre: el autoelogio permanente basado en hechos de dudosa veracidad. A veces pensaba que su obesidad estaba alimentada por su enorme ego. ¿Por qué lo aguantaba? Un imbécil con todas las letras. Alguna vez terminaría diciéndoselo, aunque no ese día. De sus fanfarronerías pasó sin trámites ni demoras a enumerar qué cosas debía yo hacer y cuáles no. Me costaba entender por qué no aplicaba esos consejos en él, en vez de tratar de convencerme a que yo los siguiera. Por si no quedó claro, estaba harto de sus chiquilinadas y comportamiento; como lo de hacía unos instantes. Al repartir las mediaslunas en dos platos, me dio las que había agarrado con sus dudosas pulcras manos y él se quedó con las que no había manoseado. Sólo faltaba que metiera el dedo en mi café para comprobar si estaba caliente. Entonces, dejó caer dos terrones de azúcar en su taza; agarró otros dos y, sin más, los echó en la mía.

—¿Eran dos o tres? —preguntó en medio de su monólogo, haciendo amague de arrojar otro, y antes que le contestara, otro terrón fue a parar al fondo de mi taza.

¿Para qué me quedaba? ¿Qué raro influjo me ataba a la silla? ¡Qué ganas de levantarme y tirarle toda la mesa encima! Buscaba una excusa para irme, cuando dijo:

—Tengo un negocio redondo. No puede fallar. Nos vamos a hacer ricos.

Estúpido de mí que, en vez de salir corriendo, me quedé como un pavo a escucharlo.

—Criptominería —dijo como si hubiera descubierto la piedra filosofal.

—Eso gasta mucha electricidad —respondí—. Además hay que hacer una fuerte inversión en equipos y esperar un tiempo para que reditúe.

—Te ahogás en un vaso de agua. Ya te dije que no tenés que ser tan negativo. Tengo solucionado lo de la electricidad y la compra de todo lo que necesitamos. Un amigo mío, Juan, es electricista y conectaría los cables de electricidad para que no pasen por el medidor de luz. Así, minaríamos gratis.

Ya lo sabía, siempre en la trampa, qué otra cosa podía esperar de él. No cambiaba más.

—De todos modos, tenés que tener lo que se llama una granja de servidores para minar Bitcoin, lo cual son cientos de máquinas; lo leí hace poco en un portal —y puse mi mejor sonrisa pensando que lo había atrapado, pero…

—¿Y quién habló de Bitcoin? Vamos a minar ETH: Ethereum. Siempre hablando demás vos. Por suerte estoy acá para corregirte —retrucó, devolviéndome la sonrisa y meneando la cabeza.

—Juan va a ser parte del negocio también. Instalamos los equipos en nuestras casas. Así, repartimos la responsabilidad y la carga. Si por alguna razón se corta la electricidad en alguno de los domicilios, los otros dos siguen funcionando —añadió.

—¿Cuánto nos va a salir comprar los equipos? —pregunté. ¿Cómo?, ¿yo hice esa pregunta?, ¿estaba considerando involucrarme?

—Yo fui el de la idea y, además, consigo las máquinas a bajo precio. Tengo un conocido que las trae de contrabando y, por si fuera poco, conecta todo por unos pocos pesos; pero no tengo plata en este momento. Mi mamá está en las últimas y no creo que le quede mucho. Alguna herencia voy a recibir, pero andá a saber cuándo. Juan está complicado, tiene algunas deudas.

Comenzaba a ver por dónde pasaba mi participación en el proyecto.

—Vos me dijiste que tenías algún ahorro que no sabías en qué invertir. Bueno, acá te doy una que no puede fallar. Garantizada. Confiá en lo que te digo. Sé de lo que hablo.

¡Por qué habré prestado oídos a tales palabras!

—Además, si algo va mal, vendés los equipos y listo. ¡Hasta capaz que hacés una diferencia a favor!

Y contra toda sensatez dije:

—Pasame cuánto saldría todo y vemos.

¿No se suponía que yo era una persona honesta? Por desgracia, averiguaría en un par de meses que Ethereum dejaría de minarse a la manera de Bitcoin; y que haberme dejado llevar por la codicia, y ese sinvergüenza, me costaría algo más que plata.

Fin

10 – El retorno

Marcel permanecía oculto entre los árboles de la ladera del bosque. La luz de la luna asomaba mortecina entre las ramas. Algún búho interrumpía de vez en cuando el silencio. Espiaba, asomando la cabeza por detrás de los troncos, esperando ver la luz esperanzadora del tren. Consultaba el reloj cada tanto, el tiempo parecía haberse ralentizado. El eco del pulso de sus latidos iba a mayor velocidad que el segundero.
—Marcel, ¡ey! Marcel —rompió el espectral silencio una apagada voz entre los árboles, haciendo que el tiempo volviera a su cauce—. Soy yo, Pierre.
—¡Pierre! —exclamó Marcel sorprendido—. Creí que te habían atrapado. ¿Cómo hiciste para eludirlos?
—¡Ja!, como si no me conocieras. ¿En serio pensaste que me iba a dejar atrapar por esos novatos? —dijo acercándose a Marcel.
—Como sea, amigo —respondió él y ambos se dieron un breve y sentido abrazo—, me alegro de que estés acá. ¿Hace mucho llegaste?
—Si no calculo mal, hace unos quince minutos, más o menos.
—El tren no ha pasado, ¿no?
—No, aún, no.
—Menos mal, por un momento pensé que mi reloj atrasaba.
—Es la ansiedad por escapar de este lugar. Si todo sale bien, mañana habremos cruzado la frontera.
—Sí, ansío volver a casa —dijo Marcel, apagando la voz hacia el final de la frase. No podía dejar de pensar en volver con Sophie, su esposa, quien quizás lo creía ya muerto. Eso era lo que generalmente sucedía cuando no se tenía noticias de los soldados después de meses de la última batalla en la que habían intervenido y se estaba del lado perdedor.
—¿Este es el mejor lugar para abordarlo? —preguntó Marcel, escapando de sus pensamientos.
—Estuve inspeccionando desde lo alto de un árbol. Hay una curva bastante cerrada hacia delante, antes de que el tren vuelva al llano. Ahí va a tener que bajar la velocidad. El asunto es que no logré divisar si podemos acercarnos lo suficiente para subir a él; de no ser así perderemos esta chance —una nube que tapó la luz de la luna y la brisa fría que descendía entre las copas de los árboles, parecían presagiar lo peor.
—¿Podemos saltarle encima o tenemos que correr al lado para subir en él?
—No sabría decirte, esa es mi preocupación: que el camino esté empedrado de tal forma que no nos permita correr o que no haya ningún sitio para arrojarnos sobre él. Lo que sí, creo adivinar que esa curva bordea alguna pendiente; por algo es tan cerrada —conjeturó Pierre.
—Veremos entonces, ahora… —, pero calló ante unos gritos que conocía bien. Una patrulla que debió haberlo seguido. Marcel pensó en su mala fortuna cuando estaba tan cerca de escapar, y, entonces, a lo lejos vio una luz roja y oyó el traqueteo del sonido de la libertad que se acercaba, y su esperanza renació. Aún había una oportunidad.

Siempre amó toda forma de vida. Por diminuta o desagradable que pareciese, así se tratara de un perro, un sapo, una araña, para Sophie eran lo mismo. Criaturas de Dios a las que no se las debía dañar. A excepción de los mosquitos, creo que nunca la vi matar ni siquiera un insecto. En las tardes se perdía en los jardines, detrás de las plantas, observando curiosa y alegre todo bicho que se moviera. Era uno de sus pasatiempos favoritos. A veces la acompañaba. No es que me interesara mucho, pero era una forma de pasar el rato.
Sophie era delgada y de aspecto frágil. Sus piernas me recordaban a las de las aves zancudas, tan finas que parecía que iban a quebrarse ante el menor golpe. Aun así, su sonrisa y sus ojos siempre brillaban entre medio de sus graciosas pecas, enmarcadas a cada lado por sus rizos dorados. Ella era bastante bonita, cosa que por supuesto jamás un hermano admitiría a esa edad. Como a muchos niños, no le gustaba la oscuridad; la aterraba. De noche dejaba una lámpara prendida en el dormitorio. En cuanto ella se dormía, me levantaba a apagarla. Una vez, atrapó unas cuantas luciérnagas que liberó en la habitación. Decía que si lograba que se posaran en el cielorraso sería como tener nuestras propias estrellas iluminándonos y no necesitaría ya de la lámpara encendida para dormirse. Se llevaba bien con los chicos de su misma edad de la vecindad, no tanto así con los de la escuela. Cuando la molestaban, me buscaba para que la defendiera; cosa a la que siempre estaba dispuesto porque para eso están los hermanos mayores. Uno al que varias veces tuve que advertir era Marcel. De tan persistente y fastidioso me obligó a pasar a la acción: lo derribé de un puñetazo y después de eso ya ni siquiera se atrevía a mirar a Sophie en mi presencia. Por lo menos eso pensaba.
Sophie se convirtió en una hermosa joven y, por las vueltas de la vida, Marcel en uno de mis mejores amigos. Ella no entendía mi relación con aquel que había sido su pesadilla escolar, y guardaba algún enojo hacia mí. Pero él había cambiado mucho, ya no era el diablillo del aula, sino un joven cortés, que siempre estaba dispuesto a ayudar a los que lo necesitaran. De tanto frecuentar la casa, era lógico que en algún momento olvidaran los viejos rencores y se pusieran a charlar entre ellos. Luego, comencé a ver las risas y miradas que se prodigaban. Aunque lo disimulara, me daba cuenta de que Sophie esperaba con ansias las visitas de Marcel. Con el tiempo, pasó a ser un amigo de la familia y a estar más rato con ella que conmigo, por lo que no me sorprendió cuando anunciaron su noviazgo.
Luego de unos años, se casaron y todo parecía ir bien, hasta que estalló la guerra. A Marcel le tocó en suerte combatir en el frente. Yo fui un poco más afortunado; a mi batallón le fue encomendada la tarea de proteger la frontera. Hubo una gran batalla en la que él intervino, una catástrofe en la que sufrimos una terrible derrota con un gran número de bajas. El que no apareciera entre la lista de los sobrevivientes y la falta de noticias nos hicieron pensar lo peor. Durante meses, Sophie se aferró a la idea de que mientras nadie encontrara su cuerpo, no se lo podía dar por fallecido. Entre tanto, el médico le dio la buena nueva: estaba embarazada. Una gran noticia en medio de la tristeza. Sin duda, el hecho de esperar un hijo de Marcel la ayudó a no caer, y lejos de amilanarse adquirió una fortaleza que le desconocía; creo que hasta su rostro se tornó más duro. Mientras rezaba para que su esposo apareciera con vida, pasaba el tiempo atendiendo a los animales. Había adquirido un par de conejos que se habían sumado a los gatos y perros de la casa. También tuvo en esa época un canario, pero no soportó el hecho de verlo enjaulado y lo liberó al poco tiempo de que se lo regalaran. En cierta forma, el cariño que le devolvían los animales funcionaba como una terapia para ella.
Y un buen día, sus ruegos fueron escuchados: Marcel regresó, después de escapar por tren a través de Suiza. Había pasado por mucho; estaba delgado al extremo y tenía una gran cicatriz en el brazo, fruto de la última batalla. Sophie no podía contener la alegría y todo en ella parecía haberse revitalizado. De continuo nos recordaba que nunca había que dar por muerto a nadie hasta que no apareciera el cuerpo. Marcel tuvo unas semanas de descanso, en las que varios pobladores se acercaron para conocer al héroe que había sobrevivido en territorio hostil y burlado las líneas enemigas para regresar a casa. Tiempo más tarde, fue reasignado a otro batallón, pero ya no tuvo que volver al combate. Al caer sobre el tren, se dislocó el tobillo de tal forma que le quedó una renguera permanente; los días de batalla habían terminado para él.
Ganamos esa guerra, pero al envejecer, Marcel perdió una pelea más dura: le diagnosticaron cáncer de pulmón. Yo perdí a mi amigo y Sophie parte de su vida. Pude ver como nunca el amor que ella sentía por él, a través de los cuidados que le prodigó en sus últimos días. Los chicos, Pierre y Vallerie, ya eran mayores y fueron un sostén importante para ella. Sophie puede mirar hacia atrás con orgullo. Mi pequeña y dulce hermanita. Tuvo una vida plena y los nietos le prodigan el enorme cariño que se merece. Ella, pacientemente, ante sus pedidos, les repite de buena gana alguna anécdota de las que vivió Marcel en la guerra; sobre todo la de cómo logró huir saltando desde las laderas de un terreno empinado y rocoso sobre un tren en movimiento; y cómo junto a Pierre lograron burlar el puesto fronterizo enemigo. Y por supuesto, los animales siguen jugando un rol importante en su vida. Como esos graciosos patitos que siguen a su madre en perfecta fila cada vez que se dirigen al estanque, y que los niños aman. No sé qué más nos deparará el futuro. La vida se va acabando y siempre estaré agradecido de tenerla de hermana.

Fin

11 – Fábula: La hormiga laboriosa

En un hermoso jardín

donde la vida florecía,

había una vez una hormiga

que trabajaba todo el día.

Que temía por el viento,

que temía ser pisada,

que la lluvia le cayera

y que el agua la llevara.

Comida le sobraba,

pues las verdes hojas crecían

en abundancia suficiente,

pero nada le bastaba.

Se sentía insegura

y su vida era una desdicha.

No disfrutaba del paisaje hermoso,

que se levantaba ante sus ojos.

Propuso agrandar el hormiguero

que fuera como un gigante,

Un castillo fortificado,

en un paraje exuberante.

Y cuando estuvo terminado,

sus muros se derrumbaron,

pues su tierra era frágil

y los vientos los tiraron.

Las demás hormigas enojadas

ante tanto esfuerzo por nada

a la hormiga la culparon

y en un rato desterraron.

Hoy vaga sola lamentando,

haberse preocupado en demasía,

En vez de haber disfrutado,

lo que la vida le ofrecía.

Fin

12 – El último deseo (variante de Cuidado con lo que desees)

En un tiempo lejano, cuatro jarrones de cobre fueron sellados con una tapa de plomo y escondidos en regiones distantes unas de las otras. Cada jarrón contenía un genio atrapado en el interior. La leyenda contaba que al liberarlos otorgarían tres deseos a quien los rescatara del encierro, los que debían ser pedidos en un plazo no mayor a cien días.

Tres de los cuatro fueron hallados, a lo largo de los años, por personas de condición humilde, que debían trabajar duro cada día para ganarse el alimento. Eran hombres simples que deseaban una vida mejor. Por lo que sus dos primeros deseos estuvieron emparentados. No hubo mucha sorpresa y fueron previsibles: riqueza y poder.

Así, cada uno obtuvo fortunas que iban más allá de lo imaginable. Palacios suntuosos cuyas cúspides parecían perderse por las noches en el firmamento, con salones que rebosaban en monedas de metales preciosos. Infinidad de joyas que sólo eran dignas de portar por lo más alto de la realeza. Jardines adornados con lujosas fuentes custodiadas por portentosas figuras de animales esculpidas en oro rojo. Y territorios que abarcaban prados, desiertos, bosques, montañas, mares. Tan vastos eran los dominios, que parecían extenderse por todo el mundo.

Y en cuanto a su poder, la palabra de cada uno era ley. Sus ejércitos estaban tan bien preparados y eran tan numerosos que nadie se atrevía a enfrentarlos. Y no sólo en tierra desplegaban su poderío; las flotas de naves guerreras surcaban los mares y azotaban a cualquier enemigo declarado.

Pero fue el tercer y último deseo el que los perdió, al extralimitarse en el pedido. Y estas son las historias del tercer deseo de cada uno de ellos y del cuarto jarrón.

Primer jarrón: Abdel Fatta fue el que encontró y liberó al primer genio.

Todo lo que este le otorgó con los dos primeros deseos quizás hubiese bastado para cualquiera, pero no para Abdel. Pues la vida es corta y lamentaba no tener el tiempo suficiente para disfrutar de todas sus posesiones y poder como él quería. Y sólo vio una forma de lograrlo. Por lo que, dirigiéndose al genio, hizo el tercer y último pedido.

—Genio, mi tercer deseo es ser inmortal.

Dicho lo cual, el alma de Abdel fue separada de la prisión mortal que constituía su cuerpo, asegurándose la inmortalidad, pero ya sin poder disfrutar de las riquezas y el poder otorgados. Así, el espíritu de Abdel Fatta vaga por la eternidad, en la nada del espacio.

Segundo jarrón: Transcurrieron más de cien años desde el hallazgo del primer jarrón hasta que Bahir encontró el segundo. Después de otorgados los dos primeros deseos, viéndose Bahir en la cúspide del mundo, pensó día y noche en el tercer y último de ellos; no podía equivocarse. Una mañana conjeturó, en lo que creyó un momento de extrema lucidez, que si él fuera un genio podría hacer y deshacer a voluntad cuanto capricho le pasara por la cabeza sin tener que preocuparse por lo que poseyera o no; ya que con un simple pensamiento sus ambiciones más profundas serían cristalizadas. Entonces, se dirigió al genio y le ordenó que lo convirtiera en uno igual a él.

Concedido el pedido, el poderoso Bahir, convertido en genio, espera en un jarrón de cobre el momento en que alguien lo libere.

Tercer jarrón: Pasaron varios siglos hasta que Amal Jaziri descubrió el tercer recipiente y liberó a su prisionero.

Al igual que Abdel y Bahir, estuvo deliberando con el tercer deseo. Creyó que podía ganar tiempo con una ocurrencia que le cruzó la cabeza. Demandó, entonces, que se le otorgaran tres deseos más. El genio, al escuchar tales palabras, atinó a reír fuertemente; tan fuerte lo hizo que las montañas cercanas retumbaron con el estrépito de la risa.

—No puedo concederte tal pedido, eso caería fuera de las reglas. Tampoco hubiese permitido que llevaras el límite de tiempo a una mayor cantidad de días.

—¿Cómo saber entonces qué es lo que puedo o no pedir? Pues si hago una pregunta, la respuesta a la misma será tomada como un deseo.

El genio rió con ganas otra vez y respondió:

—Si ese es tu temor, aléjalo de ti. Puedes hacerme cuantas preguntas quieras; ninguna será tomada como tu encargo final.

Dicho lo cual, Amal atosigó al genio día y noche con preguntas de toda índole. El genio nunca perdía la paciencia y contestaba de buena gana. Y un buen día, por fin, llegó el momento en que Amal creyó hallar la clave. Sin embargo, alzó la codicia al mayor nivel posible. Sin pensar más, se dirigió al genio y, con voz clara y sonora, dijo:

—Genio, quiero ser una deidad.

—Ese es un pedido que está más allá de mis poderes, pero consultaré a los dioses para saber si quisieran otorgarme, por única vez, el don para cumplir con tu demanda.

El genio cerró los ojos, entró en un estado de profunda meditación y después de varios minutos los abrió lentamente, suspiró y dijo:

—Eres afortunado. Los dioses me han concedido esa gracia, aunque no envidio tu suerte. Y antes de que Amal pudiera esbozar siquiera una palabra, completó:

—Que tu voluntad sea cumplida.

Otorgado el pedido, Amal comparte en el llameante y caluroso reino de Shaitán un lugar entre sus hijos.

Cuarto jarrón: El último genio prisionero espera con paciencia que alguien lo libere. Sus hermanos, a través del susurro de las voces de los vientos, le han contado los pedidos que han tenido que satisfacer. Él medita y pasa el tiempo incrementando su poder y conocimiento. En sus sueños ve el instante en que lo liberan y escucha el pedido de los dos primeros deseos, pero lamenta que siempre despierta sin lograr alcanzar a oír el tercer y último de ellos.

Fin

13 – Haiku

A la penumbra

tiende el cielo la mano

en la derrota.

Llora la tarde

en lágrimas ligeras

al alto verde.

Cantos agudos,

vibrante sinfonía

entre las copas.

La voz del viento

arrullando las ramas

mece los nidos.

Podrá la tierra

esparcir su fragancia

hoy bendecida.

Alma que vaga

en nostalgia volando

por tiempos idos.

Cruje en el cielo

estruendo luminoso

en retirada.

Son los últimos

compases del adiós

de Zeus la mano.

La noche vendrá

y al sueño acompañará

a un nuevo día.

Otros llegarán,

sucederán muchos más.

Siempre girarán.

Fin

14 – Un oscuro secreto

Sé lo que piensan. Es lo mismo que yo pensaría si estuviera en el lugar de ustedes. Pero el hecho es que estoy de este lado y me vi en la obligación de hacer lo que hice. Creí que había tomado todos los recaudos necesarios para que nadie me viera, pero no fue así.

Fui juzgado por el sólo conocimiento del crimen que cometí, lo que fue informado con detalles por la prensa, aunque nunca di a conocer el motivo. Nadie debía saberlo.

Es cierto, ella era mi amante, pero no tuve más alternativa que terminar con su vida. ¿Por qué lo hice? Piensen, por un momento, no en su más oculto secreto, sino en su deseo más oscuro. Aquel que les avergüenza; que les revuelve la conciencia el solo hecho de que les pase por la mente. Pero que, en un mundo imaginario, fuera de todas las reglas y moral del nuestro, pueden fantasear con llevarlo a cabo sin culpa ni remordimiento. Sin embargo, este mundo no es aquel y mi atrevimiento me costó caro. Aunque no tanto como lo que hubiese sucedido si Mariela hubiera abierto la boca para narrar lo que vio. Aun en el caso de que hubiese jurado no decir una palabra de lo que había presenciado, no podía arriesgarme. Además, el simple hecho de saber que ella lo había visto todo transformaba mi vida en un tormento imposible de enfrentar; peor que el de permanecer tras las rejas de por vida. Por eso tuve que silenciarla.

No fue nada premeditado, como se ha dicho alguna vez, simplemente llegó a mi casa de improviso esa tarde. El timbre no funcionaba y, en vez de golpear, no tuvo mejor idea que usar una copia de la llave que le había dejado tiempo atrás, cuando viajé al exterior, y que por no encontrarla no me la había devuelto. Quiso darme una sorpresa y la sorprendida fue ella. Jamás olvidaré su cara de repugnancia y temor extremo al ver lo que estaba haciendo. En cambio, sí olvidé la imagen de su rostro al darle el primer golpe en la cabeza con el atizador de la chimenea. Golpe que repetí hasta asegurarme de que no fuera a hablar. Pero si bien en aquel momento sentí un enorme alivio de que mi secreto siguiera a salvo, hoy sufro por no poder llevarlo a cabo, del mismo modo que un adicto ante la abstención. No había previsto ese efecto. La existencia se me ha transformado en un sinsentido insoportable.

Ya nada importa. Cuando lean esta carta, estaré muerto. Sin embargo, antes de irme, contaré con detalle cómo esa idea prohibida nació en mi cabeza y los pasos que tuve que dar para hacerla realidad. Quizás, entonces, entiendan por qué la maté.

Tal es el extracto de los primeros párrafos de la nota hallada en la celda de Jaime Odriozola, quien se quitó la vida ahorcándose con las sábanas.

Fin

15 – Sonetos

Se va la vida

Sabe de claros días mi ilusión

de parajes otrora majestuosos

invadidos por grises impetuosos.

Migra el ave con la nueva estación.

Cálido arrullo que encerrar no pude.

Tierra arrasada, tierra comprimida.

Esta no es, aquella era otra la vida,

eran otras las cosas que yo tuve.

Afloran vivos en mis pensamientos

un pasado que se ha ido de este mundo

y un tiempo que se arrastra moribundo.

Galopan secas hojas en los vientos

y allí donde quiera mi vista mire

cenizas quedarán cuando yo expire.

Enamorado

Van asomándose duros tormentos

con la carga de este dolor constante

del que no logro librarme un instante.

Fogosos se expresan mis sentimientos.

El cielo es testigo de esta pasión.

No todo es siempre en la vida colores

por más bellas que despunten las flores.

Canta conmigo una dulce canción.

No quiero vivir ya más engañado.

Miento si digo que espero con calma

una palabra que sosiegue mi alma.

Mi corazón late, va arrebatado.

Eres la dueña de mis pensamientos

apaga con tu voz mis sufrimientos.

Fin

16 – Opiniones opuestas

Fabio llamó a la puerta de la oficina. Marisa lo recibió y lo hizo pasar. Después de los saludos correspondientes, intercambiaron unas pocas palabras y ella fue en busca de Vanesa, quien se encontraba dando indicaciones a una de las empleadas. Marisa le dijo algo al oído y Vanesa giró. Dirigió su vista hacia él y se quedó observándolo unos segundos. Sonrió, se dio la vuelta, completó la indicación que estaba dando y fue a su encuentro.

—Hola, soy Vanesa. ¿En qué te puedo ayudar? —preguntó.

—Hola, soy Fabio. Vengo por el asunto de los ascensos del escalafón laboral. Hay un error en la forma en que lo aplicaron.

Ella no dejaba de mirarlo.

—Pasemos a mi despacho, así podemos hablar con más intimidad, ¡eh…!, quiero decir, con más tranquilidad y menos ruido —aclaró y sintió que se ruborizaba.

—¡Ah! Qué lástima, lo de la intimidad me gustaba más —contestó él con una breve risa, provocando que ella se sonrojara aún más.

—No seas malo —retrucó, riendo con cierto nerviosismo.

Entraron en el despacho. Un cubículo de dimensiones reducidas delimitado por tres tabiques opacos, de una altura de unos dos metros, y una pared. Hacia la mitad del largo de esta última se ubicaba un escritorio, pegado a ella por su costado más angosto. Dos sillas de madera, a cada lado del mueble; una lámpara de mesa; y un fichero de metal se sumaban al mobiliario de la oficina. Varios papeles desparramados yacían sobre el escritorio y algunos expedientes que esperaban a ser atendidos, apilados sobre el fichero, completaban el cuadro.

Ella se sentó doblando las piernas sobre la silla, con los pies colgando sobre el borde derecho. Apoyó ambos brazos en el escritorio; uno descansando en él y el otro sobre el codo, sosteniendo el mentón con la mano cerrada y flexionada hacia fuera. Ya no tenía la vista en Fabio, sino en los dedos de su propia mano, que repiqueteaban sobre la superficie del mueble. Él se sentó y extrajo unas hojas impresas de un sobre de papel madera que llevaba consigo, posiblemente de tamaño A4.

—El tema es así —arrancó diciendo y enseñando una de las hojas—. Repasemos cómo es el sistema, ante todo para entendernos.

»En el escalafón del empleado tenemos cuatro clasificaciones por formación; en orden de importancia ascendente son: inicial, intermedia, avanzada y experta. Dentro de cada grupo hay cinco niveles que se enumeran del 1 al 5, siendo el 5 el mayor nivel.

»También tenemos que hay una correspondencia entre sueldo y nivel: cuanto más alto el nivel, mejor sueldo. Complementado esto, tenemos que el sueldo del nivel 1 de un grupo es mayor al 5 del grupo inferior.

»Con todo esto aclarado, hay dos formas por las cuales puede mejorar la retribución salarial del empleado: por cambio de agrupamiento o por subir niveles dentro del grupo de clasificación. Y si es el primer caso, se coloca al empleado en el nivel 1 del nuevo agrupamiento.

—Hasta ahí estamos de acuerdo, ¿no? —preguntó él.

—Sí, sí. Hasta ahora, sí —confirmó ella.

Bien, pasemos ahora al asunto que me trae hasta acá. Ustedes me están negando el incremento de nivel que me corresponde, por mi reclasificación en el escalafón de hace cuatro años atrás: era intermedio y subí a avanzado. Pero lo que dice la disposición es que se debe excluir del ascenso a todo aquel que hubiera obtenido uno en los últimos cinco años. Sin embargo, yo no obtuve un ascenso, sino que cambié de agrupamiento.

Ella miraba el papel mientras él explicaba. Sus dedos se movían en la hoja con suavidad, acariciando el papel. Sus uñas estaban cortadas con prolijidad y limpias. Las manos blancas, salpicadas de vellos, sin callosidades, típicas de las personas que hacen trabajos de oficina y que no realizan trabajos de exigencia y fuerza manual. No llevaba alianza en los dedos, ni ningún otro anillo. Echó una ojeada a la otra mano: allí tampoco. «¿Habrá dicho lo de la intimidad como chiste o en serio?», pensó.

—No, pero mirá —respondió ella y tomó la hoja.

En la hoja había impresa una grilla en la que las clasificaciones figuraban como encabezados de las columnas y las filas estaban numeradas en orden ascendente desde abajo hacia arriba, coincidiendo con lo que se llamaba el índice salarial. Dentro de las intersecciones de las celdas, figuraba el nivel correspondiente.

—Lo que Fabiana hizo cuando confeccionó las planillas para cada agente, con el ascenso que se le debe dar, es fijarse en el índice salarial que figuraba hace cinco años y en cuál se encontraba antes de aplicar lo que dice la disposición. En tu caso —dijo posando el dedo sobre el grupo intermedio—, subiste por el cambio de clasificación. —Y movió su dedo hacia arriba y a la derecha —lo cual en sí es un ascenso.

A medida que ella explicaba, Fabio observaba el deslizar de sus dedos y luego le echó un vistazo a la otra mano.

—Estás mal —interrumpió él—. El error es doble. Repito, la disposición no habla de cambio de agrupamiento y mucho menos de índice salarial. El ascenso es un incremento de nivel dentro del grupo. Estás moviendo el dedo en base a cómo aumenta la retribución salarial —argumentó Fabio.

Ella no estaba convencida y, además, siempre estaba segura de lo que hacía y le costaba dar el brazo a torcer, aunque no tuviera razón. Tampoco le interesaba que él tomara el asunto como algo personal. Por más que no estuvieran de acuerdo, le agradaba la sonrisa y la mirada cálida que transmitía; algo paternal, quizás. Se le hacía que tendría unos seis o siete años más que ella. Haber pasado los treinta sin pareja comenzaba a hacerle ruido.

—Bueno, de todos modos, lo que yo diga, después tiene que ser refrendado por la Dirección de Recursos Humanos de la Central. Así que lo que yo sugiera y firme no tiene un valor definitivo hasta que ellos lo ratifiquen —explicó.

En los siguientes minutos, cada uno continuó insistiendo con su punto de vista sin arribar a ningún acuerdo.

—¡Uf! Sos difícil de convencer —dijo él.

—Sí, porque tengo razón —respondió rápido ella.

Él hizo una pausa. Permaneció un instante mirándola. Las miradas se cruzaron. Entonces, sonrió.

—¡Qué lástima! Sos agradable y bastante linda, pero te la pasas contradiciéndome; si no, quién sabe, ¡capaz que hasta te invitaba a salir! —dijo riendo, buscando descontracturar la situación con un chiste. Uno de esos que se dicen medio en broma, medio en serio.

Ella rio nerviosa y se sonrojó; aquello más que chiste le pareció atrevido. En otro, no lo hubiese dejado pasar así nomás. Sin embargo…

—No me digas que por esto te vas a frenar —contestó para su propia sorpresa.

El que ahora soltó una risa nerviosa fue él.

—Qué interesante —dijo para disimular, y se quedó callado con la vista hacia arriba buscando las palabras adecuadas.

Ella lo miraba con ansiedad, la cabeza inclinada, los ojos alzados, una sonrisa esbozada en los labios. Ya había perdido la vergüenza inicial y ahora estaba al acecho.

—¿Te parece encontrarnos en Frawen’s el viernes a la noche, tipo nueve? —preguntó.

—Sí, estaría bien, creo que no tengo ningún compromiso.

—Bien, olvidemos, por ahora, el tema del escalafón. Te espero, entonces. Te doy mi celular por si acaso.

—¿Por qué?, ¿estás pensando en arrugar? —dijo sonriendo con malicia—. Si pasa algo, venís y me decís. Trabajamos en el mismo edificio. Me gustan las cosas de frente.

Él dejó escapar una breve risa.

—¿Y si me pasa algo el viernes a la tarde, fuera del trabajo?

—Ni se te ocurra —respondió muy segura Vanesa.

—Al final resultaste más brava de lo que pensé.

—Esperá a que me conozcas mejor.

—¡Ja, ja! —rieron los dos.

Ambos se levantaron, dijeron algunas palabras más y se despidieron con un beso en la mejilla.

Una vez que Fabio abandonó la oficina, Vanesa se quedó pensando en qué podría pasar si le firmaba el dictamen en forma desfavorable. Es lo que creía que debía hacer. Ella era la directora de estructura y planteles básicos de la sucursal y su obligación era actuar conforme a las normas, no a simpatías ni a relaciones personales. «Espero que no me haya invitado pensando que con eso le iba a firmar a favor. Si es así, perdió. Por otra parte, si le intereso de veras, sabrá entenderlo», pensó.

Como comprobaría más tarde, esa primera vez no supo entenderlo.

Fin

17 -Regalo inesperado

Víctor era químico. Graduado en la Universidad de Buenos Aires veinte años atrás, había cursado la carrera sin contratiempos; jamás reprobó un parcial ni un final. Poco tiempo después de recibirse, ingresó en una de las compañías multinacionales instaladas en la ciudad. Al cabo de ocho años de intensa labor, pudo independizarse y abrió su propio laboratorio.
Todas las mañanas se levantaba temprano, a eso de las seis, desayunaba, escuchaba las noticias en la radio y partía rumbo al trabajo cerca de las siete. No volvía a la casa para almorzar; en su lugar, solicitaba un delivery que le llevaba la comida a su despacho. Casi siempre regresaba a su hogar alrededor de las ocho de la noche. A veces, se quedaba enfrascado en alguna investigación que lo demoraba más de la cuenta. En una ocasión, se había ensimismado tanto que ya había amanecido cuando se retiró.
Los fines de semana, lo encontraban en su casa, sumergido en la lectura de algún libro de ciencia durante el día y, en la noche, jugando alguna partida en el club de ajedrez: uno de sus pocos pasatiempos. No era adepto a la televisión, excepto por algún policial de tipo detectivesco: que no fuera de acción.
Si bien había tenido alguna que otra novia, nunca se casó; dedicaba escaso tiempo a las relaciones sociales. Por las mismas razones, tenía pocos amigos. Uno de ellos, Héctor, trabajaba con él. Se habían conocido en la multinacional. Víctor lo consideraba muy capaz. Además, era del tipo de persona que sabía escuchar y que siempre estaba dispuesta a dar una mano en lo que se necesitara. El único punto que le provocaba cierto escozor era su afición por esos antiguos libros de alquimia apilados sobre el estante superior de la biblioteca de su casa. Le parecía interesante su lectura desde el punto de vista histórico, ya que la química era una evolución de la alquimia, pero allí acababa todo su atractivo. Sin embargo, la forma apasionada con la que Héctor hablaba al referirse a esos libros le hacía pensar si no había en él algo más que un mero interés histórico. Sobre todo en el último tiempo, cuando había salido como tema de conversación más a menudo que de costumbre. Por momentos, parecía que Héctor creía que había algo de verdad en toda aquella parte que Víctor consideraba charlatanería, cuando no, brujería. Víctor detestaba lo que estuviera emparentado con temas tales como hechicería, misticismo, magia. No concebía un pensamiento fuera del racionalismo.
De buenas a primeras, Héctor se ausentó del laboratorio durante algunos días sin previo aviso. Nunca había dejado de informar cuando un asunto lo obligaba a faltar al trabajo. Víctor le envió mensajes por celular, sin obtener respuesta. A la tarde del tercer día, decidió llegarse hasta su casa. Al arribar vio el auto estacionado en la vereda y las persianas abiertas, señal de que estaba en la vivienda. Víctor llamó a la puerta.
—¿Quién es? —preguntó la voz de Héctor desde dentro.
—Yo, Víctor.
Se hizo una breve pausa.
—Un momento, voy por las llaves —avisó Héctor.
Al rato, las llaves giraron, la puerta se abrió y él asomó tras ella. La barba crecida, el pelo despeinado y el cansancio reflejado en su rostro daban cuenta de haber estado ocupado en algo que consumió toda su atención y tiempo. Por otra parte, un delicioso aroma a café que llegaba desde la cocina aprovechó la puerta abierta para esparcirse al exterior.
—¿Qué pasó? —preguntó Héctor sin saludar.
—¿Qué pasó? —repitió en eco Víctor—. Hace tres días que no aparecés por el laboratorio. ¿Puedo pasar? —quiso saber, contrariado por la actitud de su amigo. Héctor no tenía por costumbre dejarlo afuera cuando lo visitaba ni tampoco no saludarlo.
—Sí, sí, claro. Perdón —se excusó, para agregar de inmediato—. Tres días, ya. No me di cuenta.
—¿Se puede saber en qué andás?
—Estoy de lleno con una investigación y perdí la noción del tiempo.
—Espero que no sea algo referente a la alquimia —expresó con una leve sonrisa Víctor. Algo en su interior le dijo, de inmediato, que no debió haber utilizado esas palabras.
Como toda respuesta, Héctor se limitó a bajar la vista, plegar los labios hacia dentro y hacer silencio.
Víctor dejó de sonreír. Miró en forma atenta el rostro de Héctor. Un silencio incómodo se interpuso entre ambos. Héctor tomó aire y, saliendo de su mutismo, contestó:
—¿Y si así fuera?
Esa era la respuesta que Víctor temía, la que no quería escuchar.
—Es una broma, ¿no?
—No, no lo es —se limitó a dar Héctor como toda explicación.
—¿Querés ser millonario convirtiendo el plomo en oro? —preguntó Víctor, dejando entrever un tono sarcástico en su pregunta.
—Bueno. No te olvidés de que eso es posible con reacciones nucleares. También está la búsqueda de la panacea. Pero la alquimia no es sólo eso, también es una disciplina espiritual y filosófica. Hay fuerzas ocultas en la naturaleza que los antiguos alquimistas podían manipular y cuya metodología guardaron con un celo tan profundo que, por desgracia, se perdió en el tiempo. Usamos el conocimiento que tenemos de plantas y minerales para preparar medicamentos y ungüentos; sin embargo, nos hemos quedado a mitad de camino. Pensá en esto: hay palabras que nos estimulan, que crean cierto patrón que nos modifica el comportamiento no sólo por el tono en que se dicen, sino también por los sonidos que la componen. ¿Nunca te preguntaste qué efecto tienen sobre las cosas que nos rodean? ¿No han usado acaso magos y brujos, mediante conjuros, esta fuerza invisible a su favor? ¿Por qué no nosotros? Yo quisiera tener ese conocimiento, poder ser como ellos. Uno de los secretos, sospecho, está en la tonalidad empleada; es decir, en la frecuencia de las ondas sonoras. Como el caso de las cantantes de ópera que pueden romper con determinada nota el cristal de una copa.
Héctor hablaba y en Víctor crecía un sentimiento de indignación ante toda esa palabrería mística. No le iba a contestar lo de las reacciones nucleares y el oro; eso era posible, aunque por pocos segundos y de partículas microscópicas. En cambio, no podía dejar pasar así como así toda la sarta de estupideces que le siguieron. Héctor era parte importante del laboratorio. Si alguien se enteraba del pensamiento y de los tipos de experimentos que desarrollaba, podía comprometer todo el prestigio de la empresa y arrastrarlo a la ruina.
—¿Así que a eso te querés dedicar?
—Sí —contestó Héctor convencido.
—Si vas a cambiar la ciencia por esto, no contés con que no sigamos viendo.
—Bueno, si te lo tomás así, ¿qué voy a hacer?
La respuesta de Víctor no se hizo esperar.
—Yo te voy a decir lo que podés hacer —dijo clavándole la mirada—. Dejar todas esas tonterías de lado y seguir siendo lo que sos: un verdadero científico, no un charlatán de feria. ¿Pensás que todas esas estupideces te van a llevar a algún lado? No imagino otra cosa que la burla o la cárcel. La práctica de la brujería está penada por ley.
—Exagerás. Isaac Newton le dedicó más tiempo a la alquimia del que le dedicó a la física. Por otro lado, no te olvides de que la química moderna es un desprendimiento de ella. Además, estoy convencido de que se trató de uno de los tantos posibles caminos, una sutil desviación que se limitó a unos pocos aspectos. Sólo estamos viendo una parte del todo. Hay un campo inmenso para investigar que está ahí, esperando por ser descubierto. No todo es racionalismo. Vivimos encerrados en el método científico.
—¡Sos un estúpido! No sabés lo que decís. Tanta lectura fantástica te cegó. Estás hablando de otra época. No podés comparar. Si Newtoon viviera hoy y mirara para atrás, estaría avergonzado de esa parte de su pasado. ¿Te das cuenta de que estás tirando todos los años de tu carrera universitaria a la basura? ¡Sacrificás todo por un cuento de hadas!
—Es mi elección.
—Sí, y va a ser tu ruina —le advirtió Víctor con más pesar que enojo—. No podés volver al laboratorio si pensás seguir con esto.
—No pensaba volver. Iba a renunciar. No sabía cómo decírtelo, pero esto lo simplifica. Terminé de decidirlo el fin de semana. Sé que puede parecer muy precipitado, pero los avances que estoy logrando me acercan al descubrimiento del quin…
—¡Basta! —gritó Víctor enfurecido—. No tenemos más de qué hablar. Me marcho.
Héctor se dio cuenta de que era inútil tratar de convencerlo, así como lo era el intento de Víctor para que él cambiara de opinión.
Víctor se dirigió a la puerta; Héctor lo acompañó junto con el ruido de sus pasos.
—Hasta luego —saludó Héctor.
—No, Héctor. Esto no es un hasta luego: es un adiós definitivo.
—Si así lo ves…
Víctor bajó la cabeza, la movió hacia los lados, suspiró y sentenció:
—Sos una vergüenza para la ciencia. —Y, sin volver la vista atrás ni saludar, se retiró.
Héctor se quedó observándolo, inmóvil, hasta que se fue. Una parte de su vida había decidido darle la espalda y marcharse para siempre.

El tiempo pasó y el mundo cambió. Aunque algunas cosas siguieron iguales, como la rutina que Víctor repetía cada mañana antes de ir al trabajo. Pero ese día se le ocurrió que, después de diez años, quizás podía llegar a contactarse con Héctor. Iba a ser difícil; había desistido en ocasiones anteriores, pero esta vez iba a hacer el intento sin importar el resultado. Se dirigió a su auto, subió y lo encendió. La luz de encendido le indicaba que el vehículo estaba en marcha. El coche era completamente silencioso, además de automático, híbrido, pero totalmente ecológico; tan sólo aire puro salía por el caño de escape. Esto último gracias al descubrimiento de lo que había sido llamado el santo grial de la energía. Un compuesto en base a hidrógeno que hacía funcionar medios de transporte, motores, artefactos eléctricos; en fin, todo aparato por donde circulara electricidad, a un costo irrisorio y con una potencia descomunal; tanta que ya se habían logrado enviar naves que llegaban a Marte en tan sólo un par de semanas. La conquista del espacio había dado un gran salto, al igual que la humanidad. Y todo gracias a un tropiezo, a un efecto secundario, a un descubrimiento de esos que, sin importar que hayan sido accidentales, marcan una bisagra en la historia; ese que utilizando resonadores había hecho su multimillonario amigo Héctor en la búsqueda del quinto elemento.

Fin

18 – Las rayas de mi mano (Prosa poética)

Dicen que las rayas de la palma son mucho más que líneas. Que son páginas abiertas que cuentan de lo que será la vida parte de la historia. Van ellas dibujando surcos a su paso, como si un pequeño y loco arado las hubiese dormido trazado. Están las que se dirigen hacia arriba y, por supuesto, la contraparte que melancólica va hacia abajo; pero ¿quién decide que el inicio es arriba y el fin es abajo?

Las gitanas proclaman que en ellas está trazado el destino. ¡Haberlo sabido antes para no parir tantas vanas ilusiones! Pues bien, si de mí tuviera que hablar, diría que corazón tengo mucho, mas no así tanta cabeza. De dinero mejor no hablemos, y mi salud siempre anda escondida entre camas y dudosos remedios. Pero si las líneas de mi mano son las que hablan, contradicen a mi boca. Hay una que narra las aventuras de mi fabulosa futura vida desde el borde del monte de la más hermosa de las diosas, y otra más chismosa se entromete en mis amores. Si les echo el ojo encima, veo que unas están claras, otras están borrosas. Más que rayas, parecen recuerdos que dejan marca en la memoria. Muchas se entrecruzan como formando telarañas; quizás sueñen con atrapar una mano amiga, un amor imposible o sólo uno de verano. Aunque bien miradas, más que telarañas, parecen canales marcianos, pero siempre terrenales las líneas de mi mano. Unas son cortas, otras son largas, unas avanzan hacia un dedo y otras a mitad de camino duermen fatigadas. Parecen en un momento, al acercarse las líneas, ponerse de acuerdo la de la cabeza y la del corazón; mas poco dura el entendimiento y direcciones opuestas toman cada una por su lado.

Son ellas las líneas de la vida, las rayas en las palmas de mis manos.

Fin

19 – Dejà vu

El audio del televisor, que olvidamos apagar, se entromete en el silencio de la habitación. Echados en la cama, ninguno de los dos le prestamos atención; es sólo ruido blanco de fondo. Los últimos rayos de luz de la tarde hace rato se han esfumado, dando paso a la oscura noche. Tendida a mi lado, ella reposa en silencio, la cabeza contra mi pecho. De sus cabellos emana una hipnótica fragancia dorada que me embriaga. Paso la mano por ellos con la absurda idea de atrapar su magia; sólo la suave caricia del recuerdo queda entre mis dedos. Quisiera decir algo, pero por ahora no digo nada. Sin embargo, en mi cabeza fluyen nostálgicos los recuerdos como el agua de un oasis. Trato de evadirme. Me llegan, entonces, imágenes que deseo. Afloran a mi boca las palabras y sin poder contenerlas te halago con bellas promesas que susurro a tu oído. Sé que estoy solo a pesar de que en este instante esté a mi lado. Sin decir nada me abraza resignada; escucho su mudo lamento tras un muro de arrepentimiento. La consuelo con mis besos, aunque de nada vale: cada uno se pierde en el pasado. Mañana será otro día; los dos nos levantaremos, nos daremos los buenos días, diremos algunas breves palabras de compromiso y seguiremos nuestros caminos: separados, como lo hemos estado desde hace tres años. Una noche de intimidad motivada por un momento de flaqueza y soledad, de lo que ayer era y hoy no. Tan sólo un déjà vu que efímero se alejará solitario en el tiempo.

Fin

20 – Problemas labiales

¡Ah!, no lo soporto, es algo que me supera. Es una cuestión de piel, una áspera, diría yo. No sé a quién se le habrá ocurrido que los hombres se deben saludar con un beso en la mejilla. Un saludo agitando la mano o estrechándola está bien para mí, pero ¿un beso de alguien con barba? ¡No, no, no, no, no! ¡Bastante tengo con los bigotes de mi abuela! Pobre Abu, ¿por qué nadie le poda los cactus que le germinaron sobre los labios?

Y, encima, están los fanáticos, los insistidores; esos que hasta que no te besan no descansan. Cualquier ocasión les viene bien: entran a la oficina, un beso; te ven en el ascensor, otro beso; se olvidaron de que te saludaron, y otro beso más. Uno de ellos es Pichu, un voluminoso compañero de trabajo. Un implacable besador serial. La otra vez cruzaba yo la calle en 7 y 50, ¡zona transitada si las hay! El semáforo estaba por cambiar y apuré el paso. En eso veo a Pichu venir de frente. El tipo se me acerca, levanta el brazo y me pone la mano al hombro.

—Hola ¿Cómo estás? Vení que te saludo con un beso —dice, calculando fríamente sus palabras.

—¡No, para! ¡Está por cambiar la luz! —contesto, presa del pánico.

—No sea arisco. Vamos, salude. Que esperen los autos.

Me aproxima la cara, firme en su empeño, e intento defenderme. Le pongo el antebrazo en el pecho. Estira el cuello hacia delante; siento la presión de su mano en mi hombro. Pliega los labios hacia afuera en botón. Me resisto con todas mis fuerzas. Aprieto los dientes; mi rostro se tensa.

—No, no, después te saludo —alcanzo a musitar con un hilo de voz delgado y sin aire. Procuro recordar alguna toma de lucha grecorromana y atino a colocar los brazos en cruz y anclar las piernas para impedir que sus labios se me acerquen.

Mis súplicas son en vano. La luz cambió y los bocinazos arrecian. Ya tengo su cara a unos escasos centímetros.

—¡Mmmu! —comienza a mugir su tenebrosa voz.

En una rápida maniobra, pongo toda la palma de mi mano en su cara y me arqueo hacia atrás, alejándome de esa boca perversa.

—¡No, no…, basta! —son mis últimas palabras antes de perder la vertical y caer rendido sobre el duro pavimento con los ciento veinte kilos de su humanidad encima de mí. Los autos pasan a nuestro lado, poniendo en riesgo nuestras vidas, pero eso no es suficiente para hacerlo desistir de su vil propósito. Toda tentativa de resistencia es inútil; es mucho para mis escuálidos sesenta y seis kilos. Y, finalmente, sometido, me estampa un hilo de baba en la mejilla.

—¡Mmmua! ¡Ahí está! Así me gusta, que sea sociable —expresa en tono triunfal y se levanta en medio del vitoreo y los aplausos de unos adolescentes que habían presenciado la escena.

¡Agh! ¡Odio los besos!

Fin

21 – Me muero de risa

Me llamo Beatriz. Enviudé hace muchos años y no me he vuelto a casar. Las circunstancias en las que murió mi marido fueron muy peculiares. Se llamaba Gastón. Era un hombre con un gran sentido del humor, de risa fácil. Amaba todo programa cómico que anduviera dando vueltas en la televisión. A veces los veía con él y me costaba entender de qué se reía tanto. Hubo, en esos años, un programa nuevo por el que tenía preferencia; no recuerdo el nombre, pero sí que era de un cómico inglés. Es increíble que dado lo que sucedió haya olvidado cómo se llamaba. El asunto es que una noche me quedé acompañándolo después de la cena a ver el programa. A pesar de que lo quería mucho, su risa era a veces difícil de soportar; risotadas desenfrenadas sin control. Recuerdo el sketch. El cómico en cuestión, caracterizado como un japonés y vestido con un kimono, se interpuso delante de un oso que estaba por atacar a una mujer. El comediante se disponía a luchar con él y adoptó una pose de combate de kung-fu. El oso se alzó en dos patas y sorpresivamente imitó la pose. Se notaba a la legua que el animal había sido reemplazado por una persona disfrazada. Mi marido estalló de risa. El cómico, en un rápido movimiento, cambió a otra posición de lucha y el disfrazado de oso hizo lo mismo. Gastón rió desenfrenadamente.
—¡Ja, ja, ja!
—Bueno, no es para tanto —intervine.
El tipo agarró al oso de dos de las patas y comenzó a girar sobre sí como si fuera a lanzar un martillo en una olimpiada.
—¡Ah, ja, ja, ja! ¡Ah, ja, ja, ja! —se descostillaba de risa Gastón, y se retorcía tomándose el estómago.
—Voy a hacer café. ¿Querés uno? —pregunté.
—¡Ah, ja, ja, ja! —obtuve como única respuesta.
Me dirigí a la cocina en medio del alboroto. Llené la cafetera de agua. Gastón continuaba con su carcajada incontrolable que estremecía la casa. Oí un ligero golpe.
—¡Ah, ja, ja…, Be… Beatriz…, me… me muero…! ¡Ah! ¡ja, ja, ja!
—¡Uf, qué exagerado! Basta, Gastón, no es para tanto; se van a venir a quejar los vecinos —contesté y no pude evitar soltar una breve risita imaginando esa irrisoria posibilidad.
La histérica hilaridad de mi marido se fue apagando y el volumen del televisor terminó por taparla. Respiré aliviada.
Terminé de preparar el café. Llené dos tazas. Las puse en una bandeja de metal, junto con la azucarera y las cucharas, y me encaminé hacia el comedor. Al primer golpe de vista no vi a Gastón en el sillón. Enseguida lo encontré tirado en el suelo con ambas manos en el pecho, los ojos cerrados y una amplia sonrisa en el rostro, que me hizo acordar a la de un nene con un juguete nuevo. Una de sus bromas, pensé.
—¡Qué gracioso! Dale, levantate que te ensuciás todo —lo reté—. Ya está el café.
Giré y dejé la bandeja en la mesa. Me di vuelta y él continuaba ahí: tirado como un trapo de piso. Me disponía a regañarlo de nuevo, pero me detuve. Estaba demasiado quieto, como una piedra. ¡Su pecho!, no se movía. Fui hacia él, me agaché y lo zamarreé poniéndole mi mano en el hombro.
—¡Gastón, Gastón! —Sin embargo, nunca contestó ni volvió en sí. Hice varios intentos antes de llamar a la ambulancia. Nada que hacer. Tiempo después me informaron de la causa de la muerte: asfixia seguida de paro cardíaco provocados por un ataque de risa. Murió con esa amplia sonrisa en la cara y no tuve corazón para pedirles a los de la funeraria que le contrajeran los labios; se veía tan feliz. Eso sí, por obvias razones, dado lo serio de la situación, lo velamos a cajón cerrado.

Fin

22 – Con el corazón en la boca

Era un trabajo sencillo. Los dueños no estaban en casa; habían salido a cenar. Debíamos entrar y tomar el dinero de la caja fuerte, que se encontraba detrás de una pequeña biblioteca en el estudio. Pepe se quedó haciendo de campana afuera y nos ayudó a saltar el paredón de entrada. Caí al otro lado con bastante torpeza, y mientras me levantaba, el Cholo me cayó encima y terminamos los dos despatarrados en el jardín. Después de echarnos mutuas culpas por el incidente, enfilamos hacia la casa. Teníamos una copia de la llave, gracias a una prima de Pepe que había trabajado en la vivienda meses atrás. Confiábamos en que no habían cambiado la cerradura. La probamos y la llave giró sin problemas.
Una vez dentro, ingresamos al estudio alumbrándonos con un par de linternas. Escaneamos la habitación con ellas. Había un escritorio robusto de algarrobo; un modular, que vestía de copas y licores; sillas de madera, de asientos acolchonados; un piso alfombrado; tres cuadros, pendiendo sobre las paredes; y, finalmente, la biblioteca. El Cholo no pudo resistir la tentación y se sirvió un vaso de whisky.
—¿Querés un trago? —me preguntó.
No podía creer su falta de profesionalismo.
—Bueno, pero ponele un poco de hielo —contesté.
—Voy a buscar a la cocina.
Saqué el papel donde tenía anotada la combinación; otra gentileza de la prima de Pepe que en un descuido del dueño de casa había visto donde la guardaba. No había tenido más que esperar a estar a solas para ir y copiarla.
—… veintitrés, izquierda; cinco, derecha y… ¡Voilà! La caja se abrió, eché un vistazo rápido y no vi dinero.
El Cholo apareció cargando el vaso de whisky con hielo.
—¿Qué pasó que tardabas? —pregunté.
—En la heladera vi una sartén con salsa de tomate y algo de carne. La metí en un bol y lo puse a calentar en el microondas. En un rato va a estar. Tengo hambre. No comí nada hoy. Aparte, me vendría bien comer algo bueno de vez en cuando.
—No sé cómo se te ocurre pensar en comer en un momento como este… ¿Olía bien?
—¡Cómo los dioses!
—Bueno, ayudame a buscar el dinero. No encuentro nada, puros papeles.
—A ver…, no…, acá tampoco… Sí, acá no hay nada. ¡Qué chasco! Pero yo no me voy sin llevarme algo, por lo menos llenemos el estómago. Vamos a comer —propuso.
—Sí, vayamos y comamos rápido. Yo también tengo hambre —contesté—. Y no lavemos nada y dejemos todo desordenado por tener la caja vacía —añadí molesto.
Ingresamos a la cocina y un delicioso aroma nos llenó la nariz. No habíamos acabado de deleitarnos con ese olor cuando el microondas pitó.
—¡Qué bien huele! —dijo el Cholo, al tiempo que sacaba el bol del microondas.
—¿A ver qué es? —quise saber y lo destapé.
Unos tiernos trozos de carne y dos hojas de laurel flotaban a la deriva en una salsa roja de puré de tomate, zanahoria y cebolla.
—¿Y si prendemos la luz para ver mejor? —sugirió mi compañero.
Me pareció una excelente idea. Encendimos la luz. Tomamos unos platos, un par de servilletas, dos hogazas de pan, y pusimos todo en la mesa. En la heladera había varias latas de cerveza; sacamos dos. Nos servimos dos cucharones bien colmados de esa exquisita carne con salsa.
—Tendríamos que decirle a Pepe que venga —propuso el Cholo.
—No, que se joda él y la prima, nos hizo perder el tiempo con esa caja fuerte llena de papeles. No se merece ni un pedazo de pan.
—¡Mmm!, qué rico está esto.
—Me parece que es corazón de res —dije.
—¡Mirá vos!, no sabía que podía estar tan bueno.
Abrimos las latas de cerveza, las alzamos y brindamos por una gran cena. Pinchamos unos trozos más y cuando nos disponíamos a masticarlos, ingresó la policía y nos pilló con el corazón en la boca. Resultó ser que había una alarma silenciosa en la casa; parece que «eso» se le escapó a la prima de Pepe. Adiós al banquete y adiós a nuestras correrías por un buen tiempo. Por fortuna, no todo salió mal. En la cárcel, los domingos, a veces nos suelen servir corazón de res a la plancha con puré.

Fin

23- Dos diarios

Diario de Emanuel .

Lunes 25 de noviembre

Hoy fui al departamento de Cristina: la necesitaba. Ella me comprende mejor que Marta. No es que ya no quiera a mi esposa, pero nos hemos alejado. Creo que la rutina y el habernos casado tan jóvenes nos jugaron en contra. Las personas cambian con los años. Lo que ayer me emocionaba hoy, no; y lo que consideraba inverosímil, ya no lo es.

En un descuido me olvidé de echarle el cerrojo al cajón del escritorio en el que guardo el diario. Espero que Marta no lo haya encontrado en caso de que se le haya dado por revisar mis papeles. No sé cómo reaccionaría si lo leyera. Debo ser más cuidadoso. De momento, lo he ocultado en otro sitio de la casa; uno en el que estoy seguro jamás lo hallará.

Martes 26 de noviembre

Me dio la impresión de que Marta estaba atenta a cuando sonaba el celular. Lo silencié por si acaso, pero eso me hizo estar más pendiente de los mensajes. De todos modos, era un cliente de años con un problema eléctrico en la casa que me pedía consejo y los pasos a dar para solucionar el tema. Cris sabe que no me debe enviar mensajes hasta que yo le avise o hacerlo sólo en horas de trabajo. La tengo agendada con nombre de varón, por las dudas.

Al ver que tecleaba, Marta quiso saber con quién estaba chateando. Le contesté con un chiste y la acusé en broma de desconfiada. A pesar de eso, no creo que haya leído el diario. Me hubiera encarado furiosa. El resto del tiempo se la pasó con lo de siempre: que me tendría que ocupar más de las cosas de la casa.

Miércoles 27 de noviembre

Cristina quiso saber si en algún momento tengo pensado dejar a Marta. Las cosas se complican. Es difícil cuando hay chicos de por medio. Si no estuvieran ellos, creo que ya me hubiese divorciado e iniciado una nueva vida. Espero que el día que me separe, sea en buenos términos.

Jueves 28 de noviembre

Quizás Cris tenga razón. Estoy estirando la agonía. ¿Qué estoy esperando? ¿Que los chicos sean grandes y se independicen? Mañana voy a hablar con Marta. No puedo seguir así; he cambiado con los años. Tengo que hallar el momento y la situación adecuada para hablar de nuestro matrimonio y lo que queremos cada uno. Quizás ella tampoco esté conforme y quiera separarse.

Viernes 29 de noviembre

Ayer Marta me tomó de sorpresa. Preparó una noche íntima: luces bajas, alcohol del bueno, música suave y una comida exquisita. Se veía bien con el nuevo peinado. Me recordó los buenos tiempos. Sentí algo de nostalgia, pero sólo eso. Esos momentos no volverán por mucho que lo intente; el mundo sigue girando. Hoy sé lo que quiero y a quién quiero a mi lado. No pude hablarle sobre los temas que me interesaban. No creí que fuera el momento para hacerlo. De todos modos, ella jamás podrá ser como Cris por mucho que se esfuerce.

Sábado 30 de noviembre

Trabajar para la empresa en la calle y de modo particular por mi cuenta me facilita esta doble vida. Pero no sé hasta cuándo la podré sostener. No tengo descanso. Además, en los fines se complica. Es más fácil los días de semana. De todas maneras, Cris ya está avisada de que hay sábados y domingos que me va a ser imposible verla. Tengo que hacer vida de padre. No me puedo ausentar de mis hijos. Puedo fingir un asado con los compañeros de trabajo, algún cumpleaños, alguna emergencia de un cliente, pero no mucho más. Se dificulta cuando Marta insiste en querer acompañarme a las reuniones. Siempre me justifico diciéndole que yo no voy a las salidas con sus amigas, así que por qué vendría ella conmigo, y me quedo mirándola incrédulo como si hubiese dicho algo malo. Eso la hace sentir culpable.

Domingo 1 de diciembre

Debido a los acontecimientos del día, estoy iniciando un nuevo diario.

Se pudrió todo. Caí como un estúpido en una trampa que me puso Marta. Se ve que ya sabía o sospechaba algo. Aparentó que se quedaba en casa con Juan y Jose*, y de golpe apareció en el parque al que fui con Cris. Estábamos sentados en un banco y me di cuenta de que me había olvidado la billetera en el coche. Fui a buscarla y al retornar vi a Marta, desde lejos, hablando con ella y al instante se marchó corriendo. Le grité, pero se subió a un auto y partió sin siquiera voltear. Me acerqué a Cris y le pregunté qué había pasado. Me dijo que la mujer se le acercó y balbuceó unas palabras sin sentido. Y que al preguntarle a la mujer si se sentía bien, dio media vuelta y salió disparada. No me extraña; la sorpresa la bloqueó. Ahora se enteró de todo. Le estuve mandando mensajes por celular, tratando de explicarle, pero no logré nada. Recién después de una hora, me contestó con un montón de sentencias cortas:

«Te odio». «Me quiero morir». «No vuelvas a casa. Ni se te ocurra». «No quiero verte más en mi vida». «Esto se acabó». A lo que siguió una catarata de insultos, se puso en víctima y luego me preguntó si no había pensado en los chicos; lo que iban a decirles en el colegio cuando mi relación saliera a la luz.

No sé qué hacer. Por lo pronto, hoy me quedo en lo de Cris.

Diario de Marta

Lunes 25 de noviembre

Hoy hallé un diario que lleva Emanuel. Se me dio por revisar uno de los cajones del escritorio, el que siempre deja cerrado con llave y que esta vez se le olvidó cerrar. No puedo creer lo que descubrí. Tiene un amorío con otra mujer. Sólo pude leer las últimas páginas. Al escucharlo llegar, no me dio tiempo para enterarme de más. Horas después quise volver por el diario, pero el cajón estaba con el cerrojo echado. No sé cómo reaccionar. Lo estuve evadiendo todo el día. Alegué que tenía migraña. Estoy destrozada.

Martes 26 de noviembre

Ayer pude disimular lo que sé. Aun así, necesité un clonazepan para dormir. Cuando desperté, él ya se había ido al trabajo. A la tarde, su celular sonaba más que de costumbre. Pregunté quién era y resultó ser un cliente con un problema; me acusó de ser desconfiada. Tuve que aguantarme para no explotar. Los chicos estaban con nosotros. Espero no haberme puesto en evidencia. No sé cómo no se dio cuenta de la rabia que sentía. Pero ¿de qué me asombro? Es lo de siempre. Jamás está al tanto de mis sentimientos.

Miércoles 27 de noviembre

Si ya no me quiere, ¿para qué sigue conmigo? ¿Por qué no me hizo tan siquiera un comentario de que algo no andaba bien? Nunca le fui infiel y no es que no me hayan faltado oportunidades. Me he esforzado mucho por esta familia. No voy a tirar todo el sacrificio de años por lo que quizás no sea más que una aventura. Hemos tenido buenos momentos. Tengo que luchar. A pesar de que esté muy dolida, prefiero salvar nuestro hogar a romperlo. Después de todo, ¿quién no se equivoca en la vida? Eso sí, cuando esto termine, de algún modo me la voy a cobrar.

Jueves 28 de noviembre

Me he descuidado; estoy con algunos kilos de más y mi aspecto no es el de antes. Ser madre me ha llevado a priorizar otros temas. Mañana comienzo el gimnasio. Hoy saqué turno para la peluquería; a la noche voy a preparar una cena especial con Emanuel. Voy a dejar a los chicos a dormir con mamá. Pensaba ir al siguiente día a buscarlos para llevarlos al colegio, pero ella se ofreció a hacerlo. Es una suerte tenerla.

Viernes 29 de noviembre

Ayer parecía que todo estaba saliendo de maravilla. La cena fue romántica. Emanuel estuvo por momentos alegre, sonriente. Revivimos momentos idos. Nos embriagamos un poco y nos reíamos de cualquier pavada que decíamos. Pero a la hora de intimar en la cama, lo noté tan desapasionado y mecánico como un robot: como cumpliendo con una obligación. Siento que me estoy engañando. Ya no existe esa pasión y no volverá. Mi matrimonio se desmorona. Si no puedo arreglarlo, no se la voy a hacer fácil.

Sábado 30 de noviembre

Emanuel me vino con una de sus excusas para dejarme sola a la noche con Juan y con Jose*. Ya que era una reunión con amigos, pedí ir y me vino con la cantinela de siempre: por qué iba a acompañarlo si él no lo hacía cuando salgo con mis amigas. Siempre me hacía sentir culpable con esa contestación; pero ahora, no. Ya sé en lo que anda y cómo se llama. De modo que me enojé e insistí. Acá el que se tiene que sentir culpable es él. Hice tal berrinche que no le quedó otra que quedarse. Pero tengo un plan para mañana. Ya quedé con Gladys que a la tarde me venga a visitar. Estoy segura de que, cuando vea que estoy acompañada, va a querer escabullirse con algún pretexto. En cuanto lo haga, me resignaré y no pondré muchas objeciones. Entonces, ella se va a quedar con los chicos y me va a dar las llaves de su auto para que lo siga.

Domingo 1 de diciembre

¡No lo puedo creer! Me siento menoscabada como mujer. Desconozco al hombre con quien me casé. ¡No estaba preparada para esto!

Pasó lo que había imaginado. Al ver a Gladys en casa, Emanuel inventó una de sus historias para marcharse. Puse cara de fastidio, pero no esgrimí casi quejas. Al irse, Gladys me dio las llaves de su auto y lo seguí. El viaje fue más largo de lo que esperaba. Abandonamos Tigre y llegamos a Palermo. Fui muy cuidadosa al seguirlo, tanto que por un momento lo perdí; por fortuna lo encontré después de un par de minutos. Paró frente a un edificio de departamentos donde una rubia de pelo largo y cuerpo atlético lo esperaba. Aproveché para tomar fotos con el celular. Ella subió al coche y partieron. Tras varios minutos, llegaron al Parque Tres de Febrero. Emanuel estacionó y bajaron. Hice lo mismo, tomé más fotos, oculta entre el gentío y los árboles. Se sentaron en un banco y comenzaron los arrumacos. A pesar de la furia que sentía, me di tiempo para filmarlos. Después de unos minutos, Emanuel se levantó y se palpó la ropa. Al parecer, había olvidado o perdido algo y echó a andar hacia el auto. Aproveché la ocasión para acercarme a hablar con esa mujer. ¿Sabría que Emanuel estaba casado? Daba igual, estaba decidida a hacerme oír; armaría un escándalo allí mismo y luego volvería a repetirlo en cuanto él volviera. Ya estaba cerca de ella cuando las piernas me comenzaron a temblar. Mi incredulidad iba en aumento. Al tenerla en frente, articulé unas pocas palabras sin sentido.

—Perdón, ¿cómo dice? ¿Se siente bien? —me preguntó.

No, no me sentía bien. Mi sospecha se desvaneció al tenerla enfrente y escuchar su voz. Salí corriendo, llorando y tapándome el rostro para que la gente no me viera. Oí a Emanuel gritar cuando subía al vehículo. Puse primera y volví a casa. No pude contarle a Gladys lo que había sucedido; le pedí comprensión, después hablaríamos.

¿Cómo se supone que voy a competir contra eso? No puedo dejar de pensar no sólo en mí, sino también en nuestros hijos. Emanuel me cambió por un travesti.

Fin

Hay recuerdos que no envejecen; sólo se 

visten de estación.”

24 – Verde primaveral

Sé que suena extraño después de tanto tiempo, pero es así; aún la recuerdo. Es como si tuviera una foto estampada en la memoria. Así de marcado está. Del mismo modo que otras imágenes significativas de mi vida.
Fue en una mañana soleada de primavera. Me encontraba en la rotisería, creo que por algún recado de mi mamá. El local era pequeño, con no más de dos o tres clientes esperando. Relajado, aguardaba mi turno descansando de espaldas contra el mostrador de fiambres. La puerta del negocio se abrió y ella ingresó con su prima. Recuerdo que nos llevaba unos cuantos años, aunque me olvidé cómo se llamaba. Eso sí, estaba en una etapa avanzada de la adolescencia, a diferencia de nosotros dos, que éramos apenas unos preadolescentes.
—Mauro, ella es Aryana. Aryana, él es Mauro, un vecino que se mudó hace poco al barrio —nos presentó.
Nos saludamos, algo cohibidos, con un «hola» a la distancia. Me quedé observándola, al igual que ella lo hacía conmigo. Calculé que tendría mi edad. Delgada y de altura media, llevaba puesto un vestido verde que terminaba en una corta falda, a tono con la moda de la época. El cabello, castaño y largo, le acariciaba la espalda. Los ojos, ataviados de verde primaveral, resaltaban en medio de una tez blanquecina y lozana, a la vez que unas graciosas pecas le salpicaban la cara, sobre todo en la nariz y por debajo de los ojos. Y, por detrás, los rayos del sol, colándose por el ventanal de la puerta de entrada, le resplandecían alrededor como un aura.
Días después, un amigo en común me dijo: «Aryana gusta de vos»; y sin pensarlo dos veces, para mi sorpresa, le contesté: «A mí también me gusta Aryana». Al enterarse ella de lo que había dicho, comenzó a decir que éramos novios. Me agradó la idea y empecé a repetir lo mismo. Así de inocente es cuando aún no se tiene edad para entender de qué se trata. De ahí en adelante, además de reunirnos y jugar con los de nuestra edad, de vez en cuando nos hacíamos un lugar para conversar a solas. A veces venía a casa con la excusa de ver a mi hermana, sólo para poder estar conmigo. Otras, andábamos en bicicleta por el barrio, ya fuera por las veredas o esquivando los pozos de las calles de tierra. Conservo vagos recuerdos de nuestras charlas, no más que unas pocas palabras. «Somos novios, decilo», la animaba cuando le avergonzaba decir alguna mala palabra. No faltaron las discusiones, pero eran cosas del momento; niñedades que al otro día se olvidan.
Con el cambio de colegio y la doble escolaridad, me fui aislando. Nos distanciamos y dejamos de vernos. Es raro, pienso que debió haber algún otro motivo, aunque si fue así, nunca pude recordarlo. Pero una tarde, con la adolescencia muy próxima, nos vimos a lo lejos. Ella estaba con su primo. Se la veía cambiada: ambos lo estábamos. Comenzaba a sentir algo nuevo que me hizo desear acercarme otra vez. Sin embargo, esa intención quedó en la nada. A los pocos días, mi familia se tuvo que mudar en forma urgente.

Los años pasaron y surgieron otras relaciones, distintas, de amores y placeres terrenales. Y a medida que el tiempo seguía su curso, ella se transformó en el recuerdo más dulce e inocente de la infancia. Una de esas personas que se desearía reencontrar algún día para ver qué ha sido de su vida. Aunque sabía que se trataba de esos pensamientos que rara vez se toman en serio para concretarlos.
En alguna ocasión, varios lustros después, pasé por el vecindario; su casa había sido derribada, reemplazada por un césped verde, cortado al ras, detrás de un cerco de alambre.

Y llegó el momento que tuvimos que encerrarnos para no morir: la pandemia. Quedando más aislados aquellos que vivían solos. Tras meses de reclusión, un sueño —con ella en edad adulta— la trajo de vuelta: ¿alguna cuestión pendiente o sólo aquel antiguo deseo de reencontrarla amplificado por el aislamiento?
Como sea, me pregunté por qué no intentarlo. Ya había tenido la ocasión de volverme a ver con un conocido de esos años, con el que continuaba en contacto. En caso de no hallarla, lo único que habría perdido sería tiempo, que tenía de sobra. Pero ¿y si no se acordaba de mí o, peor aún, me había transformado en un mal recuerdo? Fuera lo que fuese, mi sentir no iba a cambiar. Aunque había otra cuestión, un temor. Una posibilidad remota que me sobresaltaba con sólo pensarla.
Con apenas unos datos me lancé a buscarla en la web, especialmente en las redes sociales, sin siquiera imaginar lo que iba a encontrar.

Fin

25 – La mentira tiene patas cortas

Llegaba tarde, una vez más. Ni loco le iba a decir a Ana que me había quedado jugando al fútbol con los muchachos más de lo debido. Inventaría algo. Algunas de esas excusas de ocasión. Quizás debía llevarle algún regalo; eso siempre la ponía de buen humor. No, imposible. ¿De dónde iba a sacar tiempo para adquirir uno? Iba muy retrasado.

Llegué a la casa. Toqué el timbre. Me debió haber visto por la ventana, porque abrió la puerta sin preguntar quién llamaba.

Tenía cara de pocos amigos y fue directo al hueso.

—Quedamos en que me pasabas a buscar a las nueve, no a las nueve y media. A mi papá no le gusta que lo dejen esperando.

—Hola, perdoname —le besé la mejilla. Se me hizo tarde por un problema con el coche. Terminé de decir eso y sentí dos pinchazos en los muslos.

—Podrías haber avisado.

—Quise, pero tuve que llamar a la grúa del seguro para que vinieran a ver y no encontraba los papeles para presentar. De todos modos, era la batería —apenas finalicé de hablar, cuando sufrí otros dos pinchazos, esta vez en el otro muslo. Pero lo más extraño era la sensación de que los zapatos se habían aflojado y que el pantalón me quedaba más holgado.

—Bueno, vamos, no perdamos más tiempo —dijo y encaró hacia el auto.

Tuve que acomodar el asiento del vehículo porque no llegaba del todo cómodo a los pedales. Raro.

No conocía a los padres de Ana. Esta era mi presentación en sociedad. Estaban a punto de conocer al individuo que les había robado el corazón de su hija, o al descarado que se acostaba con ella; según como se lo quiera ver.

Llegamos, bajamos y Ana llamó a la puerta.

La madre atendió. Una señora de mediana edad, de contextura robusta, cabello lacio prolijamente cortado a la altura de los hombros, maquillada sin exagerar, ataviada con zapatos negros de tacón, un vestido de una pieza que dejaba los brazos al descubierto y que le llegaba por debajo de las rodillas. Le quedaba un poco apretado, lo que la…

—Hola, ¿cómo están? Pasen, los estábamos esperando —dijo sonriendo algo nerviosa.

Unos metros más atrás, con cara de bulldog, se hallaba el padre de Ana. De edad aproximada a la de su mujer, estatura por arriba del promedio, pecho inflado, corte de pelo corto y prolijo, bigotes peinados, erguido con la cabeza en alto y observando todo como un águila desde las alturas, camisa blanca impecable, pantalón de vestir oscuro y zapatos negros lustrados hasta encandilar con su brillo. Sí, nadie hubiese adivinado que era un exjefe de policía. Debía dejar de estereotipar a la gente.

—Buenas noches, joven —dijo con voz gruesa y sonora—. Usted debe ser Roberto, ¿verdad? —Y me tendió la mano para saludarme.

—Sí, señor, mucho gusto —contesté y le tendí la mía. Me la estrechó como si me la estuviera apretando con una morsa.

—Espero que si algún día llega a concretar con mi hija, no la deje esperando en el altar como a nosotros hoy —me advirtió al tiempo que me clavaba la vista.

—¡Papá! —intervino Ana.

Esa sola palabra hizo que el mastodonte diera fin al saludo. No dije nada; estaba demasiado concentrado en no esbozar ninguna queja por el dolor que sentía en la mano.

Nos sentamos a la mesa y comenzó el interrogatorio.

—Nos dijo Ana que estudia arquitectura —comentó la madre.

—Sí, les ha dicho bien —respondí, y miré a Ana buscando con mi sonrisa la de ella—. Es una profesión que me ha interesado desde siempre y que tiene buena salida laboral.

—¿Y cómo va la carrera? —preguntó el padre.

A ver: en el año reprobé seis parciales de siete, no había podido meter ningún final, al siguiente día tenía que entregar un trabajo escrito que ni en una semana podría terminar. No pude más que decir:

—¡De maravilla! —Y a continuación sentí unos cuantos pinchazos en los dos muslos. Introduje una de las manos en el bolsillo del pantalón y noté unas protuberancias en esa zona. Debo haber palidecido o puesto una evidente cara de contrariedad, porque la madre de Ana preguntó:

—¿Sucede algo, joven?

—No, nada. ¿Por qué? —Y ahí nomás pasé al pánico. Las protuberancias comenzaron a moverse, y las que estaban en el otro muslo hicieron tintinear las llaves que cargaba en el bolsillo.

—Disculpen —me excusé apartando la silla hacia atrás—. ¿Dónde está el baño?

—Por allá —dijo Ana señalándome el camino.

Me levanté, di unos pasos y me enganché el zapato con la botamanga del pantalón. Aterricé sobre el parqué.

—¡Cuidado, Roberto! ¿Estás bien? ¿Te pasa algo?

No quise contestar a eso; cada vez que abría la boca era para peor. Me levanté presuroso y me introduje en el baño.

Me desabroché el cinturón, me bajé el pantalón, el boxer, y…

—¡Ahhh! —grité. Las protuberancias resultaron ser un montón de pequeñas patitas sin pelos, terminadas en pezuña, de no más de tres centímetros de largo y que no paraban de moverse.

—¿Qué pasa, qué sucede? —preguntó desde el otro lado de la puerta Ana.

Sin pensar dije:

—Nada, me agarré con el cierre del pantalón. —De inmediato surgieron más de aquellas rarezas y pude presenciar como las piernas se me encogían. Cada vez que mentía, la cosa empeoraba.

—¡Qué muchacho raro! —alcancé a oír que murmuraba la madre de Ana. Al parecer, se habían reunido los tres al otro lado de la puerta; los oía a pesar de que hablaban en voz baja.

—Se puede saber de dónde sacaste a este tipo —quiso saber el padre.

Por lo pronto debía atender otras urgencias. Agarré una de aquellas cosas con los dedos y tiré de ella como si tratara de sacarme un pelo de la cabeza. Nada, era como estirarse la piel. La golpeé para intentar meterla para adentro. Inútil, sólo me provocaba dolor. Me levanté el pantalón hasta la cintura y calculé que me sobraban como unos veinte centímetros de largo; lo dejé caer. ¿Qué significaba todo eso y cómo lo iba a solucionar?

—No, no puede ser, esto no está pasando —dije.

—¡Roberto…, Roberto! —llamaba Ana, a la vez que golpeaba la puerta.

La respiración y el pulso se me aceleraban. Me había convertido en un fenómeno de circo. Con una operación me podría extirpar las patas, pero ¿si no era así? Además, ¿cómo recuperaría el largo de mis piernas? Mil pensamientos me daban vueltas en la cabeza. Pensá, Roberto, pensá. Tiene que haber una solución.

Los golpes en la puerta y los llamados continuaban. No aguanté más y vociferé:

—¡Paren un poco!, ¡me tienen podrido con tantos golpes! —Y entonces el milagro ocurrió. Algunas de las patitas desaparecieron y tuve la sensación de que mis piernas se alargaban.

Del otro lado los murmullos crecieron.

—¡Roberto! ¿Cómo decís eso? —se quejó Ana.

Una idea me cruzó la cabeza y la probé:

—Te quiero mucho, Ana. —Pero nada sucedió. ¿Por qué no ocurrió nada?, dije una verdad. Yo quería mucho a Ana. Estaba contrariado.

—Oiga, señor, no sé qué bicho le picó, pero salga ya de allí y díganos lo que le sucede —ordenó con enfado el padre.

—No soy un subalterno suyo. Tengo una urgencia. Cuando esté, salgo —me atreví a contestar, y otras patitas se esfumaron. Comenzaba a entender.

—Mañana tengo que entregar un trabajo práctico en la facultad y es imposible que lo termine a tiempo —me sinceré. Otras menos y otro estirón.

—¿Por qué nos cuenta eso? ¿Ese era el problema? —cuchichearon entre ellos.

Quedaban sólo dos por eliminar. De seguro ya debería haber casi recuperado la longitud de mis piernas. Las últimas patitas se movían frenéticas, como presintiendo su fin. Y, entonces, dije la verdad más atrevida, la peor verdad que se le puede decir a una mujer:

—¡Señora!, ¡ese vestido la hace ver gorda! —Y todo en mi cuerpo volvió a la normalidad. Suspiré aliviado. Ahora debía enfrentarme con la familia.

Salí del baño. Los gestos adustos y las miradas fulminantes lo decían todo. Sin embargo, no hubo ningún reproche; es más, fueron muy amables al indicarme la puerta de salida.

No me tomó mucho tiempo hacer que Ana me perdonara. Aunque tuvieron que pasar varios meses para que volviera a reunirme con los padres. Esa vez, sí tuvimos una cena normal. Y aprendí la lección. Desde aquella extraña experiencia, para no sufrir contratiempos por cada mentira que dijera, debía tener preparada alguna verdad que me incomodara para contrarrestar los efectos. ¿Acaso pensaron que iba a dejar de mentir?

Fin


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