Viajar esta sobrevalorado

Viajar esta sobrevalorado

Adelfa Negra

01/09/2016

Siempre me gustó viajar y todo lo relacionado con el significado de esta palabra. Las estaciones de tren, los puertos y los aeropuertos son lugares especiales para mí desde que era niña. Envidiaba a toda esa gente que deambulaba por el andén con maleta y que tenía la suerte de irse a otros lugares seguramente más interesantes y divertidos que mi casa. Los libros de aventuras que leí por colecciones, aumentaron mi deseo de ver ese fantástico mundo que estaba al otro lado de los caminos. Empecé viajando en bicicleta con Los Cinco, luego en barco con los Cachorros de Sandokán, me perdí en la Isla Misteriosa con el ingeniero Ciro Smith, estuve con Hari Seldon en Trántor, capital del Imperio Galáctico y toqué el Corazón de las Tinieblas con Marlowe. Y todo ello sin salir de casa.

Al cumplir los 16 conseguí por fin ser la protagonista de mi aventura. Trabajé durante todo el curso para reunir unas cuantas pesetas que me permitieran en verano hacer una ruta por Andalucía. Iba de un sitio a otro a dedo, en autobús o a pié, dormía en camping o en playas. Durante las siguientes vacaciones viajé por España. Luego con el interrail como transporte y un saco de dormir como alojamiento, salí a Europa. Cuando tuve el carnet de conducir, crucé el estrecho y fui a buscar mi estrella bajo el cielo del desierto, una justo al lado de la del Principito para poder oír su risa. Y así he seguido hasta ahora, subiendo al tren cuando pasa cerca.

¿Por qué me gusta? Porque me siento como una tortuga que abandona por unos días su caparazón y se enfrenta desnuda al sol y a los demás y voy más ligera, más libre, más viva.

He oído decir que viajar abre la mente, que te hace sociable, tolerante, aventurero, inteligente, menos materialista e incluso más feliz. Pero no creo que sea así.
Cada uno tiene sus motivos para emprender un viaje, y hay muchas clases distintas de viajar. Hace no demasiados años era sinónimo de aventura, uno tenía que dejar su zona de confort y lanzarse, quieras que no, a mil complicaciones inesperadas. Hoy se puede navegar en un crucero o descansar en un hotel todo incluido sin más aventura que la borrachera de la última fiesta. Y aunque no me gusta diferenciar al turista del viajero porque todos somos un poco de todo, reconozco que detesto algunos comportamientos. No puedo con la señora enfundada en su abrigo de pieles y su pelo de peluquería mirando con condescendencia a los pobres del lugar, ni con el fotógrafo incansable al que le interesa más la prueba de su estancia que lo que ve. Me indigna el deportista aventurero que va con su vehículo aplastando por donde pisa, y sobre todas las cosas odio al turista que paga por ver monstruosidades y con ello las favorece sin ni siquiera ser consciente de ello.
Somos muchos y nos movemos por todas partes. Al ponernos en contacto unos con otros todos cambiamos y nuestro mundo está dejando de ser grande y variado convirtiéndose en algo pequeño y monótono. Es una pena, pero todos tenemos derecho a elegir como queremos vivir y al final somos más iguales de lo que parecía.

No, cuando pienso en las personas que conozco que tienen o han tenido la suerte de viajar no las veo mejores ni más interesantes que las que no, es mas, hay mucho viajero pedante que cree que está por encima de los que no pueden o simplemente no quieren viajar. Prefiero a esa gente que sin salir de casa son capaces de hacer de cada día una aventura porque asumen riesgos que tienen que ver con los demás, porque disfrutan del sol, de la brisa, de una flor o de una patata hervida.

Al final, he llegado a la conclusión de que la suerte no está en viajar sino en ser consciente de la maravillosa aventura que es vivir, y de poder ver, no solo mirar, escuchar, no solo oír y sobre todo sentir… y eso es igual aquí que en Kuala Lumpur.

PD: El Principito ya veía con el corazón antes de salir de su planeta.

FAMILIA NÓMADA. CORDILLERA DEL ATLAS. MARRUECOS. AÑO 1990

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