Recuerdo muy bien esas tardes de domingo cuando la televisión retransmitía
el partido de futbol y mi padre seguía atentamente las jugadas. Mi madre, cansada ya de mis carantoñas de niña me preguntaba: «pero, ¿qué quieres
hacer?».¡Colorear!, decía yo con énfásis.

Sacaba entonces esas láminas grises, anónimas,impersonales y con mis
lápices «Alpino» daba color a aquellas imágenes: al payaso, a los
monos del circo -a los que me gustaba pintar de color naranja (¡podía
permitirme esa libertad!), a un loro grande, grande, con el que podía utilizar
¡¡todos los colores!!. El cielo lo pintaba muy muy azul (solo una vez lo pinté
con un nubarrón, cuando mi hermano Alvaro había roto mi juguete preferido).

Una vez iluminados los dibujos, me quedaba feliz y dispuesta a ir al cole al
día siguiente sin rechistar.

Han pasado muchos años -décadas-. Mi vida ¡ha cambiado tanto!. Mi trabajo resulta
monótono, mi vida es superficial, plana -yo diría que es fría, mecánica- parece
de acero. Hago muchas cosas (soy muy «eficiente», dicen). Me metí en
un agujero donde apenas accede la luz. Es sabido que los topos mantienen una
gran actividad bajo tierra, en ese reino de la oscuridad. Así estoy yo -bueno,
estaba- «topotizada».

Pero un martes -recuerdo bien el día- salí del túnel. La luz me cegó…poco
a poco fui abriendo mis ojos y frente a mí estaba el mar. Un mar inmenso,
profundo, en actividad constante y azul, muy azul. Fundiéndose con él, un cielo
igualmente azul. El azul entró por mis pupilas; llegó hasta mi garganta y
penetró en mi corazón. Me zambullí en él. recibí un baño de azul. Todo mi
interior estaba colmado de armonía, de profundidad, de paz, de inmensidad.

Decidí andar y emprender el camino. Tenía noticias sobre él. Mis ojos
estaban entornados; no quría perder esa riqueza, pero finalmente los abrí y
recibieron un nuevo impacto; un nuevo baño; esta vez de verde: el bosque de
hayedos me rodeaba; el viento provocaba en sus hojas un sonido muy familiar
para mí, muy cálido, lleno de matices sugerentes. Sí, recibí un baño de verde
que también llegó a mi corazón, que se llenó de esperanza.

Ahora mi paso es acompasado. Escribo desde este enclave hasta donde me ha
llevado mi instinto. Roncesvalles extiende sus brazos, me acoge y me pregunta:
«pero ¿qué quieres hacer?. Yo respondo: «¡colorear!». Y sospecho
que siguiendo el camino daré a mi vida -ahora gris, informe, impersonal como
esas láminas de mi infancia, un color intenso o todavía mejor: un color lleno
de matices.

Roncesvalles. Navarra

Tu puntuación:

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS